Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "La cruz sacrílega" · Sergi Sánchez (El Periódico) -
  2. 28 de Noviembre de 2012
  1. El diablo a todas horas, de
  2. Donald Ray Pollock

No hay complicidad con el monstruo, y sí interés por acercarse allí donde todos pierden pie: al abismo del mal pero con conocimiento de causa, sabiendo de lo que se habla. […] Y lo que queda, eso es lo más extraño, no es una novela cruel o miserabilista: adictiva como pocas, deja un poso de melancolía, haciéndonos pensar, como decía Jim Thompson, en el asesino que hay en todos nosotros.
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Todo empieza con una crucifixión. Un soldado americano, desollado por los japoneses, se pudre ante la mirada atónita de un pobre diablo, a finales de la segunda guerra mundial, cuando ocupar una isla nipona es tan absurdo como rezar a un Dios inexistente. Ese icono sacrílego hechiza la vida de Willard Russell, que empieza a utilizar un tronco como tótem para sacrificar animales y humanos. Confía en que el culto a la sangre mejore y prolongue la vida de su mujer, devorada por el cáncer en una cama mugrienta. Esa cruz violada, a miles de kilómetros de una devastada región del sur de Ohio, esparce su sombra sobre todos los personajes de una novela que parece una colección de relatos, igual que Knockemstiff, el libro que lanzó al estrellato a Donald Ray Pollock (Knockemstiff, 1954) después de trabajar 32 años en una fábrica de embalaje, parecía una novela. En aquellos cuentos el denominador común era la creación de una atmósfera de fatalidad que lograba constituirse en espacio imaginario de sólidas fronteras. Aquí, en El diablo a todas horas, la lucidez con que Pollock utiliza el primer plano y el plano general para desenfocar historias y desplazar protagonismos sin que las transiciones entre unos y otros se hagan evidentes, no pretende esconder la estructura episódica de la novela.

Pollock lanza una piedra a un lago empantanado y observa los círculos concéntricos que se forman en la superficie a lo largo de dos décadas de miseria moral, de modo que su epicentro (Alvin, el hijo de Willard) es donante y receptor oblicuo de todas las desgracias y atrocidades que ocurren a su alrededor, desde las desventuras de un predicador comearañas y su primo inválido y pederasta hasta las correrías de dos asesinos en serie de autoestopistas que convierten sus crímenes en galería fotográfica de torturas y desmembramientos. No hay un protagonista, como tampoco hay un juez: la extrema brutalidad de lo que cuenta Pollock se presenta con una mezcla de naturalidad y determinación, como si el fatum de todos sus personajes estuviera inevitablemente controlado por el peso del contexto (fanatismo religioso, marginalidad social) que les hace vivir a través del dolor y el sufrimiento, propio o ajeno. Podría pensarse que Pollock se regodea en los golpes de efecto, en la desmesura de la violencia, pero no: al contrario de un Barry Gifford, no hay nada cómico ni distanciador en su prosa.

Imaginen a un escritor preocupado por dar voz a la conciencia de Leatherface de La matanza de Texas y entender de dónde viene y a dónde va. No hay complicidad con el monstruo, y sí interés por acercarse allí donde todos pierden pie: al abismo del mal pero con conocimiento de causa, sabiendo de lo que se habla. Como en la literatura de Flannery O'Connor, con la que a menudo se le emparenta, hay una sublimación poética de lo grotesco para que la conmoción deje paso a una cierta belleza.

Los cuentos de William Goyen también podrían ser un modelo, aunque a Pollock le gusta más trabajar a ras de suelo, sin abandonar el detallismo exacerbado en la descripción psicológica y los diálogos esculpidos con puño de hierro. Y lo que queda, eso es lo más extraño, no es una novela cruel o miserabilista: adictiva como pocas, deja un poso de melancolía, haciéndonos pensar, como decía Jim Thompson, en el asesino que hay en todos nosotros.

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