Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "Sinceridad, crudeza, Ohio... Charlando con Donald Ray Pollock" · Eric (iletradoperocuerdo) -
  2. 28 de Noviembre de 2012
  1. El diablo a todas horas, de
  2. Donald Ray Pollock

«No pienso en el lector mientras escribo, lo cual ayuda en lo que respecta a la “sinceridad”. Si me pasara el tiempo pensando que algún día alguien va a leer todo eso, seguramente los lectores, y no los personajes, se convertirían en la prioridad. En otras palabras, acabaría escribiendo para complacer a la gente.» 
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Puede que me esté trastornando. No lo sé. Lo que sí sé, o al menos tengo constancia de ello, es que soy un claro devoto de esas historias que surgen desde las mismísimas entrañas del escritor para ofrecer infinitas situaciones hostiles, descorazonadoras, autodestructivas, aunque también graciosas y estimulantes. Perturbadores relatos donde no existe lugar para la redención, cargados de una tristeza que encogen el corazón, de una violencia y sordidez que te dejan con la lágrima en el ojo, crueles y sinceros.

Quizá haya sido presa del mismo virus que otrora afectara a autores del calibre de Francis Scott Fitzgerald –”Muéstrame un héroe y te escribiré una tragedia”, dijo una vez– o Arthur Schopenhauer –quien no dejaba de recordarnos que en el ser humano solo existe un error innato: “creer que estamos aquí para ser felices”–. Quien sabe. Sí puedo intuir, o al menos eso creo, el hecho de que me resultan tan atrayentes este tipo de narraciones porque muestran aquello que no queremos ver y reconocer: la fragilidad de la propia condición humana. El ser humano puede llegar a ser tan noble como despreciable. La hipocresía forma parte de nuestra identidad, a pesar de que muchos intentan obviarlo. No hay que olvidar que todos nos hemos transformado en flâneurs, coleccionistas y prostitutas. Todos somos amantes abandonados por un ideal, una visión de futuro o una vida cómoda. Todos creemos poseer la verdad más absurda. Todos sentimos que el mundo se derrumba y somos incapaces de reaccionar para poder evitarlo. Y en medio de todo está la violencia, la corrupción, lo depravado, infame, lo rastrero, ruin, vil y abyecto.

Cuando leí a Donald Ray Pollock algo en mi interior cambió. Mi estómago se revolvía, sentía como punzadas y mi cerebro no dejaba de insistir e insistir en que olvidara aquellas historias de un pueblo remoto de Ohio llamado Knockemstiff –publicadas por Libros del Silencio–. Pero no podía dejarlo, no quise dejarlo. Hacía tiempo que no leía una literatura tan cruda, y me entusiasmó. Por esa misma razón, un buen día decidí entrevistarlo. Qué sorpresa la mía que gracias a esa cosita llamada Internet ha sido posible. Contactar con el bueno de Donald fue algo extrañamente sencillo. No tardó ni un solo día en responder a mi petición de entrevista. Es más, se mostró encantado por el hecho de que alguien, en España, decidiera charlar con él. Yo, por mi parte, parecía un niño pequeño a punto de recibir el regalo de su vida. Nervioso, pataleando y sonriendo sin parar, presa de la emoción, e incrédulo, puesto que solo soy un chico de provincias al que algunos leen.

No obstante, he de decir que no podía afrontar tal empresa en solitario. Sin pensarlo un instante, hablé con un ángel traductor llamado Inga Pellisa –editora, no lo olvidemos, de Libros del Silencio cuando publicaron por primera vez al protagonista de esta historia–, quien no dudó en “echarme un cable”. Sin ella, dudo que esto hubiera sido posible. Y no contento, contacté con The New York Times para ver si podía hacer uso de una sesión fotográfica que hicieron al propio Pollock. Todo para hacer de esta aventura algo único, inolvidable, exclusivo e inédito. Al final, debo confesar, decliné esta opción –debía esperar más tiempo, además de abonar cierta cantidad de dinero… y lo más importante, no podría publicar la entrevista con la libertad que quería–.

Ahora que todos los lectores pueden adentrarse en el lúgubre mundo de El diablo a todas horas, primera novela del autor de Ohio y segunda publicación en España, era el momento de ofrecer esta charla transoceánica para saber un poquito más cómo es Donald Ray Pollock. ¡Disfruten y lean, lean!

Pregunta: Literatura hiriente, dura, cruda, a veces repugnante, injusta. La aparición de Knockemstiff en el panorama literario internacional ha sido como un buen golpe de derecha que dejó KO a más de un lector. A través de cada una de las historias del libro, el vacío que sentimos en nuestro interior se hace más y más grande, debido en parte a lo real de los hechos descritos. ¿Fue Knockemstiff un ejercicio de introspección para liberarse de la sombra aletargada de la propia ciudad, su ciudad?

Donald Ray Pollock: Gracias por esas amables palabras. Hay algo que necesito señalar, y es que Knockemstiff no está basado en hechos “reales” verdaderamente. Por descontado, existe un lugar real en el sur de Ohio llamado Knockemstiff, en el que tienen lugar las historias, pero prácticamente todo lo demás es ficción, salvo las referencias geográficas y otros pequeños detalles como el nombre de la iglesia, etc. En respuesta a tu pregunta: no, creo que fue justo lo contrario, en el sentido de que quería intentar, dentro de mis modestas posibilidades, darle una especie de “homenaje” al pueblo antes de que desapareciera. Es cierto que me sentía atrapado en él cuando era joven, y aún puedo recordar aquella sensación, pero de eso hace mucho tiempo.

P: Cada personaje representa un papel distinto de la condición humana, donde la línea que separa la locura de la desesperación es muy fina. En cierta forma estamos ante un pueblo maldito en el que redimirse de los pecados cometidos no es una opción viable ¿No resulta todo excesivamente descorazonador?

D. R. P.: Desde luego, Knockemstiff es un auténtico bajón si uno anda buscando una historia que le haga sentirse bien. Pero si pensamos en ello, ¿cuánta gente se habrá ido a la tumba sin encontrar jamás la redención? Millones, diría yo.

P: ¿Cómo confecciona el aspecto psicológico de los personajes? En otras palabras, ¿cómo se puede ser tan cruel y sincero?

D. R. P.: No pienso en el lector mientras escribo, lo cual ayuda en lo que respecta a la “sinceridad”. Si me pasara el tiempo pensando que algún día alguien va a leer todo eso, seguramente los lectores, y no los personajes, se convertirían en la prioridad. En otras palabras, acabaría escribiendo para complacer a la gente.

P: Knockemstiff fue su primer libro. ¿Sinceramente esperaba que obtuviera el éxito que ha cosechado? En España, por citar un ejemplo, gran parte de la crítica se rindió ante ese compendio de relatos cargados de tristeza y violencia. ¡Nos dejó perplejos!

D. R. P.: No, realmente no me lo esperaba. Sólo tenía la esperanza de que Doubleday –la editorial que contrató el manuscrito en Estados Unidos– ganara el dinero suficiente para cubrir los gastos de publicar eso, ya que así tal vez estarían dispuestos a arriesgarse con un segundo libro. Por supuesto, hay que tener presente que parte de la publicidad que recibí en Estados Unidos se debió al hecho de que yo era un peón de fábrica nacido en el sur de Ohio que, de algún modo –de un modo casi milagroso, incluso–, había escrito un libro. Pero no me parece mal. Recuerdo que quedé fascinado la primera vez que oí hablar de William Gay, el escritor estadounidense que pasó buena parte de su vida montando paneles de pladur y trabajando de carpintero. Su historia fue una inspiración para mí, y me gustaría pensar que habrá alguien ahí fuera que oiga hablar de mí y se diga: “Qué narices. Si él puede, a lo mejor yo también puedo”.

P: Kiko Amat, autor del prólogo en la edición española de su libro, decía que es “uno de los mejores libros que leerán jamás”. ¿Qué opina al respecto? ¿Le supone demasiada presión? ¿Le impone respeto? Para nosotros, sinceramente, su lectura ha sido y es ya inolvidable.

D. R. P.: A Kiko Amat le debo un favor enorme por ese prólogo. En cuanto a lo de si las reacciones positivas me han hecho sentirme más cohibido o más nervioso de lo que ya me siento: sí, así es. Pero si me paro a pensar en las alternativas, que son que me ignoren o me machaquen, ¡prefiero de lejos afrontar la presión de una buena reseña!

P: ¿Cuándo pensó por primera vez: este es mi momento, voy a intentar publicar mis historias?

D. R. P.: Bueno, no recuerdo que hubiera un momento exacto, pero sí que empecé a enviar relatos, principalmente a revistas pequeñas, después de un par de años escribiendo. Y, créeme, recibí un montón de cartas de rechazo. Pero quería ver mis textos publicados, como cualquier escritor, así que seguí probando. Para cuando contactó conmigo un agente de Inkwell Management –que había leído uno de mis relatos en la revista Third Coast–, llevaba unos seis años intentando aprender a escribir y había publicado quizás siete u ocho relatos. De modo que fue un proceso bastante largo.

P: Un aspecto que nos interesa de los escritores es su metodología de trabajo. ¿Es Donald Ray Pollock uno de aquellos autores que programa un horario estricto de trabajo diario o la mayoría de sus escritos brotan de un fugaz destello?

D. R. P.: Para conseguir hacer algo, soy de esos que necesita seguir un horario. Sin un poco de disciplina, no sirvo para nada. Cuando estoy trabajando, una de dos: o me levanto a las 5:30 de la mañana y escribo de las 6:00 a las 11:00, o trabajo desde las 8:00 de la tarde hasta las 2:00 de la mañana. Tiendo a escribir un poco mejor por la noche, pero me gusta la sensación de tener terminado el trabajo por la mañana y no pasarme el resto del día nervioso.

P: En El diablo a todas horas hay una camarera que ofrece favores sexuales para ganar dinero extra porque su novio no trabaja. Hay un buen predicador y un par perdedores. Está Willard, quien regresa de la guerra en el Pacífico y se enamora de la camarera que le sirve un pésimo pastel de carne… La gente es pobre, las ciudades son pequeñas, y el sufrimiento y la oscuridad van de la mano. ¡Menudo contenido para su primera novela! ¿Cómo ha sido el proceso de enfrentarse a una historia mucho más amplia? ¿Fue un reto?

D. R. P.: Fue un reto, sin lugar a dudas. Nunca antes había escrito una historia que tuviese más de 15 páginas, así que me intimidaba la idea de intentar escribir algo tan largo como una novela. Lo conseguí simplemente a base de perseverar, y al final empezó a tomar forma.

P: No parece que sea uno de esos escritores que buscan por encima de todo el reconocimiento público, que busca constantemente el piropo y los premios. Desde una perspectiva personal, ¿cómo se plantea su carrera de escritor?

D. R. P.: Creo que no me queda ninguna aspiración que no se haya cumplido ya con creces. Cuando empecé mi objetivo era escribir un solo relato que fuera decente, y ahora tengo dos libros. He tenido muchísima suerte hasta ahora, y si no consiguiera nada más, estaría contento de todos modos. Dicho esto, estaría bien poder escribir tres o cuatro libros más que no fuesen un fracaso.

P: El futuro, en España y otros países, no parece nada halagüeño. La coyuntura económica, los escándalos políticos y la desilusión son constantes. En este sentido, ¿cree que la literatura puede ayudar a fortalecer aún más ese espíritu de crítica, que puede alentar a la sociedad a seguir luchando pese a todo?

D. R. P.: Estoy empezando a dudarlo, supongo; al menos en Estados Unidos. Cuando un país se obsesiona tanto como el nuestro con la economía, la riqueza y la tecnología, cosas como las humanidades se consideran cada vez menos y menos importantes. De modo que estamos comenzando a eliminar las clases de arte, de literatura, de música y de un largo etcétera en las escuelas públicas e incluso en las universidades, porque hemos decidido que, en realidad, lo único que necesitan los estudiantes es un pack de “aptitudes” que haga de ellos buenos trabajadores. La actitud que se está imponiendo es que no hace falta que lean, por ejemplo, La odisea, o Huckleberry Finn o Walden o Madame Bovary; en lugar de eso, lo que necesitan aprender es cómo pasar los exámenes estandarizados que imparte el gobierno, lo cual no tiene absolutamente nada que ver con un auténtico aprendizaje. Así, a medida que las condiciones se vayan deteriorando, habrá cada vez menos lectura seria y menos pensamiento crítico; y esto, por descontado, le facilitará las cosas al gobierno de cara a controlar a la población y construir una nación de autómatas. Esta idea no es de mi cosecha: aunque por lo general se los ha venido ignorando, críticos como Neil Postman y Morris Berman llevan años advirtiéndonos.

P: Por curiosidad, ¿escucha música mientras escribe?

D. R. P.: Sólo cuando reviso. Entonces, acostumbro a escoger cinco o seis discos y los pongo una vez detrás de otra, hasta que llega un momento en el que realmente ya ni siquiera soy consciente de que estén sonando, en el que son sólo un sonido rítmico de fondo.

P: ¿Diganos, qué hay en Ohio que decide el futuro político de los Estados Unidos? ¿Realmente es un microcosmos de la sociedad norteamericana?

D. R. P.: Hoy en día, gran parte de la costa este y casi toda la costa oeste apoyan siempre a los demócratas. Esto prácticamente se puede dar por sentado. Luego hay un montón de estados que casi siempre votan a los republicanos, la mayoría de ellos, si no todos, en el sur y también en la franja norte del medio oeste. Y, por último, están esos estados péndulo –nueve este año, incluyendo Ohio– que pueden inclinarse a un lado u otro porque al parecer están compuestos de un 50 por ciento de demócratas y un 50 por ciento de republicanos. De ahí que se los pueda considerar un microcosmos del conjunto de la sociedad y que concentren el grueso de atención por parte de los medios y de los políticos. Afortunadamente, gracias a que en los grandes centros urbanos como Cleveland y Columbus la gente salió a votar, Obama se hizo con los votos electorales de Ohio. Sin embargo, otras zonas del estado –áreas rurales y ciudades más pequeñas–, apoyaron mayoritariamente a Romney. Por desgracia, aunque muchos no lo admitan, mucha de esta división se debe al hecho de que Obama sea negro. Dios mío, tiene un historial muchísimo mejor que el de cualquier presidente republicano que hayamos tenido en décadas, y eso a pesar de que algunos líderes republicanos como Mitch McConnell, de Kentucky, juraron que harían cualquier cosa en su poder para verlo fracasar –algo que debería considerarse seriamente como un acto de traición–. Pero de todos modos casi la mitad de los estadounidenses votaron a Romney, un hombre de negocios que ha hecho una fortuna inmoral cerrando fábricas en el país y trasladándolas al extranjero o declarando quiebras. Y ahora en algunos estados republicanos se habla de secesión porque ha ganado Obama. No sólo estamos divididos, ¡algunos también están locos!

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