Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "La reina decapitada y el rey de las fugas" · Eugenio Fuentes (La Nueva España) -
  2. 26 de Abril de 2012
  1. Mis memorias, de
  2. Eugène-François Vidocq

Mis memorias, con un arranque impresionante, es una espléndida fuente de conocimiento de las capas bajas de una sociedad marcada por la corrupción de una Policía plagada de delincuentes. Memorable traducción y sabroso epílogo de David Cauquil.
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La biografía de María Antonieta, de Stefan Zweig, y las memorias del mítico delincuente Vidocq retratan la Francia de la Revolución de 1789.

El 16 de octubre de 1793, al filo del mediodía, un verdugo de nombre Sansón exhibe ante diez mil personas congregadas en la parisina plaza de la Revolución, hoy de la Concordia, una cabeza de mujer a la que le han recortado los cabellos apenas dos horas antes. María Antonieta acaba de ser guillotinada, a dos semanas de cumplir los 38 años. Por esos días, conocidos por la Historia como el Terror, el joven Eugène-François Vidocq, que había nacido en Arras –la ciudad de Robespierre– cuando María Antonieta llevaba un año en el trono, está iniciando la larga serie de delitos, capturas y huidas que lo llevará a ser el delincuente más perseguido de Francia antes de convertirlo en su policía más aclamado.

Las vidas de la reina guillotinada (1755- 1793) y de quien acabaría siendo el rey de las fugas (1775-1857) se solapan parcialmente en el tiempo, aunque siguen rumbos opuestos. Nacida en el esplendor de una corte imperial, el matrimonio de la mediocre María Antonieta con el futuro Luis XVI la hizo rehén de su propia frivolidad, acentuada por la rigidez versallesca, y, a la postre, la transformó en chivo expiatorio de las fuerzas desatadas por la Revolución Francesa. Confinada en prisión tras un frustrado intento de huida de Francia, sólo saldría de la celda camino del cadalso. Por el contrario, a Vidocq, hijo de panadero y dotado de una fuerza y una astucia asombrosas, la Revolución le facilitó la huida del hogar paterno, que sólo sería el prólogo a largos años de azarosa existencia jalonados por numerosas fugas logradas. Vidocq moriría en París gozando de una posición acomodada que le permitió incluso ser coleccionista de arte. Dos libros de reciente publicación dan cuenta de los días de ambos personajes y, a la vez, facilitan un acercamiento a los dos estratos más distantes de la sociedad francesa del último tercio del siglo XVIII y las primeras décadas del XIX. Por un lado, María Antonieta, del memorable vienés Stefan Zweig (1881-1942), una de sus biografías más apreciadas, que en sobresaliente traducción de Carlos Fortea edita Acantilado. Por el otro, Mis memorias, del escurridizo Vidocq, que Libros del Silencio ofrece por primera vez en castellano, en una no menos memorable traducción de David Cauquil. En este caso, el traductor no sólo ha lidiado con éxito con los numerosos términos del argot del hampa que salpican el texto, sino que, en un sabroso epílogo, ilustra al lector sobre aspectos de la vida del personaje no incluidos en las memorias, así como sobre su influencia posterior en la literatura y el cine.

Con la publicación, en 1932, de su María Antonieta, cuya calidad literaria es superior a la de miles de novelas históricas, Zweig pretendía situar a la esposa de Luis XVI en su justo punto. Para eso, como bien aclara él mismo en su nota introductoria, tuvo que romper con las dos corrientes que habían distorsionado su figura. En primer lugar, la nacida con la Revolución, que dibuja a la decimoquinta de los dieciséis hijos de María Teresa de Austria como una ramera insaciable que con sus caprichos ha saqueado el Tesoro francés, llevándolo a la bancarrota, y, lo que es aún peor, se ha aliado con las potencias extranjeras para aniquilar el movimiento revolucionario. La segunda corriente, surgida a partir de la restauración de la Monarquía en 1815, la convierte en una santa virgen, abnegada y buena, que entre nubes e inciensos fue convertida en mártir por la vesania de los «sans-culottes».

Ni lo uno ni lo otro, sostiene Zweig, que subtituló la biografía Retrato de una reina mediocre. Para su compatriota, María Antonieta, casada a los 15 años con el nieto de 16 años del disoluto Luis XV, había sido una niña encantadora, esbelta y guapa –pero perezosa, malcriada y frívola– que a los 13 años aún escribía con dificultades su lengua y el francés. No era tonta; al contrario, tenía buen entendimiento. Pero le aburría soberanamente profundizar en los asuntos. Fue en primer lugar, sostiene Zweig, una víctima del deseo de su madre de sellar una alianza entre Habsburgos y Borbones para reforzarse ante las amenazas de Rusia y Prusia.

El matrimonio con el futuro Luis XVI tuvo dos efectos sobre María Antonieta: desembarcar en una corte –la de Versalles, agobiante en su estricta etiqueta– en la que no encajó y, en segundo lugar, permanecer siete años virgen tras la boda. La causa fue la negativa de su pusilánime esposo a atajar con cirugía la fimosis que le impedía consumar el coito. Siete años de matrimonio blanco que la convirtieron en «una furia hedonista convulsiva, enfermiza y percibida por toda la corte como escandalosa», especialmente desde que perdió los consejos de prudencia de su madre, muerta en 1780.

Es precisamente esa mediocridad que Zweig percibe en María Antonieta, enfrentada a un momento histórico excepcional, lo que la vuelve fascinante a sus ojos y la convierte en heroína trágica, «que debe su vigencia intemporal únicamente a un incomparable destino y su grandeza interior tan sólo a su desmesurada desdicha», pero que debe –se apiada el biógrafo, a ratos enamorado de su biografiada– «merecer la compasión y la comprensión del presente».

Zweig, que maneja una amplísima documentación, en parte inexplorada o censurada hasta ese momento, aplica a menudo un enfoque freudiano a la vida de la soberana y se muestra precursor de la teoría del caos y el efecto mariposa en las vinculaciones que establece entre algunos conflictos cortesanos y sus repercusiones internacionales. Todo ello dota de enorme riqueza una obra en la que la maestría literaria hace sentirse al lector como un espía entre cortinajes.

No es, por el contrario, la calidad literaria el fuerte de las memorias de Vidocq. Tras un arranque impresionante en el que se suceden los lances que marcan los primeros años de vida del joven delincuente –gran artillero, duelista, maestro del disfraz, contrabandista, actor, marino ocasional, mercero, vendedor de ropa en ferias y mercados, galeote...–, la narración se hace más deshilvanada en el relato de su época policial. Sin embargo, la fuerza vital del protagonista compensa con creces las carencias de los «negros» a los que dictó sus recuerdos tras dejar la Policía en 1828, víctima, según denuncia, de las envidias que en el Cuerpo generaban sus éxitos.

Por si fuera poco, la narración es una espléndida fuente de conocimiento de las capas bajas de una sociedad marcada por la corrupción de una Policía plagada de delincuentes. Las denuncias de inseguridad –se roban hasta las farolas en las calles de París– parecen tomadas de los argumentarios políticos de ahora mismo. Tanto como las acusaciones lanzadas contra María Antonieta («madame Déficit», se le llamó) de generar una deuda insoportable .O su propia obsesión de los últimos años por aplicar drásticos recortes del gasto.

Dominado por la extrema promiscuidad sexual –Vidocq cae muchas veces porque lo ciega su pasión de catre–, el alcoholismo, la total falta de higiene y el hacinamiento, el pueblo bajo que sin pretenderlo dibuja este hombre –que introdujo criterios criminológicos en la investigación policial y fundó la que pasa por ser la primera agencia de detectives– todavía sufre que se marque al hierro a los delincuentes. Es el mismo pueblo que alimenta con revueltas callejeras cada hito de la Revolución Francesa. El mismo también que ruge «¡Viva la República!» cuando el verdugo Sansón muestra al cielo la cabeza de María Antonieta chorreante de sangre.

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