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PASCAL QUIGNARD

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  1. "Julio Camba, 'humorismo galaico pasado por Sterne'" · Héctor J. Porto (La Voz de Galicia) -
  2. 10 de Marzo de 2012
  1. Haciendo de República y artículos sobre la guerra civil, de
  2. Julio Camba

El pasado 28 de febrero se cumplieron cincuenta años de la muerte de Julio Camba y felizmente se puede comprobar que su obra sigue viva, reconfortante, actual, divertida, fresca, certera, plena de modernidad. Porque el articulista era un mago del tramo corto, del trazo medido, de la pincelada grácil, del fino humorismo, de la delicada observación, del ingenio chispeante, de la inspiración vaporosa, de lo inesperado, de la clarividencia, de la sobriedad, del respeto a la realidad que lo rodea, de lo sensato.
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Julio Camba, «humorismo galaico pasado por Sterne»

Pasado medio siglo de su muerte, la obra del articulista arousano continúa viva, fresca, actual, y sus libros siguen reeditándose

El pasado 28 de febrero se cumplieron cincuenta años de la muerte de Julio Camba (Vilanova de Arousa, 1884-Madrid,1962), y felizmente se puede comprobar que su obra sigue viva, reconfortante, actual, divertida, fresca, certera, plena de modernidad. No en vano, en un concienzudo examen, el cronista pontevedrés superaría con creces las cinco condiciones básicas para la literatura del presente milenio que el maestro de cuentistas italiano Italo Calvino estableció a mediados de la década de los ochenta —levedad, rapidez, exactitud, visibilidad y multiplicidad; su fallecimiento impidió que desarrollase la sexta, consistencia—. En cualquier caso, son levedad y exactitud las que mejor encajan a la prosa del autor de La Casa de Lúculo. «En la vida todo lo que elegimos y apreciamos por ser leve no tarda en revelar su propio peso insostenible», recuerda Calvino; y también: «El poeta de lo vago puede ser solo el poeta de la precisión, que sabe captar la sensación más sutil con ojos, oídos, manos rápidos y seguros».

Y es que, en vez de Kundera y Leopardi, Calvino bien podría haber empleado a Camba para demostrar sus teorías. Porque el articulista era un mago del tramo corto, del trazo medido, de la pincelada grácil, del fino humorismo, de la delicada observación, del ingenio chispeante, de la inspiración vaporosa, de lo inesperado, de la clarividencia, de la sobriedad, del respeto a la realidad que lo rodea, de lo sensato. Dueño de una peculiar lucidez, no exenta de las necesarias gotas de candidez —para poder escrutar sin prejuicios—, su inveterada e íntima fe en la libertad lo empujaba por los caminos de la crítica, ¡y de la autocrítica! No debe olvidarse que él se reía siempre con la gente, nunca de la gente, condición fundamental para cultivar el sentido del humor que lo hizo célebre y que hunde nítidamente las raíces en su tierra natal. Decía un ya seducido Azorín que Camba «era el prototipo del humorismo galaico pasado por Londres, pasado por Sterne». Y la verdad es que su conservadurismo sin ataduras e inteligentemente destilado tiene mucho de expresión británica.

La pervivencia de la narrativa de Camba está clara y la edición constante y sin ruido de su obra lo prueba. Quizá porque escribió poco, solo cuando se hallaba de natural inclinado a hacerlo y no por pura disciplina. Eso se percibe en la elasticidad y la sencillez con que fluye su relato, que lo mismo aborda un viaje, que desmenuza una costumbre o una ciudad, deja en evidencia pero sin crueldad al arribista, elogia un pescado, fustiga al clero, expone una receta, ataca las imposturas, proclama la verdad sosegada, venera la civilización o no se arredra ante lo fatuo.

El solitario del Palace era un haragán

Camba vivió un poco como desarraigado, sin dirección postal asentada más allá del madrileño Hotel Palace, que, junto con su alejamiento de las fiestas de sociedad, le confirió informal apodo: el Solitario del Palace. El humor modeló en elaborado arte su raigambre costumbrista, pero en realidad él nunca tuvo empeños literarios, ni quería ser escritor, ni siquiera escribir. Se definía como haragán, porque no confiaba en que el trabajo dignificase al hombre, y rehuía el fasto y las camarillas. Sin embargo, «en aquella posición suya de gato de tejado —explica César González-Ruano, otro de los grandes articulistas de la época—, en aquel brutal egoísmo que algunos le afeaban, no existía agresividad, ni menos rencor o resentimiento. Es que todo, salvo las excelencias de la cocina, le tenía honrada, irremisible e insobornablemente sin cuidado».

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