Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "Una idea de lo justo" · Robert Saladrigas (Cultura|s) -
  2. 29 de Agosto de 2012
  1. La contabilidad privada de Christie Malry, de
  2. B. S. Johnson

Una obra de una rara frescura y una estimulante originalidad. Johnson crea un personaje de la estirpe del Ignatius Reilly de La conjura de los necios, producto de una sociedad desquiciada que alcanza la lucidez al escarbar en su propia neurosis. Con su obra testamentaria, llena de rabia y dolor, culminó un proceso de deconstrucción del género novelístico desde la propia estructura interna del relato.
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Para empezar, un repaso a la biografía de B.S. Johnson, que nació y murió en Londres (1933-1973). Licenciado en Filología Inglesa, profesor de literatura, cronista deportivo de The Observer, autor de novelas posmodernistas, atraído por el cine y la televisión y editor de poesía en la Transatlantic Review, tenía cuarenta años cuando, deprimido por pensar que a nadie le interesaban sus afanes renovadores, optó por quitarse la vida. El mismo año de su muerte apareció un libro póstumo, una novela-epitafio titulada La contabilidad privada de Christie Malry, que ha logrado sobreponerse al olvido y que hoy es una obra de una rara frescura y una estimulante originalidad.

En los sesenta, dice John Lanchester en el prólogo -fechado en 2001, año en que el libro fue rescatado gracias al empeño de Jonathan Coe- había gente que entendía la novela como una fórmula ya agotada, mientras otros dedicaban todas las energías creativas a ella. Johnson, opinaba Lanchester, pertenecía a ambos grupos. Quizá por eso, en su última novela antes de acabar por la brava con los conflictos artísticos y familiares -estaba casado y tenía dos hijos- Johnson crea un personaje de la estirpe del Ignatius Reilly de La conjura de los necios, producto de una sociedad desquiciada que alcanza la lucidez al escarbar en su propia neurosis. Como Reilly, Christie Malry necesita dinero para sentir que existe en el diafragma del mundo capitalista. Por ello se embarca a trabajar en un banco y allí concibe su Gran Idea, la contabilidad por partida doble, para saber en todo momento lo que el mundo debe a Malry y qué ha conseguido él cobrarse de la deuda. Lo razonable es que en el balance final de esta guerra feroz entre Malry y Ellos, las columnas del debe y el haber han de cuadrar. El desafío no tiene reglas ni límites y todo se contabiliza.

Pero en 1973 también sucedía que el gran satírico que era B.S. Johnson ya no confiaba en el poder regenerador de la novela y se sentía tentado a dinamitarla desde dentro. Christie, gravemente enfermo, hace suya la vieja clave existencialista: "Nada, nada tiene sentido". Un poco antes (página 183) habíamos podido leer un expresivo diálogo entre el narrador (Johnson) y el protagonista de la historia (Malry). El primero advierte al segundo que "esta novela no se puede extender mucho más". El otro acepta el imperativo y razona: "¿Para qué derrochar todo el tiempo libre de un mes leyendo una novela de mil páginas, cuando en una sola velada se puede tener una experiencia comparable en el teatro o el cine? Escribir una novela es un acto anacrónico..." Christie Malry concluye en tono epigramático: "Hoy la novela únicamente debería proponerse ser divertida, brutal y corta".

Eso es lo que se propuso e hizo B.S. Johnson con su obra testamentaria, llena de rabia y dolor, con la que culminó un proceso de deconstrucción del género novelístico desde la propia estructura interna del relato. A partir de la muerte de Malry consumido por una neumonía y cerrado su balance existencial, es probable que Johnson -honesto consigo mismo- no supiera cómo dar sentido a sus afanes innovadores en una época de descrédito absoluto de los riesgos vanguardistas. ¿Qué podía hacer sin apoyos? El narrador anuncia: "Ya he dicho todo lo que tenía que decir, o en todo caso lo habré dicho en veintidós páginas más (...) Seguro que ningún lector ni lectora querrá que invente más cosas". Así Johnson puso fin a la ficción y abandonó la vida. Por coherencia.

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