Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "Tres tipos sin mala idea" · Rafa Martínez (Levante) -
  2. 15 de Junio de 2012
  1. Una comedia canalla, de
  2. Iván Repila

Además de algo cafre y con un punto cinematográfico, Una comedia canalla es, en verdad, divertidísima. Hay que leerla a menos que uno sea un estirado o un panoli. Por mi parte, he de confesar que hacía tiempo que no me reía tanto con un libro entre las manos.
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Es su primer libro, ya va por la segunda edición y Max Lemcke se ha interesado por él para llevarlo al cine. ¿Alguien da más?

No es cuestión de ponerse a destripar la historia que encierra el debut como novelista del autor residente en valencia Iván Repila (Bilbao, 1978), que es lo que el cuerpo le pide a uno, pero sí conviene decir que, además de algo cafre y con un punto cinematográfico, Una comedia canalla es, en verdad, divertidísima. Con eso debería bastar.

Diremos poco, pues. Lo esencial: Jim, Jack y John, tres tipos que podrían llamarse Juan, Pedro y Luis y vivir en Valencia (como el autor) deciden dar un palo en sus respectivos trabajos, hartos de todo, y unir sus fuerzas con el dinero recaudado. Como buenos fumetas, además de incansables bebedores de ron, lo primero que se les ocurre es montar una gran plantación de marihuana. En el camino se encontrarán con una banda de mafiosos, un niño aficionado al bullying, un farlopero prototípico (ese que gusta de lucirse en las discotecas, cómo no), un taxista asesino y un etcétera  tan enloquecido como previsible en este — si uno se fija bien— espejo deformante.

Iván Repila relata, pues, una historia que podría ser la de tres de nuestros amigos: buena gente en el fondo, gente sin mala idea que, en un acto de rebeldía, decide acabar con la grisura de unas vidas condenadas al fracaso y a la mala leche continua. Gente que acaba metiéndose en líos, inevitablemente. Pero siempre con la mirada puesta en el presente. Y en un futuro, si eso quiere decir algo, mejor. Con ron del bueno servido en copa ancha, claro.

No sigo. Hay que leerla (¿lo había insinuado ya?), a menos que uno sea un estirado o un panoli. Por mi parte, he de confesar que hacía tiempo que no me reía tanto con un libro entre las manos. Vean si no. Hacia el final de la novela hay un par de escenas que se quieren memorables, de esas que te arrancan (literalmente) la carcajada: en la primera, Snifer, el farlopero mafias repasa con unos guardias de seguridad las instrucciones que les ha dado mientras no dejan de esnifar: ahí hay algo más, mucho más, vuelta al espejo deformante, que una escena graciosa; en la segunda, Repila describe al Porlan, un policía de la vieja escuela: «Antes, en algunos pueblos pequeños del entorno de la gran ciudad, no había grúas (…). Así que cuando un coche se quedaba tieso (…) llamaban al Porlan. Y el Porlan venía desde la ciudad con el coche patrulla, se quitaba la camisa y movía lo que hiciera falta (…). estuvo pegando hostias y moviendo coches hasta que llegaron la democracia y las grúas, y luego solamente pegando hostias».

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