Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

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PASCAL QUIGNARD

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  1. "El sentido de la vida: 'Cama', de David Whitehouse" · Jorge de Barnola (Factor Crítico) -
  2. 30 de Julio de 2012
  1. Cama, de
  2. David Whitehouse

Empezamos a leer y nos vemos arrastrados por la propia gravedad del estilo y la historia que nos cuenta David Whitehouse, que ha compuesto una alegoría sobre el amor incondicional, sobre el altruismo y la negación absoluta de la existencia. A juzgar por su brillante debut, todo apunta a que ocupará un lugar importante dentro de las letras inglesas en los próximos años.
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Todo cuerpo permanecerá en su estado de reposo o movimiento uniforme y rectilíneo a no ser que sea obligado por fuerzas externas a cambiar su estado.

Primera Ley de Newton

Cuando Malcolm Ede cumple veinticinco años, decide dejar de hacer nada y esperar tumbado en su cama mientras el mundo empieza a girar a su alrededor. Es una cuestión de física: cuanto mayor es la masa, mayor la atracción. Y el peso de Malcolm llega a alcanzar los 640 kilos. Su carne se extiende y sobrepasa su estructura ósea hasta engullirla, las fronteras se rompen y ya no puede distinguirse dónde comienzan el cuello o las caderas. Se vuelve tan grande que es necesario tirar las paredes de su dormitorio mientras su familia orbita en torno a él anulando la existencia de sus seres queridos, absorbiéndolos lentamente y sin remisión.

De entrada, podríamos caer en la tentación de que nos las estamos viendo con una historia muy en la línea de las que Palahniuk nos tiene acostumbrados, pero cuando empezamos a leer y nos vemos arrastrados por la propia gravedad del estilo y la historia que nos cuenta David Whitehouse, comprendemos que el nihilismo de este joven autor nada tiene que ver con el mesianismo postapocalíptico del autor de Fantasmas.

David Whitehouse ha compuesto una alegoría sobre el amor incondicional, sobre el altruismo y la negación absoluta de la existencia. Y aun así nos queda un regusto amargo porque no terminamos de comprender con exactitud quién se entrega a quién, qué sacrificios son los que más peso tienen en la historia. Es una duda que nos recorre a lo largo de la novela, como si la cosmogonía que se nos planteara tuviera fines muy distintos y siempre calculados milimétricamente, como si la Ley de la Gravitación Universal pasara por el vórtice de un agujero de gusano y dejaran de tener validez las teorías de la atracción para crear algo nuevo e imprevisible.

Cama es la primera novela de este joven autor nacido en Nuneaton, Inglaterra, en 1981, y a juzgar por su brillante debut, todo apunta a que Whitehouse ocupará un lugar importante dentro de las letras inglesas en los próximos años.

Cama tiene ecos que nos hace recordar a ese extraño personaje creado por Melville y que sería el pilar maestro de la literatura de negación. Hablamos de Bartleby, el escribiente porque la premisa de «Preferiría no hacerlo» late en cada página, como un mantra que nos va hechizando y nos llevara hacia la tragedia de los personajes. Y como hablamos de literatura clásica, el guiño se hace extensible hasta La metamorfosis de Kafka, porque Malcolm Ede, tras tomar la decisión de no volver a levantarse de la cama, irá mutando en un ser de proporciones monstruosas, como un Gregor Samsa que amaneciera boca arriba contemplando su nueva estructura exoesquelética.

Pero la transformación va mucho más allá. La familia de Malcolm se transforma, y también los recuerdos, los días, el calendario que marca el paso del tiempo, la casa, el barrio, los sueños… Todo muta proporcionalmente al desajuste hormonal de Malcolm.

Cama está narrada en primera persona desde el punto de vista del hermano menor de Malcolm. Partiendo de una fecha (Día Siete Mil Cuatrocientos Ochenta y Tres, según el contador instalado en la pared) que señala el mismo día en que Malcolm cumplió los veinticinco años y decide pasar el resto de su vida en la cama, el hermano menor (nunca se nos dice su nombre) empieza a reconstruir mediante saltos temporales la biografía de Malcolm y la suya propia, cómo empezó todo, intentando buscar respuestas a la destrucción de una familia que se ha deshecho orbitando en torno a aquella masa de carne en la que se ha convertido Malcolm. Intentando comprender su egoísmo y analizando el sentido de entregarse a un ser querido hasta que los límites de la vida y la muerte quedan diluidos. Porque la vida es a veces una muerte en desarrollo; el no hacer nada es la muerte.

Malcolm Ede (también llamado Mal) fue siempre un excéntrico, un incomprendido sin llegar a la locura, aunque hacía cosas que dejaban a todos boquiabiertos. Su hazaña más recurrente es quedarse en pelotas en los lugares más insospechados: en un teatro, en un aeropuerto o en un supermercado. Era algo que ya hacía desde pequeño, y eso causará verdaderos quebraderos de cabeza en la familia porque la actitud de Mal no ayuda mucho para poder llevar una vida «corriente». De ahí que muchas veces sea preferible no salir y empezar a recluirse en la protección de las paredes que da el hogar.

Se puede analizar desde la idea del «príncipe destronado», cómo el hermano mayor se ve apartado del cariño materno al nacer el hermano pequeño y cómo empieza a hacer excentricidades para llamar la atención y recuperar su trono. Y eso es lo que pasa.

Malcolm lo podría tener todo, pero decide que lo que quiere es anular su existencia y la de los que le rodean (¿o tal vez quiere dotar de algún sentido la vida de sus seres queridos?). Es un chico atractivo y obtiene el favor del sexo opuesto sin dificultad alguna. Podría llevar una vida «corriente», y la cuestión es que no quiere una vida así. Malcolm tiene un plan.

[…] Si los adultos fuesen por el mundo sin una sola preocupación, sin una sola tragedia personal a cuestas, sin siquiera un día de mierda en la oficina, entonces quizá me lo plantearía. Pero ése no es el caso. ¿Por qué perseguir algo que resulta ser tan jodidamente espantoso la mayoría de las veces? Me parece una derrota…

La novela se va tejiendo alrededor de Malcolm, con unos personajes atormentados y condicionados por la fuerza motriz que imprime este ser excepcional y desproporcionado en que se ha transformado tras años tendido en la cama, alimentado, aseado y cuidado por su madre.

El otro motor de la novela viene de la mano de Lou, la novia de Malcolm que, a pesar de la destrucción física de éste, sigue amándolo por encima de todo. El triángulo (llamémosle «escaleno» porque ni sus ángulos ni sus lados son iguales) se completa con el amor que siente el hermano pequeño y biógrafo hacia Lou. Un amor no correspondido.

Lou también vivirá una existencia altruista, se entregará al amor destructivo e infértil que siente por Malcolm y después lo hará hacia su propio padre (que intenta emerger del desamor y el abandono).

Son todos personajes que cargan con las fotografías pesadas de la memoria, con el recuerdo de las equivocaciones y los arrepentimientos. Lo que no se debería haber hecho. La culpabilidad por los errores. De ahí el sentido bartlebyano del «preferiría no hacerlo». La negación.

A la mente del lector le vendrán las imágenes de Juan Carlos Onetti exiliándose en su cama durante años, y también, la del gordo descomunal de El sentido de la vida, ocupando una mesa del restaurante y comiendo (comiéndose) hasta reventar.

Porque en Cama vemos ese sentimiento de anulación que lo devora todo, al propio individuo que lo experimenta y a sus seres queridos que, con su amor, intentan rescatarlo de ese Big Crunch existencial.

—Es un círculo vicioso, en realidad; la necesidad de quedarse en la cama, el sentimiento de culpa por hacerlo, el desorden del reloj biológico, la falta de movimiento: todo eso hace que uno se sienta deprimido y desestabiliza las hormonas [...]. Entonces, cuando uno ya ha caído en la depresión […], el instinto natural nos recomienda que nos escondamos, que busquemos el bienestar en la soledad. Que nos quedemos en la cama. Es un círculo vicioso, pero eso ya lo he dicho.

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