Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. Antropofagia literaria · Fran G. Matute (Estado Crítico) -
  2. 14 de Septiembre de 2012
  1. El caníbal, de
  2. John Hawkes

El fuerte de Hawkes es la forma. Armado de una prosa potente como pocas, las duras y contundentes imágenes narradas en este relato se incrustan en el subconsciente como el cemento. La desolación, la miseria, los horrores de la guerra, los vestigios de un pasado de esplendor. Todo queda reflejado en las precisas y sombrías descripciones que Hawkes nos brinda de su imaginario Spitzen-on-the-Dein, su particular Dresde. Sus textos son como perlas literarias que deben ser saboreadas por el lector avezado.
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John Hawkes defendía que la trama, los personajes, el escenario y el tema eran los mayores enemigos de la novela. Y bajo esta premisa está construida El caníbal (1949), su debut editorial, escrito a la tierna edad de 24 años. Estamos, por tanto, ante un texto atípico y una lectura difícil que muestra al escritor como un deconstructor narrativo, un diseñador más que un arquitecto, que se empeña en jugar con las posibilidades del relato de ficción para transformarlo en una fábula en la que todo parece que vale.

Disfrazada de novela de género (bélico, para más señas), El caníbal es más un conjunto de descripciones y sensaciones que de acciones, de ahí que sus pocas más de 200 páginas se queden en un suspiro tras su lectura. Pero el fuerte de Hawkes es la forma. Armado de una prosa potente como pocas, las duras y contundentes imágenes narradas en este relato se incrustan en el subconsciente como el cemento. El caníbal cuenta la historia de un pueblo alemán que prepara en la sombra un levantamiento contra los aliados, en la que deambulan los pocos supervivientes autóctonos tras los bombardeos, una patulea de personajes fantasmagóricos que mal conviven con espectros, traidores y, sí, un caníbal. La desolación, la miseria, los horrores de la guerra, los vestigios de un pasado de esplendor. Todo queda reflejado en las precisas y sombrías descripciones que Hawkes nos brinda de su imaginario Spitzen-on-the-Dein, su particular Dresde.

Podríamos definir a Hawkes como un escritor para intelectuales. De hecho las loas a su habilidad como prosista nos llegan de autores afines a esa corriente académica tan estadounidense que promueve la escritura como impulso creativo -de la que Hawkes fue alumno aventajado en Harvard y posterior profesor- como los postmodernistas Donald Barthelme, John Barth o el mismísimo Thomas Pynchon. Éste último siempre ha reconocido que El caníbal sirvió de fuente de inspiración para su imbatible El arco iris de gravedad (1973) aunque dicha afirmación haya que tomarla con toda la prudencia del mundo pues, si bien podemos encontrar ciertas conexiones estéticas entre ambas obras, decir que El caníbal fue simiente de la pieza maestra de Pynchon es tan acertado como perjurar que el celebérrimo relato de Monterroso sobre el dinosaurio fue la base del Parque Jurásico (1990) de Michael Crichton.

Pero al margen de virtuosismos formales y habilidades prosistas, sería injusto negarle a El caníbal un mensaje, una intencionalidad temática. Pues encontramos en sus páginas una reflexión paralela a la que ofrecía, por ejemplo, Michael Haneke en su película La cinta blanca (2009), sobre los orígenes de la sociedad que apoyó el nacional-socialismo. La xenofobia del orgulloso y derrotado pueblo alemán hacia sus supuestos libertadores, ese ejército aliado que nunca ha sido retratado de forma tan caústica como en esta novela (cosificado en la imagen de ese motorista misterioso que recorre las afueras del pueblo) es el motor de una intrahistoria que incluye, casi imperceptiblemente, saltos en el tiempo entre las dos guerras mundiales, mostrando el pasado clasista de algunos de los personajes principales y configurando así las líneas de pensamiento de esa Nueva Alemania que pretende ser construida a golpe de manifiesto y atentado. Hay por tanto una vocación de fábula -ya lo mencionábamos al principio- a la hora de contar una historia mil veces narrada -la caída del nazismo y sus consecuencias- desde una nueva perspectiva: los habitantes que sufrieron los daños colaterales de la contienda bien podrían ser el origen de un nuevo brote de totalitarismos.

Esperamos, por tanto, que el dietario poético que proclamaba John Hawkes respecto a los elementos que deben conformar una novela no les haya hecho perder el interés en el autor, pues aunque difíciles, sus textos son como perlas literarias que deben ser saboreadas por el lector avezado. No nos queda más remedio, entonces, que agradecer la impagable labor de Jon Bilbao, promotor y a la postre traductor de la obra de Hawkes, por recuperar al castellano el cuerpo literario de este olvidado pero imprescindible autor norteamericano que estiró los géneros hasta la saciedad (y si no me creen, les invito también a leer su segunda novela, esa suerte de ‘western’ crepuscular titulado La pata del escarabajo, publicada recientemente por la editorial Meettok y que, a nuestro juicio, ofrece una parábola mucho más enfocada e inquietante que la de El caníbal) y exploró los confines de la novela como lienzo sobre el que pintar con palabras, fagocitando su estructura y canibalizando la ortodoxia clásica. Postmodernismo, sí. Vale. Pero les aseguro que con mucha literatura a sus espaldas. Que tengan buen provecho.

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