Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "La voz de Lila, de Chimo" · Javier Avilés (El lamento de Portnoy) -
  2. 10 de Julio de 2010
  1. La voz de Lila, de
  2. Chimo

O entendemos como una intromisión elitista del escritor pusilánime que ni siquiera es capaz de firmar con su nombre un texto atroz, soez, prosaico y profundamente carnal, o bien aceptamos el paratexto como parte fundamental de la novela. Aunque no nos creamos nada nos obligan a aceptar la impostura como cierta. Por una vez, maravillas de la literatura, podemos matar tranquilamente al autor, olvidarnos de él, incluso despreciarlo, y admirar, esté donde esté, a Chimo, el narrador de La voz de Lila.
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Si el (falso) ciclo de poemas épicos de Ossian fue capaz de influenciar a Walter Scott y a Goethe, nos debemos replantear la importancia de la impostura. No se trata tanto de escribir bajo seudónimo o de mantener oculta la identidad de un autor. Pynchon y Salinger serán ellos sea quien sea la persona que se oculta tras la firma. Pero no es lo mismo ser Suárez Lynch o Bustos Domecq que ser Borges y Bioy Casares a cuatro manos (como si escribiésemos igual que se toca el piano). De hecho hay una gran distancia entre Lynch-Domecq y la narrativa “oficial” de Borges y Bioy Casares. Como si eso perteneciese a otra esfera, una rareza, una curiosidad anecdótica.
Lo peor del caso es cuando, siendo otro, quedas desenmascarado. Véase J. T. LeRoy. O cuando quedas atrapado por tu propio personaje, véase Antoni Casas Ros, confinado (y celosamente protegido) por su deformidad (real o ficticia).
Cuando Aurora Venturini ganó el Premio Nueva Novela a sus 83 años por Las Primas, todo el mundo pensó que era una invención de Enrique Vila-Matas.
De hecho muchos piensan que Casas Ros es una invención de Vila-Matas.
Todo es una invención de Vila-Matas. Yo sigo recibiendo e-mails que comienzan con un “Apreciado Enrique”.
Tengo que contestarles diciendo que no soy Vila-Matas, que me llamo Erik Satie, como todo el mundo. La frase, claro, es de Vila-Matas.
El caso es que ya no nos creemos nada.

El autor de La voz de Lila, Chimo, es un enigma. En el momento de su publicación en Francia, 1996, contaba unos veinte años, se encontraba en la cárcel y deseaba permanecer en el anonimato. El texto era manuscrito, presentado en dos cuadernos y con numerosas faltas y fragmentos ilegibles.
Ya no nos creemos nada, claro.
La voz de Lila es un texto desgarradoramente poético y pornográfico.
Pero la personalidad del autor nos crea un dilema.
Aunque la opinión general en los círculos literarios franceses es que tras Chimo se oculta un autor reconocido debemos asumir a priori el paratexto que acompaña a la novela. Lo cual nos lleva a reconocer el texto, narrado en primera persona, como autobiográfico. Lo cual nos lleva a concluir que lo que se narra en La voz de Lila es cierto, pertenece al ámbito de la “realidad”.
““Realidad”” de nuevo.
La única opción que nos queda es aceptar a Chimo como autor del texto. No podemos aceptar que un escritor prestigioso se ocultase para lanzarnos como lectores al suburbio, nos emocionase y asquease con la realidad sucia y miserable mientras él contemplase esa “realidad” desde la zona alta de París (¿hay zona alta en París?) a través de unos prismáticos, alimentándose con las crónicas de sucesos de periódicos burguésmente depositados en la puerta de su cómoda mansión cada mañana.
No digo que las cosas del suburbio deban ser contadas desde el suburbio… joder, ¿cómo que no?, las cosas del suburbio deben ser contadas desde el suburbio, y si no se saben contar no se cuentan; además, las cosas del suburbio deben quedarse en el suburbio.

Así pues, o entendemos como una intromisión elitista del escritor pusilánime que ni siquiera es capaz de firmar con su nombre un texto atroz, soez, prosaico y profundamente carnal, o bien aceptamos el paratexto como parte fundamental de la novela.
Aunque no nos creamos nada nos obligan a aceptar la impostura como cierta. Por una vez, maravillas de la literatura, podemos matar tranquilamente al autor, olvidarnos de él, incluso despreciarlo, y admirar, esté donde esté, a Chimo, el narrador de La voz de Lila.

Leer en [El lamento de Portnoy]

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