Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "'Mis memorias', de Eugène-François Vidocq" · Pablo Chul (Ámbito Cultural) -
  2. 27 de Abril de 2012
  1. Mis memorias, de
  2. Eugène-François Vidocq

El autorretrato de Vidocq dibuja una sociedad que Mersault habría reconocido por familiar y rechazado por demasiado intensa, incluso para sus gustos. Pues el viaje de Vidocq por encima de la moral de unos acontecimientos que no acierta a cuestionar muestra la facilidad con la que un cabrón puede pasar de un lado de la ley al otro sin epifanía ni redención. Por supuesto, hay que leerlo.
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Libros del silencio publica las memorias de Vidocq, carterista, asesino, contrabandista, desertor, delator, soplón, y finalmente jefe de policía en uno de los periodos más nerviosos de la historia: desde la Revolución Francesa hasta el Imperio de Napoleón.

Hay razones para reducir la crítica de este libro (Mis memorias, de Eugène-François Vidocq) a su aspecto más utilitario y simple, es decir a la pregunta que normalmente flota en el aire entre el lector y la reseña: ¿merece la pena leerlo?

Pues tal es la experiencia que el lector, convertido a la fuerza en juez por un texto que al tiempo clama sus defectos y desnuda cierto encanto extraño, puede verse empujado a vivir al leer a Vidocq. ¿Es bueno esto? ¿Sigo leyendo? ¿Vale mi tiempo más o menos que las páginas que tengo entre manos?

La respuesta es sí y no a la vez. Vidocq escribe estas memorias casi a sus cincuenta años, mirando hacia atrás. El paisaje que se extiende a sus pies contiene robos, traiciones, cárceles, mugre, asesinatos, deserciones y cicatrices, y bastaría para llenar varias vidas noveladas, posiblemente inverosímiles. Pero Vidocq no ve más que hechos cuya concatenación es, desde el punto de vista narrativo, tan endeble como la que une el día de hoy con el de mañana. El texto está crudo, reducido al esquema primitivo, prenarrativo, según el cual las cosas se cuentan como suceden, ahora una y después otra. El lector, desconcertado, deja pronto de preguntarse hacia dónde avanzan estas memorias: no avanzan. Haría falta un autor autoconsciente, por instinto o formación, para convertir este libro en unas memorias con dirección, enseñanza vital y un análisis placentero de su tiempo, lo que sin duda satisfaría nuestro gusto resabido y fariseo.

Pero Vidocq ha vivido como por accidente, y exactamente así escribe sus memorias cuando ya es jefe de Seguridad Nacional, algo así como ministro del Interior. En ese momento recibe un diez por ciento del presupuesto nacional para limpiar París de ladrones y asesinos como él, ayudado por soplones como él y protegido por corruptos como él. Es la mano dura del orden, pero sin guante. Su ingenio no llega más allá del disfraz, la mentira y la espera a la vuelta de la esquina. Su humor es el del niño que cuenta que una vez tuvo que cagar dentro de una cazuela. Hablar de su visión de la vida es ofender a los dos sustantivos que esa expresión contiene.

Entonces, ¿leemos este libro? No y sí, por supuesto. Lo hacemos con el asombro que produce estar ante un texto tan desnudo que resulta un manual exótico sobre cómo escribir cuando escribir no importa nada. Y también porque, de rebote, el autorretrato de Vidocq dibuja una sociedad que Mersault habría reconocido por familiar y rechazado por demasiado intensa, incluso para sus gustos. Pues el viaje de Vidocq por encima de la moral de unos acontecimientos que no acierta a cuestionar muestra la facilidad con la que un cabrón puede pasar de un lado de la ley al otro sin epifanía ni redención en un mundo en el que el mal opera como lo hace en realidad: a cara descubierta y lejos, muy lejos, de quienes se preocupan de su significado. De pronto, Vidocq es soplón para la policía. De pronto, el imbécil de ayer es el héroe de hoy, con sus características intactas. De pronto, el sistema, al cobijarlo, ha revelado su elasticidad máxima.

Sólo en un párrafo condesciende Vidocq a conquistarnos con armas que reconocemos. Está en la página 158, cuando ya ha convertido la incitación al crimen y la delación en su día a día, y se detiene de pronto a intentar pensar. Oímos los crujidos:

"No ignoraba el desprecio que provocaban labores como las mías. No obstante, después de reflexionar, no encontré en aquel desprecio más que la consecuencia de un prejuicio. ¿Acaso no me desvivía día tras día por el interés de la sociedad? Ese era el bando que yo había elegido, el de la gente honrada, contra los artesanos del mal. ¡Y se me despreciaba por ello!... Buscaba el crimen entre las sombras. Desbarataba tramas homicidas. ¡Y se me despreciaba!... Acosando a los delincuentes hasta la misma escena de sus crímenes, les arrancaba el puñal de la mano."

Así habla un descerebrado. Exigiendo los beneficios que cree merecer por su arrojo, los pide por su honor. Queriendo fama, desenmascara la retórica del bien y del mal. Jugando a buscar nuestro corazón, obtiene nuestra carcajada. Convenciéndonos, nos decepciona. Aprieta los dos platos de la balanza al mismo tiempo. Por supuesto, hay que leerlo. O no.

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