Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "Pollock, el novelista salvaje" · Xavi Ayén (La Vanguardia) -
  2. 12 de Diciembre de 2012
  1. El diablo a todas horas, de
  2. Donald Ray Pollock

«Desprecio a la gente que usa la religión con otros fines o por motivos egoístas, para ganar poder o dinero, y soy muy duro con ellos en la novela. En América, una buena parte de la locura viene del hecho de mezclar religión y política.»
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Un obrero de Ohio debuta a los 57 años con un ácido retrato de EE.UU. "La estupidez de la cultura de la fama, la distancia ricos-pobres, el bajo nivel de la gente". "El mundo es un lugar violento, pero hay poesía por todas partes, en todas las cosas".

Es posible que el lector de El diablo a todas horas, la primera novela del norteamericano Donald Ray Pollock (Knockemstiff, 1954), sienta, cada vez que cierra el volumen, que alguien le ha salpicado las gafas de vísceras, sangre y fluidos corporales de todo tipo. Sin embargo, no está ante un subproducto gore, ni muchísimo menos, sino ante una propuesta literaria de calado, una visión demoledoramente crítica del American way of life capaz de remover las tripas del más pintado. La historia -buena parte de la cual sucede en automóviles- fluye a través de una narración clásica y una prosa descriptiva que va entrecruzando vidas de habitantes de Ohio, a saber: un veterano de guerra convertido en fanático religioso hasta el punto de creer que Jesús curará el cáncer a su mujer; Carl y Sandy, una pareja de fracasados cuyas ínfulas artísticas ocultan una pulsión asesina; un ex predicador que come cucarachas y que actúa en un circo junto a un guitarrista paralítico para olvidar su pasado; un sacerdote obeso que no controla su pulsión sexual hacia las feligresas púberes; un sheriff corrupto... En fin, El diablo.... es una visión de la capacidad destructiva de los seres humanos, convertidos en una suerte de monstruos a la deriva, que se mueven por escenarios muy reconocibles, redibujando además una figura arquetípica del imaginario norteamericano: el psicokiller. Hemos enviado unas preguntas por correo electrónico al autor y ha tenido a bien contestarnos. Dice que lo ha hecho de madrugada, en su casa: "Vivo en una calle muy tranquila, con las casas muy separadas entre sí, en una pequeña ciudad de 23.000 habitantes en el sur de Ohio. Son las 6 de la mañana y estoy sentado en un cobertizo en el patio trasero que he convertido en mi oficina. Acaban de pasar dos ciervos por el patio. Enfrente de mi casa hay una vieja iglesia presbiteriana, y más allá un gran cementerio. Algunas de las personas que hay enterradas llegaron a luchar en la Guerra de la Independencia. Si me acerco hasta el cementerio puedo ver la fábrica de papel en la que solía trabajar".

¿Sobre qué escribe? "Un montón de cosas: la estupidez de la cultura de la fama, la distancia entre ricos y pobres, el descenso de nivel generalizado, la adicción a la tecnología, el ascenso del fundamentalismo religioso...".

Los escenarios de la novela son reales: "Knockemstiff es el sitio donde crecí y Meade es el nombre ficticio que le he dado a Chillicothe, la ciudad en la que vivo. ¿Crear mi propio Yoknapatawpha? Definitivamente no soy ningún Faulkner, ni soy la mitad de ambicioso, pero sí tengo la intención de seguir usando la gente y los paisajes del sur de Ohio como inspiración".

El modo de narrar de Pollock es clásico, nada apresurado, se diría que describe un despanzurramiento como otros una puesta de sol. "Simplemente intento no pasarme y resultar gratuito -responde-. Prefiero dejar a la imaginación del lector una parte de lo que pasa por lo que respecta a la violencia". Algunas escenas del libro pueden hacer pensar en la violencia poética, un término que popularizaron cineastas como Takeshi Kitano. Pollock admite que "el mundo es, desafortunadamente, un lugar violento, pero hay poesía por todas partes, en todas las cosas, así que sí, supongo que sí, que algo de eso hay".

Aunque los personajes se llevan al extremo, resultan representativos de sentimientos como la soledad o el desamparo. "Los temas más evidentes son la soledad y la impotencia, o, en otras palabras, el sentimiento de estar atrapado, que no es estrictamente contemporáneo. La gente se siente así hace mucho tiempo".

Menuda imagen da de Estados Unidos, ¿no? "Bueno, se trata solo de una pequeña parte de América. Somos una sociedad violenta, y hay mucha gente pobre que no ha recibido una educación y está hecha un desastre, pero aún quedan muchas cosas positivas sobre las que no escribo, principalmente porque las cosas buenas no son tan interesantes".

Con un sentido del humor que actúa "como antídoto, para que el lector no tenga ganas de suicidarse", van apareciendo diferentes tipos de asesino. "Hay gente, como Arvin, que mata en defensa propia, mientras que otros lo hacen por unas creencias religiosas sinceras pero enloquecidas: es el caso de Roy, que cree que puede resucitar a los muertos. Ambos tipos sienten culpa, lo cual les diferencia de Carl y Sandy, que matan simplemente porque disfrutan haciéndolo".

Los asesinos en serie, admite, "han adquirido un estatus casi mítico en los Estados Unidos, pero es que somos la más violenta y obsesionada por las armas de las naciones industrializadas, así que tiene sentido que haya gente aquí que los coloque en un pedestal. Es como si los asesinos en serie estuvieran llevando el credo americano del individualismo duro, una expresión del presidente Hoover, a un nivel nuevo y por ello debieran ser admirados".

A pesar de la visión que sus personajes dan de las creencias religiosas, Pollock matiza que "la religión puede ser algo bueno, o al menos servir para lidiar con la vida. Además, por desgracia, ser un racionalista completo elimina una buena parte del misterio del mundo. Pese a todo, desprecio a la gente que usa la religión con otros fines o por motivos egoístas, para ganar poder o dinero, y soy muy duro con ellos en la novela. En América, una buena parte de la locura viene del hecho de mezclar religión y política".

El hombre de la fábrica de papel

La historia del autor también tiene su miga. Donald Ray Pollock nació y creció en Knockemstiff, actualmente un pueblo fantasma. Dejó el instituto a los 17 años para trabajar en una planta cárnica y, más tarde, se enroló en una fábrica de papel, de la que fue empleado durante 32 años, además de trabajar como conductor de camión. Cumplidos sus 50 años, se matriculó en la universidad para estudiar lengua y literatura. En el 2009 se graduó. Un año antes, publicó su primer libro de cuentos, Knockemstiff. Y, el año pasado, su novela, que ahora publican Libros del Silencio y Empúries. Él ha pasado del anonimato al estatus de autor de culto y colaborador de medios como The New York Times o Granta. Sobre lo de ser un escritor tardío, asegura que "una de las ventajas es que, si no logro escribir otro libro, no tendré tiempo para preocuparme por ello. En otras palabras, estaré muerto antes de desesperarme. La principal desventaja, al menos en mi caso, es que no estoy demasiado interesado en un montón de cosas que están ocurriendo ahora mismo en el mundo. Tristemente, parece como si la revolución tecnológica y la globalización estuvieran convirtiendo con rapidez el mundo en una única sociedad homogénea y aburrida".

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