Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "No hay salvación posible" · Patricio Pron (El Boomerang) -
  2. 10 de Enero de 2013
  1. El diablo a todas horas, de
  2. Donald Ray Pollock

El nuevo libro de Donald Ray Pollock es absolutamente magnífico, uno de esos raros milagros literarios que suceden a veces en las vidas de quienes somos lectores y las justifican. El diablo a todas horas lleva aún más lejos el recurso a las historias entrelazadas cuyo dominio el autor estadounidense ya había demostrado en Knockemstiff. […] El lector puede dejarse arrastrar simplemente por la precisión y la dureza de la prosa de Donald Ray Pollock.
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Algunas objeciones que se le pueden hacer a El diablo a todas horas de Donald Ray Pollock: regresa al territorio en el que tenía lugar el anterior libro de relatos de su autor (el excelente Knockemstiff), como si éste pretendiese seguir beneficiándose del éxito de aquel libro; algunos de sus personajes apenas están delineados y pueden parecer sencillamente esperpénticos; la paleta de colores del autor se limita a la gama de los grises y al negro más absoluto; el desenlace es previsible y el argumento nunca se eleva más allá del de la excelente película de vaqueros que El diablo a todas horas quizás sea algún día.

No me parece innecesario comenzar por estas objeciones porque son las que el lector de El diablo a todas horas realiza durante la lectura, tan sólo para descartarlas minutos después y acabar admitiendo que el nuevo libro de Donald Ray Pollock es absolutamente magnífico, uno de esos raros milagros literarios que suceden a veces en las vidas de quienes somos lectores y las justifican. El diablo a todas horas lleva aún más lejos el recurso a las historias entrelazadas cuyo dominio el autor estadounidense ya había demostrado en Knockemstiff y lo hace recurriendo a unos personajes que no son muy diferentes de los de aquel libro de relatos: un veterano de la Segunda Guerra Mundial (no de la Primera, como reza el texto de contraportada) que se vuelve loco mientras su mujer agoniza y decide que sólo la crucifixión de animales muertos y unas jornadas extenuantes de oración pueden aplacar la ira de un Dios inmisericorde; un fotógrafo que obliga a su mujer a seducir a autoestopistas a los que asesina y fotografía en un ejercicio de pornografía y violencia; un policía corrupto dispuesto a durar todo lo que sea posible; un predicador que asesina a su mujer porque cree que Dios le permitirá resucitarla y otro que seduce y abandona a las adolescentes de su parroquia; un guitarrista en silla de ruedas que acompaña al primero de los predicadores durante su prédica y luego escapa con él y acaba en un circo en el que se enamora del payaso Panqueque; una huérfana que se suicida por confusión y vergüenza; y por encima de todos ellos Arvin, el hijo del veterano, que ve cómo su madre enferma y muere y cómo su padre se vuelve loco y se suicida y descubre que no hay salvación posible.

Ninguno (absolutamente ninguno) de los personajes de El diablo a todas horas parece ser capaz de actuar moralmente en el mundo de ignorancia y pobreza donde vive y en el que ni siquiera la fe religiosa ofrece un consuelo; su imposibilidad de resolver sus problemas de otra forma que no sea matando y muriendo y su propia perplejidad ante el abandono de un Dios que posiblemente nunca haya estado allí realmente vincula a estos personajes con los fantasmas de la Old, Weird America de la que habla Greil Marcus en uno de sus mejores libros y Bob Dylan en muchas de sus canciones, pero también con los personajes de buena parte de la obra de Flannery O'Connor y de Cormac McCarthy, que parecen las dos referencias más importantes del autor de Knockemstiff. Si Arvin destaca por encima de todos ellos es porque, incluso habiendo convivido con el horror y la muerte desde pequeño, no desea reproducirlos; lo hace, por supuesto, pero esto sólo porque no hay salvación posible, pero la forma en que mata plantea la que posiblemente sea la idea central del libro, la de que la suspensión del juicio moral y su reemplazo por una ética personal e intransferible son la única escapatoria que se presenta al individuo en el mundo contemporáneo.

No es una tesis que algunos lectores vayan a aceptar de buen grado, pero El diablo a todas horas y los periódicos de estos días hacen pensar que debe ser considerada seriamente si el individuo desea salvar una cierta verdad íntima en un mundo en descomposición. Aun así, el lector al que esta tesis no lo convenza puede dejarse arrastrar simplemente por la precisión y la dureza de la prosa de Donald Ray Pollock, traducida una vez más por el excelente escritor español Javier Calvo. Aquí, un pasaje:

A Preston [el nuevo predicador, mi nota] siempre se le había dado bien analizar a la gente, adivinar sus deseos y carencias más mezquinos, y sobre todo a las chicas adolescentes.

Cynthia era uno de sus mayores éxitos. No era más que una chica de quince años cuando él había ayudado a uno de sus profesores del Heavenly Reach a sumergirla bajo las aguas del Flash Fish Creek durante una ceremonia de bautismo. Aquella misma noche se había follado a aquella criatura delicada debajo de unos rosales, en los terrenos de la universidad, y al cabo de un año se había casado con ella para poder trabajársela sin que los padres fisgaran en sus asuntos. En los últimos tres años, Preston le había enseñado todas las cosas que se imaginaba que un hombre podía hacerle a una mujer. No quería ni pensar en cuántas horas de su vida le había costado, pero ahora la chica estaba tan bien entrenada como el mejor de los perros. Solamente tenía que chasquear los dedos y a ella se le empezaba a hacer la boca agua pensando en lo que a él le gustaba denominar su "cetro".

Ahora Preston miró a su mujer, encogida en ropa interior en la poltrona grasienta que venía con aquella pocilga de casa, con la raja de vello sedoso pegada a la tela desgastada de color amarillo. Estaba mirando con el ceño fruncido un artículo sobre los Dave Clark Five publicado en un número de la revista Hit Parader, intentando averiguar cómo sonaban las palabras. Algún día, pensó él, si decidía quedársela, tenía que enseñarle a leer (248-249).

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