Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "Exquisitez contra la barbarie" · Vicente Luis Mora (Diario de lecturas) -
  2. 17 de Febrero de 2013
  1. El niño que robó el caballo de Atila, de
  2. Iván Repila

El niño que robó el caballo de Atila, de Iván Repila, […] me ha parecido honda, inquietante y efectiva. El libro de Repila es literatura simbólica y salvaje, como la de Rafael Pinedo o Juan Rulfo, […] que se impregna en la memoria y en las tripas. Su lectura otorga ese aldabonazo en la escarcha de la mente que Kafka requería para la literatura. […] Un estilo fuerte, sólido, rico, cimentado en la tradición y bien temperado, que nada tiene que envidiar al de sus mayores.
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Gracias a Miguel Ángel Hernández Navarro, quien comentó en Facebook que estos dos libros tienen puntos de contacto, los he leído seguidos, uno a continuación del otro. El resultado de esta lectura conjunta es muy enriquecedor y surgen de ella algunas conclusiones interesantes. La primera es que, a mi juicio, la narración contemporánea más sugerente es aquella que rompe la rígida estructura del melodrama y explora otras fórmulas de comunicación con el lector. Creo que por eso Intemperie, de Jesús Carrasco, sin dejar de ser una brillantísima novela, me ha interesado menos que El niño que robó el caballo de Atila, de Iván Repila, nouvelle que me ha parecido honda, inquietante y efectiva. Intemperie es un western clásico, puesto por escrito con enorme calidad literaria y un saber constructivo notable tratándose de un debut narrativo. El libro de Repila es literatura simbólica y salvaje, como la de Rafael Pinedo o Juan Rulfo, menos premeditada y virtuosa pero que se impregna en la memoria y en las tripas. Su lectura otorga ese aldabonazo en la escarcha de la mente que Kafka requería para la literatura. Como mero ejemplo: “La vida es maravillosa, pero vivir es insoportable” (El niño que robó el caballo de Atila, p. 95).

Los dos personajes centrales de las novelas tienen muchas cosas en común: son niños; no se explicitan sus nombres ni apenas circunstancias personales; vienen de familias infernales de las que quieren librarse; sufren hambre, miedo y privaciones durante toda la obra que les generan similares delirios y deliquios visionarios (como perseverar en su forma de huida hasta dar la vuelta completa al mundo: “Si no puedo salir por arriba, saldré por debajo. Aunque tenga que atravesar el mundo como un gusano”, El niño que robó…, p. 117; “como mucho, daría la vuelta al mundo para volver a toparse con el pueblo”, Intemperie, p. 23; esta idea ya estaba presente en Nadie conoce a nadie, de Juan Bonilla); y su imaginación feraz se opone a la barbarie inhóspita de su entorno. También tienen sueños o visiones donde ven el interior de su cerebro como un espacio vacío (El niño que robó…, p. 107; Intemperie, p. 46), metáfora con la que ambos autores describen las opresoras cárceles mentales en las que viven. Ambos chicos se arrojan a la intemperie de la existencia humana de la más cruel y desgarrada de las formas, y ambos aprenden a utilizar la violencia después de sufrirla: la venganza más atávica late en el final de las dos novelas.

También hay conexiones de tono y estilo: el tono brutal y despojado se alterna en ambas novelas con párrafos o frases más elaboradas, como demostrando que la economía de medios es un recurso estilístico intencional y no una carencia. Queda claro que la parquedad y el laconismo no son característicos de esta nueva narrativa tardomoderna, de la que hace poco vimos otro ejemplo, el de Rubén Martín Giráldez. Por el contrario, estos nuevos autores tienen un estilo fuerte, sólido, rico, cimentado en la tradición y bien temperado, que nada tiene que envidiar al de sus mayores. Intemperie tiene otro elemento valioso: la recuperación (que ya habían hecho en distintos momentos Azorín o Delibes) del léxico rural, llenando la novela de términos como ataharre, serón, albardas, creosota, etc., raras ya de encontrar en el uso cotidiano del idioma.

En resumen, dos novelas excelentes y necesarias, entre las que no hay que elegir. Es deber del lector atento leer las dos.

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