Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "Pasión en los arrabales de París" · José Miguel A. Giráldez (El Correo Gallego) -
  2. 22 de Julio de 2010
  1. La voz de Lila, de
  2. Chimo

Este nabokoviano y fantasmagórico escritor ha copado el interés literario de La voz de Lila, porque el morbo de su identidad persiste a lo largo del tiempo. Pero más allá de esos morbos de autoría queda la novela: que también tiene mucha tela que cortar. Su intensidad erótica es increíble, su prosa no renuncia a nada: sea el relato verdadero o falso, nada importa. Una dosis fuerte de realismo sucio y pornografía tierna, como la llamó Frédèric Beigbeder.
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Basta con leer el estupendo prólogo de Ignacio Vidal-Folch (traductor, también estupendo, de la obra) para comprender qué tipo de propuesta se esconde tras esta novelita (novelita por su brevedad, no por su calidad). En realidad, bastaría con apenas hojearla, aunque, eso sí, nos privaría de una sintaxis bien trazada y de unas escenadas concebidas con más cuidado literario del que parece a primera vista. La voz de Lila es poco más o menos un clásico contemporáneo (se publicó por primera vez en 1996), y su argumento, digámoslo así, bascula entre la picaresca y la abierta pornografía. Ya desde el primer momento, como nos recuerda Vidal-Folch, se organizó una buena polémica en torno al texto, sobre todo porque su autor se escondía detrás de un pseudónimo. Muchos creyeron ver en eso una historia auténtica: Chimo, según Plon, el primer editor, sería un emigrante que residía en la banlieue francesa, con toda la crudeza del duro trabajo diario y una existencia profundamente desestructurada. El argumento era perfecto y la biografía, real o no, cuadraba perfectamente con la historia. Pero los críticos, desde el mítico Bernard Pivot, creyeron ver la mano de un importante autor francés detrás de una novela realmente brillante, y propusieron nombres, desde Tournier o Pennac hasta Serguine o Bercoff. Incluso se especuló con que podría ser el propio editor de Plon, Olivier Orban. Este nabokoviano y fantasmagórico escritor ha copado el interés literario de La voz de Lila, porque el morbo de su identidad persiste a lo largo del tiempo. Pero más allá de esos morbos de autoría queda la novela: que también tiene mucha tela que cortar. Su intensidad erótica es increíble, su prosa no renuncia a nada: sea el relato verdadero o falso, nada importa. Una dosis fuerte de realismo sucio y pornografía tierna, como la llamó Frédèric Beigbeder.

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