Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "Una de ladrones y serenos" · Marc Soler (Cultura|s) -
  2. 11 de Abril de 2012
  1. Mis memorias, de
  2. Eugène-François Vidocq

Mis memorias es un relato sin tregua. Una situación se sucede a la siguiente de forma enloquecida (y divertida) hasta llegar al final del libro. En este sentido, más que hablar de unas memorias al uso cabe hacerlo de una obra que permite ser leída como un libro de aventuras un tanto deslavazadas en su trabazón narrativa, pero con episodios memorables.
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Estas memorias del jefe de la Securité Nationale en un periodo tan descuajaringado como el que abarca desde la Revolución Francesa hasta la Restauración monárquica pasando por el imperio napoleónico, alimenta el colosal tópico de que la realidad supera cualquier ficción. En medio del caos de la revolución y la contrarrevolución, aparecen personajes que cabe calificar, como poco, de curiosos. Llámense Fouché (el lado más oscuro y siniestro de la política como demuestra la biografía de Stefan Zweig) y en algún momento superior de este Eugène-François Vidocq y que no se sabe muy bien cómo calificar aunque su personaje lo admite casi todo: ladronzuelo, pícaro, espadachín y duelista consumado, especialista en fugas y cambios de identidad, mujeriego, delator, agente secreto y un largo etcétera.

En cualquier caso, su ascenso social desde la delincuencia hasta el cargo de alto funcionario del Estado y asiduo de los salones tiene su miga. Es la parte que nos hurta el autor y protagonista de la misma. Sabemos estrictamente lo que el autor quiere que se sepa. Ni más ni menos. Por ahí tal vez es por donde cojea la memoria de Vidocq que, sin hacer alardes literarios –ni parece que lo pretenda-, emprende un relato de sus aventuras a uno y otro lado de la ley. Es un relato sin tregua. O casi. Una situación se sucede a la siguiente de forma enloquecida (y divertida) hasta llegar al final del libro, que acaba abruptamente, sin más, porque en algún momento había que poner punto final, y no por llegar a cualquier conclusión o desenlace. En este sentido, más que hablar de unas memorias al uso cabe hacerlo de una obra que permite ser leída como un libro de aventuras un tanto deslavazadas en su trabazón narrativa, pero con episodios memorables como el del delincuente que se fuga a España, camela al general Mina que lo condecora doblemente, y acaba usurpando el título del fallecido conde Pontís de Saint-Hélène hasta engañar al rey francés.

Al margen que el libro ofrece un retrato de los bajos fondos de la época, queda la duda de si Vidocq fue o no un trepa. Las dudas no se despejan cuando afirma: "Una singular propensión, a la que yo obedecía sin sospecharlo siquiera, me acercaba constantemente a los individuos de los que debía huir".

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