Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "La voz yiddish" · José Luis de Juan (Diario de Mallorca) -
  2. 22 de Marzo de 2012
  1. La familia Máshber, de
  2. Der Níster

Hay una novela casi secreta que habla la lengua de Chagall, que contiene sus personajes cabalísticos, sus colores inimitables, su música, su luz rabínica. Fue escrita en yiddish en los años 20-30 por Der Níster (1884-1950). Un relato poliédrico, mítico, ingenuo a veces, mágico, verídico y esquivo como un documental, denso y a la par transparente.
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A veces me he preguntado ante una pintura o un dibujo de Marc Chagall si habría una correspondencia entre ese mundo fabuloso, íntimo, perdido de la aldea judía que el pintor nos deja atisbar, con la literatura yiddish, alguna novela que pudiera hacernos vivir aquella atmósfera con escenas de vívido colorido y nos produjera ese extraño ‘déjà vu’ de las pinturas de Chagall

Aunque se trate de Centroeuropa y de la lejana Rusia hay elementos de la aldea judía que conectan con nuestra herencia isleña, esa cultura autóctona y sectaria tan perseguida que apenas ha dejado un aliento propio singular en nuestra literatura, acaso sólo reflejos aquí y allí, ahogados por la religión dominante y el odio antisemita. La mayoría de los grandes escritores judíos del siglo XX han sido asimilados por la cultura y la lengua que les acogía: Franz Kafka por el alemán, Saul Bellow por el inglés, Brodsky por el ruso antes de acabar, como Nabokov, escribiendo también en inglés. Sin olvidar al húngaro Kértesz, autor de esa obra maestra que es Sin destino. Bashevis Singer es un caso aparte, aunque sus novelas tengan ya una inequívoca tonalidad emigré, de quien si bien toca de oído la melodía melancólica o loca del violín de Menuhin, ya ha cruzado el umbral que separa la tradición auténtica del agridulce sabor cosmopolita de la diáspora.

Pero hay una novela casi secreta que habla la lengua de Chagall, que contiene sus personajes cabalísticos, sus colores inimitables, su música, su luz rabínica. Fue escrita en yiddish en los años 20-30 por Der Níster (1884-1950), que quiere decir “el oculto”, pues sus escritos no eran bien recibidos por los soviets de Ucrania. Nació y vivió su juventud en Berdíchev, una ciudad que tenía una buena mayoría de judíos, cuarenta mil, todos los cuales fueron asesinados por la población ucraniana local –sus vecinos, que odiaban a los judíos tanto como a Stalin- con la inestimable ayuda organizativa y balística de la Wehrmacht (doce mil fusilados en un solo día). Pues bien, Der Níster (muerto en el Gulag después de vivir en Tashkent y luego en Moscú esperando que, como sus colegas del teatro yiddish, un día vinieran a buscarlo) dejó un fresco de 900 páginas sobre la vida cotidiana en Berdíchev, es decir, sobre un mundo que desapareció para siempre de la manera más brutal e inesperada en 1941. ¿Quién puede resistirse a leerlo? No es un libro fácil, pero nunca la buena literatura lo ha sido. Se trata de una novela que gira en torno a una familia de tres hermanos, unos émulos de los Kamarazov. Un relato poliédrico, mítico, ingenuo a veces, mágico, verídico y esquivo como un documental, denso y a la par transparente.

Estamos a fines del siglo XIX. Moishe y Alter viven juntos, pero el otro hermano, Luzzi, deslumbrado por la mística, regresa para desbaratar la plácida vida próspera de los Máshber (“crisis” en hebreo). Luzzi se alía con un extraño personaje antisocial, Sruli Gol, y el conflicto se desata y salpica buena parte de la sociedad que los acoge, en la ciudad de N., sombra del legendario Berdíchev. La crónica familiar, el lento progreso de la bancarrota, el presagio del pogromo y el inicio de la Haskalá, o Iluminación judía, llenan la novela de personajes y escenas de un detallismo minucioso y brillante. La memoria visual y olfativa del autor es prodigiosa: lo que decide narrar lo hace bien visible a nuestros ojos de lector. No hay vaguedades ni retórica en este libro, al margen de sus excesos argumentales o dialécticos. Pero lo que cohesiona un monumento literario así es la voz. Es como una voz bíblica, de muchas aguas, que se modula a sí misma, que se transforma y se impone. Es el falsete de la ciudad, una voz anónima y a la vez subjetiva, escéptica y crédula, colectiva y única. Conjuga la verdad de la tradición oral y el tono arbitrario, confidencial, de lo íntimo, de lo “nuestro” por contraposición a “lo otro”. Sólo por esa voz vale la pena acercarse a este libro y meterse dentro, como nos meteríamos sin dudar en una aldea nevada de Marc Chagall amenazada por un gallo rojo.

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