Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "'El niño que robó el caballo de Atila', de Iván Repila" · Carlos González Peón (La medicina de Tongoy) -
  2. 25 de Febrero de 2013
  1. El niño que robó el caballo de Atila, de
  2. Iván Repila

Repila no se limita a narrar la incertidumbre y los conflictos internos y externos de los hermanos sino que esos conflictos, llegado el final de la novela, y sin hacer trampa, cobran un sentido distinto al que venían teniendo hasta ese momento (algo que parecía tener que ver con la locura o el desinterés o la falta de afectos). Hay una razón para todo lo que ocurre y como odiante profesional de lo gratuito no puedo por más que agradecérselo. La suya no parece tanto una literatura de ideas sino de homenajes. [...] En esta segunda, a los cuentos infantiles alemanes, por ejemplo, pero más próximo a los orígenes salvajes de éstos que a las melosas adaptaciones oficiales actuales.
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Dos hermanos, uno Grande y otro Pequeño, están en el fondo de un pozo. No sabemos cómo han llegado allí pero es de imaginar que voluntariamente no. Pasan los días: mismos niños, mismo pozo. Se alimentan cual simeones estilitas mientras buscan una salida y tratan de no volverse locos. Pero el Grande tiene un plan. 

Antes de “El niño que robó…” Repila escribió una novela de humor que bebía de fuentes lejanas. Pero de esto ya hablé en su momento (ver reseña). Repila vuelve (Repila returns) pero en esta ocasión lo hace cargado de lágrimas de dolor en lugar de risas, por aquello de probar otros registros antes de que le de tiempo de acomodarse en alguno. Me pido dirigir la versión teatral. 
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Cómo preparar una mousse de llanto desconsolado:

Coja dos niños verdes, uno más que otro. Es importante que ninguno esté maduro o no ligará la mezcla. Métalos en un pozo seco y riéguelo con unas gotas de lluvia. Cuézalos a fuego muy lento. Lentísimo. Cuando los niños se quejen écheles gusanos y raíces. Remueva con una cuchara de palo y añada una mochila con alimentos que no puedan ni oler. Cuando la cosa esté desquiciada añada agua abundantemente. No deje de remover. Insista hasta que se vuelvan locos o se mueran de hambre. Si se dejan.

Decía que estábamos en lo de siempre. Sin restarle méritos a Repila la novela peca, en el mejor de sentido de la palabra, de ponérselo fácil a la piel de gallina del lector. Los niños son un arma infalible. Meta dos adultos en un pozo y se matarán a polvos pero dos niños… dos niños se matarán de amor, y después de odio y después otra vez de amor y será como ver a tu hijos en las pobrecitas criaturitas. La pena de dar pena. Es un poco el apocalipsis de Cristina Fallarás en “Últimos días en el puesto del este” donde una madre lucha por sus hijos en el entorno salvaje del fin de mundo o “La carretera” de McCarthy y la angustia de saber que no hay esperanza detrás de la esperanza.

Lo del pozo de estos dos no es exactamente lo mismo pero se sobreentiende el esfuerzo de llevar al extremo una situación.

Lo mejor de esta novela es la demostración palpable de que hay mucho listo en el panorama. Mucha cara bonita en las portadas de los superventas y un puñado de miserables tratando de hacerse notar desde los restos calcinados de pequeñas editoriales. Volviendo a la novela, Repila no se limita a narrar la incertidumbre y los conflictos internos y externos de los hermanos sino que esos conflictos, llegado el final de la novela, y sin hacer trampa, cobran un sentido distinto al que venían teniendo hasta ese momento (algo que parecía tener que ver con la locura o el desinterés o la falta de afectos). Hay una razón para todo lo que ocurre y como odiante profesional de lo gratuito no puedo por más que agradecérselo. La suya no parece tanto una literatura de ideas sino de homenajes. Homenaje, en su primera novela, al comic americano más gamberro y homenaje, en esta segunda, a los cuentos infantiles alemanes, por ejemplo, pero más próximo a los orígenes salvajes de éstos que a las melosas adaptaciones oficiales actuales.

Personalmente soy muy amigo de este tipo de historias tan de hacer sufrir a los demás (niños incluidos) y de ambientes claustrofóbicos y confieso sentir una querencia natural hacia ellos a pesar de que con algunos, tal como ocurre en este caso, tengamos que tragar pequeñas ruedas de molino y renunciar al realismo descarnado en favor de esa imagen de cuento infantil para adultos de la que hablaba en el párrafo anterior. Pero, así como no puedo salvar una novela por un buen final, tampoco puedo condenarla por todo lo contrario. Lo que estoy insinuando es que no me ha gustado especialmente el cierre de la novela, y no me ha gustado no porque yo sea un tiquismiquis para los finales, que también, sino porque el lector ya había sido ganado para la causa sin necesidad de golpes de efecto finales. 

Leer en [La medicina de Tongoy]

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