Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "A Malry no le salen las cuentas" · Francisco Camero (Málaga Hoy) -
  2. 12 de Septiembre de 2012
  1. La contabilidad privada de Christie Malry, de
  2. B. S. Johnson

Espíritu lúdico y una ligereza engañosa pero sobre todo realmente admirable. Christie es uno de esos personajes que sin resultar tan abiertamente estrambóticos como el Ignatius Reilly de La conjura de los necios pertenece sin duda a su misma familia de inadaptados/disfuncionales/antisociales destinados a chocar como placas tectónicas con la sociedad que no les hace un sitio y además los condena.
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Libros del Silencio recupera a B. S. Johnson, un talento hiperactivo y disidente al que ni las alabanzas de autores como Beckett libraron de la amarga condición de "outsider"

¿Experimental, dice? Entonces de qué hablamos. Eso qué es. Está esa famosa ocurrencia, de la que se echa mano a menudo con sano escepticismo, muchas veces como observación juiciosa y seguramente con no menor frecuencia como manotazo de desprecio desinformado y autosatisfecho: el escritor quiso ser demasiado audaz, lo que obtuvo en el empeño no estuvo ni de lejos a la altura de sus ambiciones, y a su fracaso, a su texto farragoso, oscuro y enamorado de sí mismo lo llamó experimento. Todo lector habitual se ha enfrentado alguna vez a un libro perseguido por esa reputación, que en algunas ocasiones, las más lamentables, representa además un gran malentendido.

El londinense B. S. Johnson, narrador, poeta, dramaturgo, crítico literario, profesor, editor, antólogo, cineasta esporádico, productor televisivo y, para el caso que nos ocupa, autor de La contabilidad privada de Christie Malry, todo ello -por lo demás- en 40 años de vida que acabó súbitamente en 1973 por su propia decisión, sufrió siempre, a pesar del entusiasmo con que recibieron su trabajo Samuel Beckett o Julian Barnes, la incomprensión y el orillamiento del establishment literario británico de su tiempo; al cual sus libros desafiaban invariablemente al poner en cuestión por diversas vías -en el caso de esta obra, con espíritu lúdico y una ligereza engañosa pero sobre todo realmente admirable- el consenso realista sobre el que tal autoridad se asentaba.

"¿Para qué derrochar todo el tiempo libre de un mes leyendo una novela de mil páginas, cuando en una sola velada se puede tener una experiencia estética comparable en el teatro o el cine? Escribir una novela es en sí un acto anacrónico: sólo era relevante para una sociedad y un conjunto de condiciones sociales que ya no existen". Esto lo afirma en un momento del libro Christie Malry, el protagonista de esta ficción, en un diálogo con el narrador de la misma; para acabar luego sentenciando, en sintonía con su aliviado creador: "Hoy la novela únicamente debería proponerse ser divertida, brutal y corta".

Y así son estas doscientas páginas que vienen a demostrar una vez más que si nos gusta escuchar buenas historias, que si seguimos leyendo novelas, que si nos fascina un relato, es por la voz que lo cuenta. Johnson dedicó toda su obra literaria a un juguetón y apasionado "diálogo con la forma", como se dice en La contabilidad privada..., de nuevo por boca de la criatura inventada. "Cuando se trata de buenos escritores puede tomarnos algo de tiempo convertirnos en sus contemporáneos", escribe John Lanchester en el breve e interesante prólogo que acompaña a la novela, a propósito del tardío aplauso al talento disidente y vitriólico de Johnson, cuya hiperactividad en la década de los 60 literalmente apabulla: fue también -quedó antes por decir- reportero futbolístico para The Observer (experiencia que reflejó en otra novela, Los desafortunados, publicada en español en 2001 por la editorial Numa y que Libros del Silencio rescatará el próximo año).

Lanchester señala en su prólogo que la obra de Johnson habría sido posmoderna (de haber existido en su tiempo esa categoría/cajón de sastre que quizás alguien algún día será capaz de explicar con absoluta claridad), y no experimental. En realidad, qué más da. Toda la presunta rareza del libro, y el principal motivo de su alegre magnetismo, consiste en su autoconciencia de artefacto, en que el narrador y su personaje comentan la novela conforme ésta avanza, y en sus conversaciones caben desde guiños directos a los lectores (es una de esas novelas cuya inteligencia le impide creerse más inteligente que aquellos) a la suspensión temporal de la trama en sí para situar en primer plano las estrategias que sustentan el formidable juego que es en última instancia toda escritura de ficción.

Nada que pueda asustar o sorprender hoy a nadie, pero que curiosamente, quizás por su tono totalmente enemistado con la solemnidad, tampoco desprende ese aire naïf que sí se percibe en otras novelas de décadas anteriores que probaron a quebrar las convenciones narrativas de su momento.

Y a todo esto, ¿el libro de qué va, no? Bueno, pues resulta que el libro toca una fibra sensible. Sensible es poco; verán. Christie, antihéroe solitario y terrorista primero microscópico y entrañable y luego ya no tanto (porque el libro es divertido, pero su sentido del humor nace de la rabia, de la desesperación, y llega a resultar negro, amargo, descarnado e incluso muy perturbador, helando a ratos su poderosa corriente de simpatía), es uno de esos personajes que sin resultar tan abiertamente estrambóticos como el Ignatius Reilly de La conjura de los necios pertenece sin duda a su misma familia de inadaptados/disfuncionales/antisociales destinados a chocar como placas tectónicas con la sociedad que no les hace un sitio y además los condena. A su peculiar manera Christie es, como diría Rafael Reig, el disparo que interrumpe el concierto de la orquesta filarmónica.

Antes de convertirse en tal, Christie, un chico humilde (pobre, si prescindimos de los eufemismos tranquilizadores) y con enormes deseos de prosperar, decide que la manera ideal de lograrlo -porque también es una persona ingenua: es lo primero que se nos dice de él- pasa por moverse cerca del dinero y de sus dueños. Motivo por el que ingresa primero en un banco, hasta que el ambiente hostil y escasamente humanitario lo empuja -siempre cerca del dinero, nunca suyo- a conseguir el puesto de contable en una fábrica de dulces y pasteles. Allí se convertirá en un virtuoso de la contabilidad por partida doble, una técnica esencial desde el siglo XV, cuando se concibió, para controlar la salud financiera de cualquier negocio. Se trata de una ley de equilibrio fundamental: deberes y haberes, pérdidas y beneficios. ¿Qué pasaría si una persona empleara ese mismo sistema para hacer balance de agravios y recompensas en su relación con otras personas, con la sociedad, con el mundo entero? A Malry no le salen las cuentas.

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