Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "'Las desventuras del príncipe Sternenhoch', de Ladislav Klíma" · Carlos González Peón (La medicina de Tongoy) -
  2. 11 de Diciembre de 2012
  1. Las desventuras del príncipe Sternenhoch, de
  2. Ladislav Klíma

Una novela satírica y extraña -divertida a la par que grotesca y desconcertante a la par que atractiva- que trata de amores ridículos, fantasmas (o apariciones más o menos espectrales) y locura (o similar estado de embriaguez) que no deja títere con cabeza, empezando por la nobleza, siguiendo por el ejército y pasando, que no acabando, por la clase política.
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Las desventuras…” pertenece al género de Aquellas Novelas Que Llaman La Atención Por Su Portada (que es una forma tan digna como cualquier otra de llamar la atención). Al menos esta es la primera etiqueta que recibió de un servidor. No todos los prejuicios han de ser negativos. Después de eso, la inevitable lectura y después del después la inclusión, inevitable también, en Los Libros Difícilmente Catalogables. Ladislav Klima entra de lleno en mi particular Olimpo de los Raritos con esta novela que no supongo una excepción en el mermado conjunto de su obra (mermado porque en un arrebato de lucidez quemó gran parte de ella (no como otros)). Lo cual, dicho sea de paso, ha de ser tomado como un cumplido.

Las desventuras…” cuenta la loca historia de amor de un príncipe, como él mismo afirma, con una marcada tendencia a la excentricidad amén de otras peculiaridades: “[…] al margen de mi prosapia y opulencia, oso decir que soy un adonis, pese a ciertos defectillos, como que mido tan solo un metro y medio y peso cuarenta y cinco kilos, que ando algo desdentado, mondo y lampiño, además de un poco bizco y significativamente cojitranco. Pero hasta el sol tiene sus manchas”. También, según el Doctor Trottelhund (un menos que secundario personaje de la novela), “su Alteza carece, efectivamente, de un temperamento equilibrado”. Y todo esto solo para empezar.  Sternenhoch es en sí mismo un auténtito esperpento.

Pues bien, este buen príncipe -que según el propio Klima, bien pudiera haber sido el sucesor de Bismarck- se enamora perdidamente, por razones incomprensibles hasta para él mismo, de un horrible jovencita de 17 años que le revuelve el estómago nada más posar su mirada en ella: “una figura tan escuálida que asustaba; un semblante de una repulsiva lividez, casi blanco, macilento. Parecía un cadáver accionado por un mecanismo”. Así de fea. Y de tonta ni hablemos. Así de tonta: después de casados (el misterio de lo absurdo del matrimonio alcanza aquí sus cotas más altas) ella se enamora de otro maromo tanto como para decir lo siguiente: “¡Eso es lo que soy! ¡Una pequeña puerca, una perrilla, una lombriz…, una mujer! Un estercolero en el que proliferan nauseabundos críos. ¡Un asco! Somos un cero a la izquierda; solo cuando ante nosotros se planta un hombre hecho y derecho, el cero se convierte en algo provechoso. Plantas trepadoras; sin vosotros [los hombres] no tenemos ningún sentido. Somos un décimo; el hombre los restantes nueve décimos. Sería totalmente lógico que los hombres pisotearan a las mujeres sin más ni más. Hasta el más ruin, el más blandengue de los hombres es superior a la más elevada de las mujeres.

El resultado son dos perfectos imbéciles y una falta total de codependencia, o lo que es lo mismo, dos deseándose mutuamente una muerte fulminante o, de igual manera, una feliz y fatal separación. Total, que ella parece que se muere de una patada perdida y él escribe un diario que ocupa el centro y casi la totalidad de la narración; una narración dirigida desde el prefacio por una entidad correctora e invisible: “[…] nos hemos permitido numerosas licencias. Ante todo, hemos intelectualizado en gran medida a nuestro paladín [el príncipe]. Ha resultado imprescindible. Su Alteza Serenísima andaba bastante a la greña con la pluma...” El resultado es una novela satírica y extraña -divertida a la par que grotesca y desconcertante a la par que atractiva- que trata de amores ridículos, fantasmas (o apariciones más o menos espectrales) y locura (o similar estado de embriaguez) que no deja títere con cabeza, empezando por la nobleza, siguiendo por el ejército y pasando, que no acabando, por la clase política. No hay ni un solo personaje, del estamento que sea, que salga bien parado. Ni uno. Y eso siendo generoso.

Cuenta la traductora, Patricia Gonzalo de Jesús, un par de insignificantes detalles que pueden servir para entender algunas de las claves de la novela y ayudar en los momentos más desesperantes de la narración (que los hay): por un lado Klima incluyó el subtítulo de “Un Romanetto Grotesco”, siendo Romanetto un género que pertenece al ámbito de lo gótico y Grotesto… al ámbito de lo grotesco, claro. Por otro lado destaca el carácter filosófico de una obra que asegura impregnada de toda la teoría filosófica de Klima, entendiendo esta como una reelaboración personal de los postulados de Nietzsche y Schopenhauer. “Hay mucha terminología filosófica, inventada por el propio Klíma para sus propósitos y que no está traducida al español en ningún caso, así que hubo que inventarla directamente”. Hay, de esto (filosofía con querencia al absurdo, al menos en su planteamiento), un evidente exceso verbal en el tramo final de la novela -cuando revienta cual purulenta espinilla toda la locura acumulada a lo largo de 200 páginas- que invita a la espantada de aquellos poco acostumbrados a cierta terminología que, es de suponer, busca hacer voluntariamente ininteligibles algunos pasajes. Queda, en cualquier caso, el regusto dulce de unos personajes extravagantes en grado sumo en un entorno tan hostil como el amor ciego sobre un fondo de nobleza germana.

Breve apunte biográfico

Ladislav Klíma es, era, checo. Desde la más tierna infancia le da por la revolución a pequeña escala. A los dieciséis años ya lo han expulsado de todos los establecimientos escolares del Imperio Austríaco (asegura Manguel en Babelia) lo que equivale a entrar por una puerta y salir inmediatamente después por la de atrás. Insulta a la Iglesia, al Estado y la corona Imperial. No deja títere con cabeza, Klíma. Vivió en la indigencia ejerciendo de todo: conductor, filósofo solipsista, fabricante, dramaturgo y, al final de su vida, limpiabotas. La única cosa de la que nunca se hartó fue del alcohol. Como buen borracho tuvo un montón de amigos que siempre lo ayudaron a salir adelante. Para coronar la leyenda hay que decir que se alimentaba de gusanos. Esto vende muy bien. Murió de tuberculosis en 1928. Y hasta hoy.

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