Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "El fantasma de Vietnam" · Rodrigo Fresán (ABC Cultural) -
  2. 09 de Febrero de 2013
  1. Hijos de la luz, de
  2. Robert Stone

Hijos de la luz, lograda pieza de noir turístico, reincide en varios de los temas de Stone: el perdedor triunfal en su derrota; la cocaína como condimento útil para todas las situaciones; la fatiga de materiales del amor; la condena de ambientes des/controlados y manipuladores (aquí se trata de arrojar napalm a los estudios cinematográficos); el suicidio como última salida; el fantasma omnipresente de Saigón; y el extranjero como sitio donde estrellarse por última vez.
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Americana, de Don DeLillo, e Hijos de la luz, de Robert Stone. Dos historias con muchos puntos en común. Entre ellos, los ecos de Vietnam y su afilado retrato de seres sin esperanza.

DeLillo y Stone firman dos grandes novelas sobre la pesadilla americana.

David Bell y Gordon Walker no andan por ahí -como el Patrick Bateman de Bret Easton Ellis- tronzando mujeres a golpe de sierra eléctrica pero, cada uno a su manera, también son dedicados psicópatas americanos enredándose en las sábanas de la Gran Pesadilla de un país que no les deja dormir.

Bell -protagonista de Americana, editada en 1971, primera novela de Don DeLillo (Nueva York, 1936)- es un joven y exitoso ejecutivo de televisión de Madison Avenue. Un espécimen que se adelanta al hórror vacui de los yuppies y que, a punto de cumplir treinta años, decide dejarlo todo para salir a rodar algo sobre una reserva de indios navajos en Arizona que enseguida muta a una suerte de autodocumental que se anticipa a la ética de los reality shows y a la estética de videoclips y road movies mientras suena, como música de fondo, Talking Heads.

Sexo, paisajes desérticos, aburrimiento, acoso laboral, alienación urbana y la aventura secreta de un hombre transformándose en un extranjero mientras reinventa su entorno al mirarlo con ojos que ya no pertenecen al establishment televisivo sino al avant-garde del cine de culto. Afuera, Vietnam queda cerca y aquí se personifica en la figura de un veterano: un escritor bloqueado que, junto a una hermosa escultora y a un alcohólico, acompaña a Bell en su camino a ninguna parte. Y ese es, aquí y ahora, el principal atractivo de volver a Americana y lo que la convierte en una suerte de clásico secreto para muchos. Recientemente, Rick Moody contaba que alguna vez contempló, pasmado, a David Foster Wallace y a Jonathan Franzen enzarzados en una competencia oral por quién se sabía de memoria más párrafos del libro.

Adelantándose sin apuro, profética sin ganas de adivinar nada, juvenil en el mejor sentido del término, haciéndonos oír ese «motel que hay en el corazón de todo hombre», Americana es hoy una auténtica rareza: una Gran Novela Americana que nunca quiso serlo y que -inevitablemente comparada con la reciente pero ya museística e involuntariamente autoparódica Punto Omega, del mismo DeLillo- permanece fresca y original a pesar de haber sido tantas veces imitada.

Gordon Walker también está poseído por las imágenes y por el celuloide pero no tiene un motel en su corazón, sino tinieblas. Y en Hijos de la luz -cuarta novela de Robert Stone (Nueva York, 1937)- su oficio es aquel al que tanta anécdota y tortura ha brindado Hollywood: el de guionista descendiendo a un infierno de drogas y alcohol bien /mal acompañado por una actriz siempre al borde de un ataque de nervios. Uno y otra en ese punto de fuga que siempre es México para los norteamericanos que no saben adónde ir.

Así, Hijos de la luz -de 1986, en su momento considerada fallida, hoy lograda pieza de noir turístico- reincide en varios de los temas de Stone: el perdedor triunfal en su derrota; la cocaína como condimento útil para todas las situaciones; la fatiga de materiales del amor; la condena de ambientes des/controlados y manipuladores (aquí se trata de arrojar napalm a los estudios cinematográficos); el suicidio como última salida; el fantasma omnipresente de Saigón; y el extranjero como sitio donde estrellarse por última vez.

Stone regresaría a todo esto en un relato deslumbrante («High Wire», incluido en su Fun with Problems, de 2010) y, como DeLillo, influiría en muchos jóvenes. Entre ellos, Ben Fountain (Brief Encounters with Che Guevara, 2006, y la mejor y más ácida y divertida novela que nos ha dado la Guerra de Irak II: Billy Lynn's Long Halftime Walk, 2012). Pero Fountain no tiene el pathos de Stone. Tampoco DeLillo, más reflexivo y teórico.

Y es que el hombre-de-acción Stone -quien publicará en noviembre Death of a Black-Haired Girl, su primera novela en una década- vio de cerca demasiadas cosas y volvió para contarlas. Así, al final de Hijos de la luz el «héroe» se despide y deja en un bar a dos personas conversando y citando a Shakespeare: «Grandes son los usos de la adversidad», recita una; «Gran línea», comenta la otra.

Releídos uno junto a otro, el lector casi alucina el momento en que David Bell y Gordon Walker se cruzan y se saludan. No ocurre. Pero uno no puede dejar de saludarlos a ellos. Y de desearles buena suerte.

Cuarenta y dos años después
«Americana», original de 1971, es la primera novela que publicó DonDeLillo (a la derecha). Hoy se ha convertido en un «clásico secreto» al que no le faltan imitadores.

Sangre, sudor y napalm
La guerra de Vietnam (1964-1975) planea sobre «Americana» y sobre «Hijos de la luz», de Robert Stone (a la derecha). Abajo, soldados norteamericanos avanzan hacia posiciones enemigas

Como alma que lleva el diablo
Huyendo de sus recuerdos de Saigón, el protagonista de «Hijos de la luz» viaja a México. Una bajada a los infiernos de la droga y el alcohol con ecos de «Bajo el volcán», de Lowry

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