Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "Lois Pereiro: Que me quedase tiempo" · A. F. Corbeira (Ociogay.com) -
  2. 30 de Mayo de 2012
  1. Poesía última de amor y enfermedad, de
  2. Lois Pereiro

Este libro de poemas -su último poemario- es un conato perpetuo hacia la vida, un apetito de llegar a tiempo, de no perder el aliento, de intentar vivir a pesar de los vientos atlánticos que la enfermedad levantaba a su alrededor, un deseo de ponerse en pie, de intentar vivir pese a todo.
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Algunas veces la muerte llega a su tiempo, en el momento en que es pertinente y en el que es preferible que esté. Pero como en uno de sus versos, para Lois Pereiro  a morte anticipouse e chegou antes. Porque  como casi siempre, la muerte fue en él desatenta e irredenta, grosera y  sin remedio. A Pereiro le llegó cuando no la deseaba ni la convocaba, por debajo del colchón; se le acercó en forma de veneno miserable con aquel aceite de colza  que tiene por apellido ser  desnaturalizado,  y que  lo es sin duda, no por su tratamiento adulterado, sino porque con él se faltó al deber de lo humano, que no es otra cosa que dejar vivir. Y ya siempre acompañó a Lois la enfermedad y el cuidado médico de su cuerpo frágil.

Este libro de poemas -su último poemario-  es un conato perpetuo hacia la vida, un apetito de llegar a tiempo, de no perder el aliento, de intentar vivir a pesar de los  vientos atlánticos que  la enfermedad  levantaba a su alrededor, un deseo de ponerse en pie (si Le vent se lève. Il faut tenter de vivre -en palabras que encontró en Paul Valéry-) de intentar vivir pese a todo. En el afán de esas ganas, el poeta  cambia argumentos para conservar unos sueños que solo pueden ser discretos (e voulle cambiando os argumentos/ ós meus soños escasos e prudentes). Desde el cuerpo que le dificulta hasta el caminar, escribe en esos años una poesía  que él sabe de enfermedad: E aquí estou eu/con ela dentro sempre/ insomne/ e irredenta/ como única compaña unha vez máis;/ a enfermedad. Sabe que esa es, cómo no, una poesía última, donde ser última alcanza su más potente significado,  el de ser postrera, el de  no tener otra después de sí, el de estar en último lugar porque tras ella ya no cabe lugar y ni resurrección. Después de ella, nada. Escrita en 1995, Pereiro murió un año más tarde a una edad de chaval, irremediablemente  y sin que su alma pudiese rescatarle de  la muerte de su cuerpo, sin respuesta a la increpación que recoge de Valente  “y  tú, ¿de qué lado de mi cuerpo estabas, alma, que no me socorrías?”, ni a  la súplica que encuentra en las palabras de Raymon Carver  “No podría pedir tanto tiempo, pero si tuviera un año. Si supiese que me quedaba un año…”. Porque Pereiro perdió la carrera de corredor de fondo y al fondo. Acompañando a esos versos últimos, versos de enfermedad, quedan ahí también sus versos de amor en el que prorrogarse, “de luz y sombras de amor resucitado”, de pechos y temblores en los guarecerse de la muerte, de “rumor carnal desesperado”, de “plegaria atea” y, al fin rendido, al menos de algún modo estar con ella “en su cuerpo encima de esta tierra y el mío debajo de ella”

Con su amigo Manuel Rivas compartió, antes de que la enfermedad le regresase a Galicia, un Madrid de Filmoteca, universidad, movilizaciones, ganas de un mundo mejor y primeros poemas. Con su porte enjuto, brillaba en la noche como una luciérnaga, con una luz insistente y tenue,  fuera de las grandes luces de la vida cómoda y normalizada. Viajero en tren -pese a su cuerpo lastrado-  visitó con ese ritmo determinado de quien no viaja en avión los lugares desde los que dijeron algunos autores  celtas o centroeuropeos  por los sentía afinidad (Joyce, Dylan Thomas, Celan, Bernhard o Handke), todos ellos escritores desabridos,  que sabían de oscuridades y naufragios y en los que siempre se distinguen los contornos de cielos sombríos.

Aunque Pereiro solía escribir pouco a pouco, con el ritmo de lo meditado, en estos poemas últimos trabajó sin descanso. Escribió siempre en gallego. Por eso se echa en falta el que esta  edición sea bilingüe, porque en gallego Pereiro es aún más poeta. El castellano les presta una morada sospechosa de artificialidad mientras que el gallego es su verdadera casa y su memoria, su ser en el que mostrarse plenamente contemporáneo y  a la vez  sobre  el suelo irreductible del sonido de  Rosalía o Cunqueiro.

Gallego hasta en la muerte, “bajo la negra tierra de la aldea de Santa Cristina, en la montaña mágica del Incio. Y que tuvo un entierro de rey, al aire libre, sobrevolado por las golondrinas y con el canto del cuco siguiendo el ritmo de las campanas. El altar, sobre un remolque de tractor. Los gaiteros, interpretando la marcha del antiguo Reino”. Los que saben de Galicia   reconocerán en estas líneas de su buen amigo Manuel Rivas, los castaños y los prados de Lugo y  la soledad de su Terra Chá, rural y telúrica, en la que los entierros no pueden ser sino honorables.

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