Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

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Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "Chéjov el seductor" · Tamara Djermanovic (Cultura/s) -
  2. 11 de Febrero de 2012
  1. Sobre el teatro: artículos y cartas, de
  2. Antón Pávlovich Chéjov

El bisturí con el que Chéjov cultivaba su expresión sencilla pero sagaz, atrae y libera. Sin los vuelos metafísicos de sus predecesores, y también contemporáneos Dostoyevski y Tolstói, hace reflexionar ofreciendo escenas de la vida ordinaria que luego hablarán, en un discurso implícito. En los dramas chejovianos, se habla mucho más de lo que se actúa. Los diálogos suelen ser monólogos, donde los interlocutores hablan cada uno por su cuenta, sin escucharse, con el fin de apuntar a otro de sus grandes temas: imposibilidad de la auténtica comunicación humana. De allí sus artículos y cartas publicadas ahora en castellano, que incluyen consejos prácticos para los actores. Resultan imprescindibles para la gente de teatro que nunca se cansa de interpretar a los dramas de Chéjov.
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Que la banalidad de la vida, la falsedad y la estupidez humana convertidas en literatura siempre se atraen, lo certifica el hecho de que en el útimo año, el mundo editorial español ha apostado por decenas de ediciones relacionadas con la figura de Antón Pàylovich Chéjov (Taganrog, 1860–Badenweiler, 1904): reedición de sus relatos cortos –la primera forma literaria en la que se expresó el autor–, todos sus dramas, ensayos y correspondencia que escribió sobre el teatro, más una biografía de Antón Pávlovich a través de los documentos originales.

Para entrar en el secreto del éxito del escritor ruso –algo que en su momento también a él le dejó desprevenido, ya que como joven médico iba escribiendo sin imaginar que lo que a él le divertía y relajaba podía a llegar a tener interés para el gran público– hay que abrir cualquiera de sus textos y leer un fragmento al azar. Los músculos de la cara se relajan, la sonrisa emerge y el dramatismo con los que solemos acercarnos a los asuntos cotidianos de la vida se vuelven ridículo. “¿Adónde se ha ido mi pasado, cuando yo era joven, alegre, inteligente, cuando mis sueños y mis pensamientos eran bellos, cuando mi presente y mi futuro estaban iluminados por la esperanza? ¿Qué nos hace volvernos aburridos, grises, sin interés, perezosos, indiferentes, inútiles, infelices, apenas comenzamos a vivir?”, leemos en esta última edición de Tres hermanas.

El bisturí con el que Chéjov cultivaba su expresión sencilla pero sagaz, atrae y libera. Sin los vuelos metafísicos de sus predecesores, y también contemporáneos Dostoyevski y Tolstói, hace reflexionar ofreciendo escenas de la vida ordinaria que luego hablarán, en un discurso implícito.

En contra de la pedantería

“No hay en Chéjov nada que no exista en la realidad” se había dicho sobre su estilo. Le gustaba retratar las situaciones de la vida cotidiana. “En la vida la gente no se mata, suicida ni declara amor en cada minuto... También comen, beben, se aburren, no hacen nada o hablan de tonterías; también esto hay que sacar en la escena” dijo cuando se le había criticado por ser poco metafísico. En otro momento afirma lucidamente: “Quieren que yo, representando a un ladrón de caballos diga: ‘Robar caballos es malo’. Pero esto se sabe sin que yo lo diga. Que a los ladrones les juzguen los jueces, y mi tarea es retratar cómo son”.

Desnudar los males personales y sociales, universales y rusos: primitivismo, pereza, dos almas que no se comprenden, el poder de los títulos, la belleza que se pierde en vano, la esperanza que no llega a realizarse, unidos por su única máxima: Ridendo Dicere Verum (Riendo digo la verdad).

Releyendo nuevas ediciones publicadas ahora en castellano, vuelve a ser evidente la modernidad de Chéjov también por haber empezado a tratar el tiempo de una manera inédita. Son dramas en donde el factor tiempo aparece como protagonista que corroe las vidas de unos individuos que lo van despilfarrando, incapaces de hacer nada en serio. “La vida ha pasado y no me ha dado tiempo a vivirla” como concluye uno de los personajes en su obra El huerto de los cerezos.

Asimismo, en los dramas chejovianos, se habla mucho más de lo que se actúa. Los diálogos suelen ser monólogos, donde los interlocutores hablan cada uno por su cuenta, sin escucharse, con el fin de apuntar a otro de sus grandes temas: imposibilidad de la auténtica comunicación humana. De allí sus artículos y cartas publicadas ahora en castellano, que incluyen consejos prácticos para los actores. Resultan imprescindibles para la gente de teatro que nunca se cansa de interpretar a los dramas de Chéjov, que Tolstói calificó de ser “aun peores que los de Shakespeare”.

Muerte de Chéjov

Chéjov murió a los 44 años, “lo suficientemente temprano para que sus parientes, colegas, descendientes literarios y personalidades de las generaciones precedentes tuvieran tiempo de dar testimonio de él”, como se argumenta en Chéjov en vida. Una biografía en documentos, argumentos para una novela corta (traducción de Freréric Guerrero- Soléy Oksana Gollyak), escrita por Ígor Stusij y su ambición de recopilar en un libro documentos que hablaran de manera inmediata del autor. Este “montaje biográfico” temáticamente organizado traza un rompecabezas que ilumina la figura del escritor, licenciado en Medicina, cuya ausencia de sentimentalismo y sagacidad le hacen sospechar hasta de la tabla de multiplicar.

“La medicina es mi esposa legítima y la literatura mi amante. Cuando me canso de una, paso la noche con otra” cita el libro en la famosa carta del propio Chéjov a Suvorin. Además, aquí encontramos su testimonio de que empezó el trabajo literario casi en broma, pero que una vez publicado su primer texto en la revista Libelula en el año 1880 entendía que la escritura es su Abisag (la doncella que consoló en la cama al rey David). También queda constante lo poco idílica que era su vida cotidiana y las condiciones lamentables que le rodeaban cuando se disponía a escribir. No obstante, Chejov sabía convertir todo detalle precisamente de la vida banal en puro material literario. Así un día tomando té con limón que olía a cebolla encima de un mantel sucio dijo a su contertuliano Teleshov: “¡Maravilloso! ¿No es esto un argumento?”.

Chéjov se casó tarde con la actriz Olga Knupper cuyos recuerdos componen quizá las páginas más interesantes de la citada biografía. Y entre ellas, vale la pena recordar los últimos momentos de Antón Pávlovich, cuando en una habitación del sanatorio de Badenweiler adonde fue en un último intento de curarse de tuberculosis, pidió champán para brindar con su esposa y el médico. Al acabar la copa, se despidió : “Ich Sterbe” (Me muero).

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