Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "Mata a tus ídolos: Iván Repila" · numerocero -
  2. 06 de Febrero de 2013
  1. El niño que robó el caballo de Atila, de
  2. Iván Repila

Como protagonistas dos hermanos atrapados en el fondo de un pozo y por encima un reciclaje de los códigos de los cuentos populares que nos transporta a terrenos alegóricos.
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Ordenadores

Mi primera gran decepción en la vida. Para un chaval nacido a finales de los setenta el ordenador era una especie de televisión robótica capaz de solucionar cualquier problema. Situémonos: Juegos de guerra, Exploradores, incluso Sueños eléctricos; películas en las que el protagonista escribía cuatro chorradas en MS-DOS (texto verde sobre fondo negro) y el ordenador actuaba. Hacía cosas. Pues bien: por mi primera comunión me regalaron un Spectrum. Sí: aquel mítico mamotreto que permitía cargar juegos en cinta de casete. El primer día lo enchufé, con ilusión, y le dije: «Te llamas Amadeus» (acababa de ver la película de Milos Forman y debió de dejarme bastante tocado). Inmediatamente después escribí en la pantalla: «¿Cómo te llamas?», y pulsé Intro. Nada. No pasó nada. Drama. Nervios. Un par de minutos después comprendí que el ordenador no tenía oídos, así que modifiqué el proceso, convencido de que, esta vez sí, obtendría respuesta. Escribí: «Te llamas Amadeus». Repetí, después: «¿Cómo te llamas?». Pulsé Intro. Y por supuesto: nada. Nada de nada. El puto ordenador no se enteraba de la fiesta. Mis sueños infantiles a tomar por saco: ni construir una máquina del tiempo (lo prometo), ni diseñar una nave espacial (lo prometo). Pocos días después, sin ningún tipo de cariño hacia esa máquina inerte, perdida mi inocencia, cargué la cinta del Green beret y empecé a jugar. Nunca pasé de la segunda pantalla: todavía no conocía ese invento maravilloso llamado joystick.

Pimpinela

Todos tenemos un pasado, y no debemos contárselo a nadie. O, por lo menos, debemos esconderlo apropiadamente. Pimpinela me causaba una honda impresión cuando era pequeño: yo pensaba que eran una pareja peculiar que contaba sus broncas. Esto es: celos, infidelidad, abandono, intercambio de amantes, todo el paquete. Los veía sobre el escenario y pensaba: «Qué valor, plantarse ahí y contar todo esto». Creo que no me recuperé de la hostia que supuso saber que eran hermanos. Luego empecé a escuchar música de verdad, hay que decirlo, pero cuando alguno de mis amigos, ya adolescente, descubrió la vieja cinta de Pimpinela el escándalo fue mayúsculo: todavía hoy, pasados los treinta, para muchos compañeros de cuadrilla el dúo americano forma parte de mi vida, y no se cansan de recordármelo entre carcajadas.

Chándal

¿Cuándo pasó el chándal de ser una prenda fantástica, colorida, resistente y parcheable, que significaba, a saber, ir al monte, patinar, jugar al fútbol, pegarse, correr como alma que lleva el diablo, revolcarse en la hierba, a convertirse en ese atuendo prácticamente folclórico, poligonero, discriminador como una sotana, que avergüenza a todo aquel que lo viste e incluso que lo mira? No lo sé con exactitud, pero en todo caso sucedió en los primeros noventa. Si hay un momento que represente un salto evolutivo en la vida de un tío de mi generación es, sin duda, la primera vez que sube el Pagasarri (monte cercano a Bilbao) en vaqueros.

[La estrella de] Krull

'Krull' es una película de 1983 dirigida por Peter Yates. Para los más jóvenes, esta es la entrada en Wikipedia sobre ella.

La vi de pequeño, claro, a mediados de los ochenta. Creo que muchas veces. Y tanto me impactó, tanto la disfruté, que, además de disfrazarme del protagonista en numerosas ocasiones y hasta construir mi propia estrella, guardé el título en mi memoria como uno de esos Grandes Clásicos que toda persona debe ver, al menos, una vez en la vida. Un peliculón, vamos. La crème de la crème de la ciencia ficción.

Años después, rozando la treintena, y animado por un amigo para el que también era una película fundamental, tuvimos la ocurrencia de organizar una reunión para volver a verla y mostrársela a aquellos iletrados sin vergüenza que no la conocían.

El resumen del acontecimiento podría ser este: Picoteo. Loas. Anecdotario infantil. Play. Empieza la movida. Se escuchan las primeras quejas. Alguien se ríe (¡se ríe! ¡de Krull!). Insultos. Bostezos. Indignación. Ni siquiera recuerdo si llegamos al final: qué tremenda bazofia. Qué bodrio. Qué horror de película, infumable, malísima. No es que hubiera envejecido mal: es que nunca debió ser filmada. Otro golpe en la mandíbula de mi infancia.

Café con leche

La primera vez que tomé café en un bar sentí que me crecía el bigote. Tomaba café, ergo era un adulto. Con leche, eso sí, y al estilo bilbaíno: mucha leche, mucha crema de leche y mucho azúcar. Casi un batido. Más tarde llegarían las cervezas, los vinos y los cubatas. Durante un viaje a Colombia aprendí a degustar el verdadero sabor del café, sin añadidos, y más tarde, en Nápoles, descubrí una nueva religión: me llevaron a una cafetería-roulotte que desprendía nubes de vapor, donde el bigotudo camarero me sirvió un, digamos, chupito de café solo acompañado de un vaso de agua. «¿Para qué el agua?», pregunté. «Para que te limpies la boca antes de tomar el café», me respondió el mostacho. Amén. Aleluya. Revelación. Desde entonces lo tomo así: amargo y negro. Tan amargo y tan negro que soy físicamente incapaz de beberlo con leche, y mucho menos con azúcar. Y aún peor: me he convertido en un talibán del café, hasta el punto de mirar con recelo a todo aquel que lo ensucia echándole algo, excepto, posiblemente, ron.

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