Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "Robert Stone: Recordando los sesenta" · David Sánchez Usanos (Revista Lecturas) -
  2. 22 de Diciembre de 2011
  1. Recordando los sesenta, de
  2. Robert Stone

Robert Stone, con este libro, nos introduce en su vida. Y lo hace de un modo absolutamente natural  consiguiendo, además, que nunca salgamos del todo. En efecto, al terminar Recordando los sesenta nuestro mundo no debería ser el mismo, hemos incorporado a nuestra mirada a un tipo que se ha ganado nuestro respeto. O, mejor dicho, a alguien que querríamos que nos respetase. Robert Stone es un jefe. En este contexto eso quiere decir, ante todo, que ha conquistado un lugar propio en el reino de las bellas letras. Recordando los sesenta no hace sino confirmar esa autoridad.
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Un jefe. Si estuviéramos en el barrio ―ese espacio, a caballo entre lo quimérico y lo real, en el que lo que importa resulta calibrado a partir de unas cuantas fórmulas elementales― diríamos que Robert Stone es un jefe. Como esto no es (todavía) el barrio, trataremos de expandir un poco más nuestra opinión. Robert Stone es un novelista norteamericano nacido en Brooklyn (Nueva York) en 1937. Con estos datos casi podríamos afirmar que lo tiene todo: haber nacido en Brooklyn y decidir ser escritor ―ser escritor es, ante todo, una decisión― es tener ya la mitad del camino recorrido. A uno le pasan cosas distintas dependiendo de en qué lugar del espacio-tiempo haya sido arrojado por el hado, y también, claro, las cosas se cuentan de un modo diferente en función de dónde y cuándo se ha nacido. O sea que, volviendo a lo de Brooklyn, Robert Stone sería otro tipo de escritor si hubiese nacido en, pongamos por caso, Matalascañas. Desde luego no nos habría entregado el libro que nos trae hoy hasta aquí. (Mientras escribo esto suena «Back Down South», de Kings of Leon, y, en estos momentos, me parece una de las mejores canciones que se han compuesto en lo que llevamos de siglo. Otro día volveré sobre ese particular.)

Rober Stone fue presentado en sociedad en el campo de las letras españolas relativamente pronto. De hecho, su primera novela, Hall of mirrors, fue traducida al castellano por Grijalbo (Una galería de espejos, 1971) apenas cuatro años después de su publicación en  Estados Unidos. Su última entrada en nuestro mercado editorial se debe, no obstante, a Libros del Silencio que decidió hacerse con los derechos de uno de sus libros más reconocidos, Dog soldiers, que editó en 2010. Fruto quizá de la buena acogida que la crítica dispensó a ese título (una novela escrita en 1974 en la que se conjugan «Vietnam», «heroína» y «contracultura»), la misma editorial pone ahora en nuestras manos esta crónica personal de aquella década mágica: Recordando los sesenta.

De un tiempo a esta parte, lo que más me interesa de la literatura tiene que ver con sus márgenes, con lo fronterizo, con aquello que suscita dudas a la hora de ser considerado literatura (que no resulta tan inequívocamente literario como una novela, vamos). Estoy hablando de las biografías, los epistolarios, los diarios, las memorias. También el periodismo podría encajar en este perfil. En mi mitología particular ―no nos engañemos, todos tenemos una― un tipo nacido en Brooklyn cuya juventud se desarrolla en los años sesenta en Norteamérica, que tiene por vocación la escritura y que decide, además, contármelo tiene muchas probabilidades de seducirme (iba a poner «llevarme al huerto», pero habíamos quedado en que esto no era el barrio).

En Recordando los sesenta la cosa empieza bien. Robert Stone está en un barco, concretamente en un carguero muy alejado de cualquier cosa que recuerde a la gloria. Desde allí nos cuenta jugosas historias acerca de lo que significaba estar en la marina americana a mediados de los cincuenta (que es un modo de dibujar para nosotros cómo eran las cosas —en América, en el mundo— antes de que la televisión lo trastocara todo). Pero lo que sin duda despunta es una disposición, un modo de analizar la vida y las relaciones humanas, que aúna  perspicacia, profundidad y falta de pretensiones. A lo mejor es algo que proporciona el mar, el mismo mar que le dio ―o que le prestó― su genio a esa figura inmortal de las letras inglesas (sí, estoy hablando de Conrad). Robert Stone no es Joseph Conrad, pero sí es alguien que quiere ser escritor, que atiende a la naturaleza humana y que, en sus ratos libres, allá en un camarote en mitad del Pacífico, alterna entre el jazz y On the road de Kerouac.

Cuidado porque, a pesar de esta última referencia (Neal Cassidy aparece en Recordando los sesenta, por cierto), el libro de Stone tiene la virtud de no caer en el tópico, de no acudir otra condenada vez a los motivos más transitados cuando se habla o se escribe acerca de «los sesenta». De hecho, resulta bastante llamativa la poca ―casi nula, dadas las circunstancias― presencia que la música (la música rock, naturalmente) tiene en estas memorias. Personalmente es algo que agradezco: suelo decepcionarme con los gustos musicales de la gente a la que admiro en otro campo y, a estas alturas, prefiero que no me hablen otra vez de los Beatles, de la tragedia de Altamont a propósito de aquel concierto de los Rolling Stones, o del hechizo que producían Grateful Dead. Lo cierto es que este libro no se entretiene demasiado en cosas de este jaez, no porque Robert Stone no estuviese al tanto (estoy seguro de que sabía dónde bullía lo importante, qué era lo que merecía la pena) o porque le concediese poca importancia al asunto (como prueba una frase, corta y certera: «Pero estaba a punto de aparecer el rock and roll, y eso lo cambiaría todo»). No. Este tipo de cuestiones no constituyen la trama de esta obra. En buena medida se puede decir que no figuran en Recordando los sesenta, y no están allí porque no hace falta que estén.

Robert Stone prefiere hablarnos de sus días a sueldo de periódicos sensacionalistas, de lo difícil que puede resultar esquivar una paliza en un aparcamiento, o de cómo se suelen torcer las cosas en las tabernas mejicanas conforme avanza la velada. Y le funciona. Nos transmite también el dilema de una decisión que, quien más quien menos, todo el mundo ha tenido alguna vez: embarcarse en una aventura —en una vida— incierta sí, pero con el aroma de lo auténtico, de lo intenso y tirarlo todo por la borda (esposa e hijo en su caso) o, simplemente, dejar pasar esa oportunidad, ese tren, ese fuego.

El retrato que nos ofrece de su admirado Ken Kesey, autor de Alguien voló sobre el nido del cuco, es una presentación acertadísima de la naturaleza del carisma. Y, de paso, encierra igualmente una verdadera teoría (más bien axiología) de las letras norteamericanas. Aquí ya vislumbramos algo del secreto de Stone, quizá del de toda su generación: estos tipos, coqueteando con la marginalidad, viviendo a ambos lados del filo, eran extraordinariamente cultos. Su actitud contestataria adquiere otro valor, otra altura, también por esa circunstancia. No se trata de mencionar a Shakespeare con cierto desparpajo. Eso es algo que, al fin y al cabo, se puede estudiar (o sea, que se puede fingir). Se trata, a lo mejor, de conocer a Scott Fitzgerald y citarle con absoluta pertinencia, guiado no por la impostura sino por la pasión, por el gusto genuino. De admitir (o confesar) el dominio absoluto de Hemingway. De saber, en definitiva, que Faulkner y Steinbeck son parte del paisaje de Estados Unidos; literalmente: contemplar las montañas de Santa Cruz o internarse en el valle de Salinas es leer a Steinbeck (y viceversa, claro).

En Recordando los sesenta se dibuja una curiosa relación entre el procesamiento de datos (y su industria) y las drogas psicodélicas, se da noticia de anécdotas gloriosas y hay buenas dosis de sentido del humor. Son trescientas páginas que dan para mucho (y que se leen de un golpe). Aunque, mirado desde otra posición, podría afirmarse que Robert Stone nos habla de algo tan viejo como el arte de contar historias: de cambios y de decepciones, de esperanza y de aprendizaje.

Robert Stone, con este libro, nos introduce en su vida. Es decir, que nos transporta a su mundo, a su tiempo, a su espacio. Y lo hace de un modo absolutamente natural  consiguiendo, además, que nunca salgamos del todo. En efecto, al terminar Recordando los sesenta nuestro mundo no debería ser el mismo, hemos incorporado a nuestra mirada —escribir es una manera de mirar— a un tipo que se ha ganado nuestro respeto. O, mejor dicho, a alguien que querríamos que nos respetase. La literatura es también una cuestión de distancia, de espacio, de territorio. Robert Stone, como decíamos al principio, es un jefe. En este contexto eso quiere decir, ante todo, que ha conquistado un lugar propio en el reino de las bellas letras. Recordando los sesenta no hace sino confirmar esa autoridad. (Con todo este asunto del respeto y el territorio, y teniendo en cuenta que estamos hablando de un tipo de Brooklyn, me empiezo a sentir como en una película de Scorsese. Eso es que la cosa ha ido bien.)

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