Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

Si quieres recibir información sobre nuestros títulos, suscríbete a nuestro boletín aquí.

  1. "Vente para Francia, Pepa" · Álvaro Colomer (Yo Dona, El Mundo) -
  2. 21 de Enero de 2012
  1. Las españolas del metro Pompe, de
  2. François-Marie Banier

La publicación de Las españolas del metro Pompe trae a nuestra memoria el tiempo en el que las españolas emigraban a Francia para buscar trabajo. Un estupendo reportaje de Álvaro Colomer que incluye entrevista con Banier a propósito de la novela.

La publicación de la novela Las españolas del metro Pompe, de François-Marie Banier, y el estreno en el país galo de la película Les femmes du 6ème étage, de Philippe Le Guay, traen a nuestra memoria el tiempo en el que las españolas emigraban a Francia para buscar trabajo.

Una española de 23 años acaba de llegar a París. No habla francés. No tiene casa. No tiene trabajo. No tiene amigos. Sólo una maleta de cartón y un frío espantoso. El viento arrecia y la lluvia cala, así que la muchacha se encoge en su abrigo, respira hondo y entra en la cafetería de la estación. El camarero la mira. Bonjour, madame. Voulez-vous quelque chose? La chica no entiende las palabras, pero necesita comunicarse. De manera que inspecciona la barra y, siempre en silencio y cabizbaja, señala el café con leche de otro cliente. El camarero sonríe, sus facciones denotan ternura, ha conocido chicas iguales. Porque estamos en 1951 y esta barreña, de nombre Enriqueta Remedios Rebollo (Badajoz, 1928), no es más que otra emigrante huyendo de un país en descomposición. No obstante, su historia tiene un elemento diferenciador: ella no ha abandonado España únicamente para ganar dinero, sino también para recuperar al hombre con el que se casó. «Mi marido tenía problemas con el alcohol –recuerda, más de 60 años después, ya retornada– y pensé que, si lo alejaba de sus amigotes, abandonaría el vicio.» Ni qué decir tiene que se equivocó. Él siguió bebiendo, perdiendo trabajos, pegándola, y ella dedicó su juventud a tirar de un carro sin ruedas. Limpió las casas de otros, perdió la vista en talleres de costura y cuidó a los hijos de la burguesía parisina. Así estuvo 15 años, hasta que un día, cansada de aquel frío y de ese borracho, dejó una nota sobre la mesa de la cocina: Cuando vuelvas a casa, ya habré cruzado la frontera. No más palabras para su marido. Quería retornar libre de cargas. Y así lo hizo.

La historia de Enriqueta presenta algunos puntos en común con el argumento de la película Les femmes du 6ème étage (Philippe Le Guay, 2011), estrenada en Francia pero extrañamente no en España, pese a que el reparto de actrices (Natalia Verbeke, Carmen Maura, Lola Dueñas, Berta Ojea, Nuria Solé y Concha Galán) bien merece una sala en nuestro país. La cinta narra las vicisitudes de seis emigrantes españolas que trabajan como asistentas del hogar en un bloque de viviendas de un barrio acomodado de París. Uno de los patrones (Fabrice Luchini) se enamora de la frescura, la alegría y el coraje desprendidos por la femme de chambre (asistenta) recién contratada (Verbeke) y descubre gracias a ella un estilo de vida, el español, que le deja fascinado. El largometraje, que vendría a ser la versión francesa de la mítica película Españolas en París (Roberto Bodegas, 1971) o de la más reciente Un franco, catorce pesetas (Carlos Iglesias, 2006), ha despertado cierta ola de nostalgia en el país galo al recordar a sus ciudadanos la época en que las españolas ocupaban sus cocinas, cuidaban de sus hijos y, en resumidas, cubrían sus necesidades domésticas. Y tanto les ha agradado el recuerdo que los adultos de hoy, niños de entonces, les han rendido homenaje no sólo con esta película, sino también con la novela que el escritor y fotógrafo François-Marie Banier –tristemente célebre en la actualidad por haber sido acusado de explotar económicamente a la heredera del imperio L’Oréal, Liliane Bettencourt– publicó en 2006 y que acaba de ser editada en España: Las españolas del metro Pompe (Libros del Silencio, 2011). La historia, parcialmente autobiográfica, cuenta el amor de juventud de un niño francés por su femme de chambre y, de alguna manera, por todas las españolas que regularmente se reunían en esa estación de metro para charlar sobre sus cosas y apoyarse mutuamente. «Aprendí a hablar castellano de la mano de aquellas mujeres que llegaron a París entre 1950 y 1965 –cuenta el autor–. Las conocí muy bien, porque eran como madres para mí. Me enamoré de sus corazones y de su coraje. Además, era increíble el modo en que trabajaban. Nadie trabaja así actualmente. Lo hacían todo, absolutamente todo. Y vivían en unas habitaciones diminutas.» La literatura española ya había dado importantes, aunque no abundantes, obras en torno al fenómeno de la emigración económica hacia América y Alemania (Miguel Delibes, Francisco Ayala, Rodrigo Rubio, Dolores Soler Espiauba…), pero Francia había quedado relegada de esa producción novelística, destacando sólo algunas obras de teatro de Juan Mateu y de Miguel Mihura, motivo por el cual la novela de Banier viene a suplir una carencia de no poca relevancia, aun cuando sea a través de los ojos de un francés.

Afortunadamente, todavía hay en España muchas mujeres que vivieron aquella aventura francesa y que están dispuestas a contarla. Una de ellas es Encarnación Gutiérrez Rodríguez (Granada, 1943), una modista sin estudios que, oprimida por un padre autoritario y sin otra salida laboral, decidió marcharse a París junto a sus dos hermanas y su novio. Emprendieron viaje a principios de 1970, también sin conocer el idioma ni tener un trabajo asegurado, pero consiguieron alquilar una habitación diminuta en la Avenida Víctor Hugo y, durante varios meses, tuvieron que dormir en el suelo, calentar la leche condensada en la estufa y mantener la higiene personal en una jofaina. Por suerte, Encarnación consiguió colocarse como femme de chambre en el domicilio de un alto ejecutivo de una compañía aseguradora y se instaló en un apartamento destinado al servicio situado en la azotea del inmueble. «Las españolas que se incorporaron al servicio doméstico de la burguesía parisina fueron sometidas a relaciones de dominación paternalistas por parte de sus patronos –explica José Gabriel Gasó, director de la Federación de Asociaciones y Centros Españoles Emigrantes en Francia (FACEEF) y miembro del Consejo de Administración de la Cité Nationale de l’Histoire de l’Immigration (CNHI)–. Además, el hecho de disponer de una habitación de servicio en el último piso del mismo edificio limitaba la libertad y autonomía de las mujeres. Era frecuente que las casadas viviesen con sus maridos, y a veces con sus hijos, en estas habitaciones que raramente superaban los nueve metros cuadrados y que no disponían ni de agua corriente ni de sanitarios.» Allí permaneció Encarnación durante 18 meses, mientras su novio trabajaba en la fábrica Pirelli. Después, tras una breve incursión en España para contraer matrimonio, se quedó embarazada y tan penosas le parecieron sus condiciones de vida en París que decidió enviar al bebé con su madre. Cuando su patrona se enteró de sus intenciones, montó en cólera y, diciéndole que jamás permitiría que una madre se separara de su hijo, le consiguió un trabajo como portera, labor que le permitía tener a su pequeño atendido. «Aquella patrona fue una segunda madre para mí», recuerda hoy Encarnación. Pero, igual que le pasara a Enriqueta Remedios y, curiosamente, a otras mujeres entrevistadas por YO DONA, su marido trajo la tormenta. El hombre se dio a la fiesta, se dio al alcohol, se dio a otras mujeres. «Iba a salas donde se reunían los emigrantes para bailar y beber y hacer otras cosas –dice, en tono de confidencia, la hoy también retornada–. Porque te diré una cosa: las francesas tenían fama de putas, pero allí las auténticas putas eran las españolas… Y además eran unas ladronas, porque robaban en las casas donde tan bien las acogían.» De nuevo moría el sueño de prosperar por culpa de un marido y Encarnación, aprovechando las reformas emprendidas por Adolfo Suárez en materia de prestaciones por desempleo, decidió regresar a casa. La relación migratoria entre España y Francia ha sido una constante desde el siglo XVIII, cuando la vendimia obligaba a los agricultores de ambos países a cruzar la frontera, ora en una dirección ora en la otra. Sin embargo, desde un punto de vista industrial, fue en 1960 cuando se produjo el gran cambio en las rutas de la emigración, ya que, si durante la primera mitad del siglo XX los españoles obligados política o económicamente a huir del país habían buscado su futuro en América, ahora empezaban a mirar a Europa. «Principalmente la emigración se dividió entre Alemania y Francia –explica Ubaldo Martínez Veiga, catedrático de Antropología Social en la UNED y experto en movimientos migratorios españoles–. En Alemania, los sueldos eran más elevados, pero las condiciones de vida eran peores, sobre todo por el frío y la calidad de las viviendas. Sin embargo, en Francia les trataban mejor y ellos se adaptaban más rápidamente. Eso sin olvidar que los franceses tienen costumbre de contratar servicio doméstico, mientras que los alemanes no, por lo que tiene lógica que las españolas acabaran en el país galo.» De manera que, si en 1920 había 200.000 trabajadores españoles en Francia y en 1946 –como consecuencia de la Guerra Civil– 300.000, en la década de los 60 llegaron al medio millón, reduciéndose la cifra en la actualidad a 200.000. En aquellos tiempos, la construcción y la industria acaparaban el 54% de la contratación, principalmente masculina, mientras que el servicio doméstico copaba el 26%, casi todo femenino (en el campo había un 4,5% de mujeres), habiendo tan sólo en París unas 50.000 españolas trabajando en hogares franceses. «Normalmente eran jóvenes procedentes del ámbito rural y con una tasa de alfabetización muy baja que, tras haber emigrado a zonas industrializadas como el País Vasco o Cataluña, y dándose cuenta de que allí las estaban explotando, daban el salto a Francia», continúa el catedrático. El grueso de aquellos emigrantes provenía de Andalucía (29%), seguidos de Galicia y Levante (18%), Castilla-León (10%), Extremadura (4%) y el resto de Comunidades (21%).

Amelia Blanco González (Orense, 1943) pertenece al colectivo de gallegos que llegaron a Francia siguiendo el flujo español. Con tan sólo 18 años, emprendió camino en soledad y, tal y como ocurre en la película Les femmes du 6ème étage, así como en la novela de Banier, en cuanto pisó París, se dirigió a la iglesia española de la Rue Pompe. «Estaba regentada por curas españoles, así que las emigrantes nos sentábamos en las bancadas, todas asustadísimas, a la espera de que las señoritas francesas vinieran a vernos y nos llevaran a sus casas», recuerda la también retornada Amelia. En su caso, se la llevó una pareja joven que le dio buena vida y, después de contraer matrimonio con un español que conoció en un baile organizado por el partido comunista y tras pasar 44 años trabajando en aquellas tierras, decidió volver a su país. Entonces descubrió uno de los sentimientos más terribles de todo emigrante: el doble desarraigo. «Cuando estábamos allí, los franceses nos miraban como a extranjeros, pero al regresar a casa, tantos años después, notamos que los españoles también nos miraban como a foráneos. Así que actualmente no me siento ni de allí ni de aquí», comenta. Casi todos los entrevistados coinciden en esta sensación de no-pertenencia que sobrellevan como pueden.

Pero todavía hay historias más terribles en lo relativo a aquel retorno masivo que se produjo a mediados de la década de los 70, motivado principalmente por el cierre de las fronteras francesas a causa de la crisis del petróleo, de la confianza en una España que parecía retomar el vuelo y de la consecución de los objetivos económicos pretendidos por los emigrantes al inicio de su viaje. Y una de las más trágicas es la de Trinidad Godino Campoy (Granada, 1944), que partió con 23 años para caer en la campiña francesa, donde tuvo que vivir durante más de un año, y con un bebé bajo el brazo, en una fábrica abandonada, sin techo ni agua ni luz, en medio de un descampado. Su marido consiguió colocarse en una imprenta y, cuando le ofrecieron la oportunidad de trabajar como periodista, tuvo que marcharse a París seis meses, dejando a su esposa y a su hija en aquel descampado. «Los únicos que me ayudaron fueron los comunistas –recuerda Trinidad–. Nos daban unos tickets que podíamos cambiar por comida y venían a vernos a menudo. Los comunistas españoles jamás nos dieron nada, ni siquiera cuando regresamos, pero los franceses lo hacían todo por nosotros. Si siguiera viviendo allí, sin duda sería comunista. Pero aquí no lo soy.» El cielo se abrió el día en que su marido regresó con un contrato laboral en firme y, siete años después, cuando ya se habían establecido en la capital con cierta comodidad y cuando ya habían tenido otro hijo, vinieron a España de visita. Fue entonces cuando un coche, conducido por alguien borracho, se saltó un stop y se llevó por delante al marido, dejó en cama a Trinidad durante 22 meses y causó traumas de no poca envergadura a sus dos hijos. El sueño francés, ese que primero fue pesadilla y después paraíso, había terminado. Bienvenidos a España.

FRANÇOIS-MARIE BANIER
El señorito y la mucama

Escritor, fotógrafo y pintor, François-Marie Banier es el autor de la novela Las españolas del metro Pompe (Libros del Silencio), donde narra el amor de un jovencito burgués hacia la mujer que le cuida.

François-Marie Banier es más conocido por su fama de vividor que por sus obras. De hecho, la fiscalía francesa lo acaba de encausar por «estafa y abuso de confianza y debilidad» a la heredera del imperio L'Oréal, Liliane Bettencourt, una mujer de 87 años que, supuestamente, ha hecho regalos al artista por valor de mil millones de euros (obras de arte, seguros de vida, inmuebles e incluso una isla). Banier niega la mayor, asegurando que la anciana disfrutaba protegiendo a un artista, pero la fiscalía, incitada por la hija de esta, no opina igual. Dos días después de hablar con él, Banier fue arrestado en su lujoso domicilio por el caso Bettencourt.

Usted ya no da entrevistas. ¿Por qué nos ha concedido esta?
No doy entrevistas porque, desde hace un tiempo, los periodistas sólo quieren hablar de una cosa. Pero, cuando me enteré de que usted era español, dije que sí. Me encanta la musicalidad del castellano. Me recuerda a aquellas mujeres que conocí cuando era pequeño. Las mujeres que me cuidaron.

Pero usted acabó enojado con los últimos periodistas españoles que vinieron a verle.
Porque hicieron preguntas sobre cosas de las que no tenían ni idea. No me conocen a mí, ni tampoco a la otra persona. Espero que usted no haga lo mismo.

Su novela desprende un profundo amor por las emigrantes españolas.
Yo amé a las españolas. La protagonista de la novela, Pepita, está inspirada en una bilbaína llamada Antonia de piel blanca y pelo negro. Estaba enamoradísimo de ella. Por supuesto, algunas españolas eran feas, como en todas partes, pero seguían enamorándome. Me gustaba olerlas, sentir su calor, cogerlas de la mano.

¿Qué aprendió de ellas?
Conocí a muchas españolas, porque, además de la que trabajaba en mi casa, las otras estaban en casas de amigos. Las íbamos a buscar a la estación del Metro Pompe o a la Iglesia Española. Yo me pasaba todo el tiempo con ellas, aprendiendo sobre el amor, la amistad y esas cosas. Además, me fascinaba la angustia que sentían cuando se les hablaba de la muerte. Eso es algo muy español.

¿Cree que las españolas de hoy son como las de antes?
La España de hoy no es la de aquella época. Antes provenían de un país pobre y retrasado. Pero, aun así, siempre iban bien vestidas y sabían emplear el tiempo para disfrutar de la comida, del amor, de Dios. Tenían sus ratitos para todas esas cosas, no como hoy, cuando todo está mezclado en una ensalada terrible. Por desgracia, los franceses eran muy duros con ellas. Les daban órdenes constantemente y las trataban mal, igual que los españoles tratan hoy a los marroquíes.

Por eso la mayoría volvió a España.
Una vez pregunté a la española que me cuidaba si se quedaría por siempre a mi lado y ella respondió que no, que algún día volvería a su país. Las españolas no eran como las húngaras o las rusas, que venían para quedarse. Las españolas siempre querían volver.

¿Debemos tomar su novela como autobiográfica?
Lo único real es la actitud del chico, que es el hijo de una familia burguesa donde impera el silencio y donde nadie le hace caso, y el corazón de las españolas, que corresponde al corazón real de aquellas emigrantes. Eso es lo que hay de verdad en la novela. El resto es pura imaginación. En sus novelas, las mujeres siempre tienen más fuerza que los hombres. Es que las mujeres que he conocido eran más fuertes e inteligentes que los hombres, además de tener más coraje. Recuerdo a la mujer de Dalí, Gala, que era muchísimo más dura que él.

Usted ha tenido tres protectoras: Marie-Laure de Noialles, Madame Castaing y Liliane Bettencourt. Y en Las españolas del metro Pompe también muestra un deseo de ser protegido por mujeres. ¿De dónde viene esa necesidad?
Relacionar eso es una tontería. Las tres mujeres de las que habla llegaron a mi vida muchos años después de escribir esta novela. Yo ya no era el mismo chico que cuando conocí a las españolas de Pompe, ni tampoco era la misma época, ni siquiera era el mismo dinero. Hay periodistas que quieren ver un mundo erótico o literario en mi vida real, pero es un error inmenso. Cuando escribo, la realidad se esfuma, así que se equivoca quien busca datos sobre mi vida en mi obra. Cuando escribí esas dos novelas, ni siquiera había oído hablar de Madame Bettencourt.

¿Cómo afecta a un escritor la presión social por un caso como el Bettencourt?
La presión social me importa poco, porque sólo me interesa la creatividad. Recuerdo que, durante mi juventud, yo estaba obsesionado por encontrar el porqué de las cosas. Me pasaba el día preguntándome por qué esto y por qué lo otro. Eso es lo único que me interesa. El porqué de las cosas.

¿Ha encontrado respuesta a algún porqué?
El paso de los años sólo me ha permitido entender una cosa: la justicia es un imposible. Todo está guiado por la envidia y el dinero. No hay nada más que eso.

Descargar artículo en (.pdf)

Envía a un amigo


Aviso Legal

Libros del silencio

Castillejos 352, Bajo - 08025 Barcelona Tel: +34 | 934766919 - Fax: +34 | 934591026 - [email protected]