Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "El infierno se llama Knockemstiff" · Rodrigo Fresán (ABC Cultural) -
  2. 10 de Noviembre de 2012
  1. El diablo a todas horas, de
  2. Donald Ray Pollock

Un vigor y dedicación que inquietarían hasta al mismísimo Jim Thompson, padre espiritual de todo esto. […] Una prosa que pasa de la sequedad al lirismo cuando se trata de describir suicidios y violaciones y ejecuciones.
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El libro abre en plan «abandonad toda esperanza vosotros que entráis aquí». A saber, a leer: «Una sombría mañana de finales de un lluvioso octubre, Arvin Eugene Russell iba correteando detrás de su padre, Willard, por el borde de un pastizal que dominaba una hondonada larga y rocosa del sur de Ohio llamada Knockemstiff». Y está casi todo dicho y advertido en ese adjetivo -sombrío- y en el nombre: Knockemstiff. Porque estamos de nuevo en el territorio de nombre onomatopéyico con el que Donald Ray Pollock (nacido allí, en 1954) se reveló en 2008 como uno de los narradores más potentes y bestiales de los últimos tiempos. Uno de esos contados y tardíos escritores savant -Pollock fue obrero de papelera y frecuentó drogas y alcoholes- llegados para dejar una fuerte impresión en nuestros sueños o, mejor dicho, pesadillas.

Y si la novela-en-relatos Knockemstiff podía oírse como una colección de grandes canciones unidas por un mismo tema (casi la versión noir de The Kinks are the Village Green Preservation Society), entonces El diablo a todas horas -apenas perjudicado por el simple pero incontestable hecho de venir y llegar después de Knockemstiff- equivaldría a su operístico Preservation.

Otra vez ese pueblo chico e infierno grande (y alrededores) concentrado en Willard Russell, recién regresado del belicoso Pacífico de la Segunda Guerra Mundial. Y Willard enseguida comprende que no hay dulzura en su hogar y que estaba mejor en el frente de batalla viendo cómo despellejaban y crucificaban vivo a un compañero. Pronto, a Willard no le queda otra que ponerse a erigir nuevas cruces. Porque -mientras reza sin pausa y su esposa agoniza- si algo sobra en Knockemstiff es madera y carne para clavar o ablandar a martillazos.

Y aquí viene -entre 1945 y 1960, con un vigor y dedicación que inquietarían hasta al mismísimo Jim Thompson, padre espiritual de todo esto- una formidable parada de monstruos: un guitarrista gay y pedófilo; un psicópata que habla con Dios dentro de un clóset y se cubre de arañas; una pareja de asesinos en serie que sale a cazar autoestopistas; un sheriff corrupto y de gatillo ligero; un par de sacerdotes pecadores.

Todos estos personajes y muchos más con una prosa que pasa de la sequedad al lirismo cuando se trata de describir suicidios y violaciones y ejecuciones. Y, sí, podría reprochársele a El diablo a todas horas un regocijo en la sangre derramada que Knockemstiff -que también comenzaba con un chico siguiendo a su padre rumbo a un explosivo momento de violencia- balanceaba mejor y con más humor.

Un crítico del periódico The Oregonian sintetizó con gracia y precisión: «Se lee como si el hijo bastardo de William Faulkner y Flannery O'Connor hubiese sido capturado por Cormac McCarthy, metido en una jaula, y obligado a consumir nada más que aros de cebolla y Oxycontin, mientras ve una y otra vez Malas tierras, de Terrence Malick». Pues eso.

Sobre el final, el hijo, Arvin -con cuatro muertes en su haber-, ha probado ser digno sucesor de su padre, Willard. Y deja atrás todo eso para salir a conocer un mundo en el que, aunque el Diablo no gane la guerra, siempre se alza con todas las batallas. Si tiene suerte, pienso, se cruzará con Quentin Tarantino, quien haría una gran película con todo esto.

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