Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "El peso de los pecados" · Sergi Siendones (Cultura|s) -
  2. 20 de Febrero de 2013
  1. El diablo a todas horas, de
  2. Donald Ray Pollock

Uno de los diez mejores libros del año según Publisher's Weekly -entre otros reconocimientos-, que ha hecho que se compare a Ray Pollock con Sherwood Anderson, Denis Johnson o Chris Offut. […] Ray Pollock forma un entramado perfectamente cohesionado que nos permite seguir la historia desde diferentes perspectivas. Todos los personajes acabarán conectados y es justo esa armonía enterrada bajo la peste lo que hace que no podamos parar de leer.
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Donald Ray Pollock (Ohio, 1954) dejó el instituto a los diecisiete años para trabajar en una planta cárnica y después se pasó 32 años en una fábrica de papel. Con todos los respetos, no parece una trayectoria vital apetitosa. El punto de inflexión llegó en el 2009, año en que se graduó del MFA de escritura creativa de la Universidad de Ohio y en que Knockemstiff, su primer libro, ganó el premio PEN/Robert Bingham y le abrió las puertas del mundo literario.

Donald Ray Pollock creció en la hondonada de Knockemstiff, uno de los muchos lugares donde el sueño americano no tuvo tiempo de llegar. Un pueblo fantasma en el culo del mundo. Casas mugrientas, gasolineras solitarias, caravanas, fábricas y gente sumida en una anodina y gris existencia. Así respiraba su primer libro (publicado por Libros del Silencio en el 2011), un conjunto de relatos que dibujaban una perfecta panorámica de la sordidez, del sexo sucio, las drogas, la miseria y las ganas de escapar. Y así sigue respirando su primera novela, El diablo a todas horas, uno de los diez mejores libros del año según Publisher's Weekly -entre otros reconocimientos-, que ha hecho que se compare a Ray Pollock con Sherwood Anderson, Denis Johnson o Chris Offut.

Volvemos a la hondonada de Knockemstiff, donde Willard Russell le explica a su hijo Arvin la gran verdad: "Este sitio está lleno de hijos de la gran puta". "¿Más de cien?". "Sí, por lo menos". Con esta escena, Ray Pollock arranca una novela coral que se mueve entre el pueblo papelero de Meade, Ohio, y Coal Creek, Virginia Occidental.

1945, una mujer se pone enferma y su marido -que durante la guerra vio cómo un compañero se desangraba crucificado- pierde la cabeza y construye un altar en el bosque donde sacrifica animales y obliga a su hijo a rezar. "Es un tronco para rezar. (...) Pero no funciona", descubrirá el hijo justo antes de marcharse con la abuela, quien, por su parte, ha adoptado a la hija de un predicador desaparecido, un hombre al que "a veces le confundía la manera en que se calculaba el peso de ciertos pecados". 1960, la hermana del sheriff que descubrió el altar se casa con un fotógrafo y juntos recorren las carreteras del Medio Oeste en busca de autoestopistas a los que asesinar para construir obras fotográficas erótico-violentas ("Las lágrimas son justamente lo que hace que la foto sea buena. Esos dos últimos minutos han sido el único momento de toda su perra vida en que no estaba fingiendo"). Para rematarlo, el nuevo pastor de la iglesia "iba a hacer todo lo que pudiera para involucrar a los jóvenes", sobre todo si eran chicas y vírgenes.

Ray Pollock forma un entramado perfectamente cohesionado que nos permite seguir la historia desde diferentes perspectivas. Todos los personajes acabarán conectados y es justo esa armonía enterrada bajo la peste lo que hace que no podamos parar de leer. La única pregunta que nos queda es, ¿y todo esto, para qué? Bukowski, portavoz de la sordidez, era sucio y seductor, pero nos despertaba una actitud, un odio contra la corrupción del mundo limpio. Palahniuk, violento por vocación, utilizó la sangre como símbolo de vitalidad ante una sociedad lobotomizada por el consumo. Con Pollock cuesta saber si tras la indudable atracción de su escritura se esconde una intención. Arvin vence a unos cuantos diablos, sí, pero lo que no sabemos es si encontrará más allá donde vaya. Todo apunta que sí. 

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