Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "Una gran fiesta en casa del enemigo" · Miguel Carreira (Factor Crítico) -
  2. 09 de Mayo de 2012
  1. Una comedia canalla, de
  2. Iván Repila

Cuando uno lee Una comedia canalla se acuerda de las películas de Guy Ritchie y de Tarantino, quizás, sobre todo, de Tarantino. También piensa un poco en Palahniuk y, de vez en cuando, quizás, se puede pasar por la cabeza que algo suena un poco a Pynchon o a Foster Wallace, pero, de largo, de lo que más se acuerda, es de cine, de Tarantino, de películas de matones tontos y muertes muy violentas que pueden llegar a ser divertidas. Es un libro que quiere parecerse a una película y que no se siente acomplejado por ello. Contra el discurso –que nadie defiende pero tantas veces asumimos de forma implícita- que opone el cine y la literatura como enemigos, Repila ha decidido montar su fiesta en casa del enemigo y, para mayor mofa, burla y befa, hasta le ha cogido las copas prestadas.
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Ils célèbrent une grande fête chez les ennemis.

El verso es de Maurice Maeterlinck. No sé si viene muy al caso, pero siempre queda muy bonito empezar una reseña con una frase, más si es un verso, más si es de un Nobel. Uno tiene mucho avanzado con un arranque como éste. Eso sí, ya que tenemos la frase en ristre, vamos a hacer por enlazarla con lo que sigue.

Cuando uno no tiene mucho que decir sobre un libro puede tirar por dos pendientes. Si el libro no ha gustado, entonces uno se lanza por la pendiente de la estructura, o dice que los personajes son vacíos. Si es muy sincero, puede decir que no se ha enterado de nada, pero ésta es una afirmación peligrosa, porque puede tomarse como un reconocimiento de la propia mediocridad, craso error, puesto que las críticas existen para reconocer la mediocridad de los demás. Si el libro nos ha gustado, pero no tenemos mucho que decir sobre él, entonces uno se arroja por la cuesta del retrato social, y dice que el libro esconde una crítica sutil del mundo contemporáneo, que los personajes están bien definidos y alguna cosa sobre la calidad de la prosa.

No es que no haya nada que decir sobre él, pero a mí me gustaría decir que el libro de Repila esconde un retrato sutil del mundo contemporáneo. Facilita mucho decir algo así pero, la verdad, dudo mucho que sea verdad. Por supuesto que en última instancia todo relato puede leerse como metáfora y casi cualquier metáfora se puede poner como fondo de aquella máxima de Protágoras que dice que el hombre es la medida de todas las cosas. Al final todo puede hablar del hombre y, de ahí a la sociedad, sólo hay un paso, que se puede dar o no a voluntad del lector, pero que siempre está ahí. Sin embargo, yo no creo que esta Comedia canalla trate en realidad del hombre, ni de la sociedad, al menos fuera de este nivel elemental que comentábamos. Casi diría que, de lo que más trata, es de cine y, ya que estamos, podemos aprovechar para reivindicar que no hay ningún desdoro en eso.

En el primer capítulo de la novela aparecen tres personajes, los tres personajes que, podríamos decir, van a ser los protagonistas de la novela, aunque luego el protagonismo se reparte bastante. Estos tres personajes se llaman Jim, Jack y John. Contra todo pronóstico, su bebida favorita es el ron. Jack, John y Jim se aburren en sus vidas. Esto Repila no nos lo cuenta, porque contar cómo la gente se aburre suele ser aburrido y la premisa fundamental es que el libro no pueda aburrir en ningún momento. Como objetivo, no deja de ser ambicioso y no deja de ser encomiable, aunque eso no quita para que también haya libros en los que el aburrimiento es esencial. Si usted no se aburre ni por un segundo leyendo En busca del tiempo perdido, seguro que está haciendo algo mal. Si usted no se aburre ni por un segundo en su vida, es que está haciendo algo rematadamente mal. Somos una civilización que ha renegado demasiado del aburrimiento, y así nos va, pero paradójicamente también somos una generación que ha confundido el valor o el uso del aburrimiento en el arte y, de nuevo, así nos va. Por eso está bien que en esta Comedia Canalla el aburrimiento no haya lugar. Por eso, en vez de contarnos cómo Jim, John y Jack están aburridos y odian a sus jefes, la novela pasa directamente a la acción, al momento en el que Jack, Jim y John deciden que el mejor remedio para el aburrimiento y para demostrar cuánto odian a sus jefes es dar un golpe en sus respectivos trabajos, tres golpes, por lo tanto. No sería muy largo explicar en qué consisten cada uno de estos golpes, pero podemos hacerlo aún más corto. Básicamente, cada uno coge el dinero, sale por la puerta y, si te he visto, no me acuerdo. Uno de ellos lleva el dinero en una bolsa de deporte. La presentación de los personajes y los tres robos se finiquitan en el capítulo uno.

¿Cuándo ha visto usted que alguien lleve dinero en una bolsa de deporte? Pues sí, en las películas. ¿Cuándo ha oído que alguien se llame Jack, se llame John o se llame Jim? Pues sí, en las películas. ¿Cuándo ha visto que tres tipos se llamen Jack, John y Jim y coexistan en un bar? Pues sí, en las películas. ¿Cuándo ha visto que un personaje se llame Marcus -aquí hay un personaje que se llama Marcus- o que dos personajes se apunten simultáneamente con pistolas a la cabeza mientras discuten –me permito señalar que con sorprendente tranquilidad, dadas las circunstancias- alguna rencilla común? Sí, esta escena la ha visto usted, pero siempre en las películas.

Por si esto no es argumento suficiente, el libro está dividido en capítulos que son en realidad escenas. Cada capítulo está formado por una acción, unos personajes y un ambiente. Siguiente capítulo y siguiente escena: otra acción, otros personajes y otro ambiente.

Por si tampoco esto es argumento suficiente, cuando uno lee Una comedia canalla no piensa en Proust, ni en Flaubert, ni en Conrad ni en Sánchez Dragó. Uno se acuerda de las películas de Guy Ritchie y de Tarantino, quizás, sobre todo, de Tarantino. También piensa un poco en Palahniuk y, de vez en cuando, quizás, se puede pasar por la cabeza que algo suena un poco a Pynchon o a Foster Wallace, pero, de largo, de lo que más se acuerda, es de cine, de Tarantino, de películas de matones tontos y muertes muy violentas que pueden llegar a ser divertidas.

No hay ningún problema en que una novela sea muy cinematográfica, ni en que una película sea muy literaria. El problema, en todo caso, es que los recursos cinematográficos que se utilizan funcionen, o que los recursos literarios no estropeen la película. ¿Nos gustan las películas en las que los personajes no hacen otra cosa que hablar? Por lo general no, salvo que el que hable sea Groucho. ¿Nos gustan los libros que se parecen a películas? Aquí el parecido es una cuestión más compleja, porque el parecido puede estar basado en referencias y uso de tópicos, o puede estar basado en un abuso de imágenes, o puede estar basado en que todos los personajes tengan armas y que, si alguno no las tiene, nosotros sepamos que, en cuanto se las encuentre, sabrá siempre cómo usarlas.

El libro de Repila señala sus objetivos desde el principio. Decíamos que es un libro que ha repudiado el aburrimiento. Uno de los recursos para ello es la velocidad. No sólo ocurren cosas todo el tiempo sino que, además, todo ocurre muy deprisa. Para conseguir sus objetivos Repila está dispuesto a todo, incluso a romper algún huevo, porque tiene claro que va a por la tortilla; está dispuesto incluso a arrollar la verosimilitud. Si algo no encaja del todo bien, el libro no se para a dudar en cómo explicarlo ni en si puede dar alguna justificación. Simplemente sigue adelante, sigue corriendo hasta llegar al final a lomos de una trama con la lengua fuera. Es un libro que quiere parecerse a una película y que no se siente acomplejado por ello. Contra el discurso –que nadie defiende pero tantas veces asumimos de forma implícita- que opone el cine y la literatura como enemigos, Repila ha decidido montar su fiesta en casa del enemigo y, para mayor mofa, burla y befa, hasta le ha cogido las copas prestadas.

El único problema de esta Comedia canalla puede ser que, en su afán de bromear y ser divertido, no se toma ni un momento para tomarse a sí mismo en serio, ni un instante para dejar de bromear y ser divertido y eso le hace perder algo de efectividad al humor. Es decir, que igual que hay libros que fracasan porque no dejan ni un solo espacio en el que burlarse de sí mismos, en el libro de Repila, a veces, falta un poco de espacio para que el libro se tome en serio, un espacio que, al contrario de lo que pueda parecer, no es necesario para darle gravedad al libro, sino, precisamente, para foguear el humor. A lo largo de toda la obra el libro nos acompaña, sonriendo. Señala con el codo las situaciones más esperpénticas y sonríe, como diciéndonos: “No te lo tomes muy en serio, todo es broma, vamos a divertirnos”. En general la estrategia funciona, pero hay algo que tenemos que tener en cuenta, y es que los grandes humoristas de la historia no han sonreído jamás.

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