Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "¿Está Gila? Que se ponga..." · Xavi Ayén (La Vanguardia) -
  2. 10 de Diciembre de 2011
  1. Miguel Gila, vida y obra de un genio, de

Una biografía oficial recupera el genio del humorista y varios textos inéditos.
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Me da risa / vuestra solemnidad, / vuestra oratoria / antigua y rebuscada”. El humorista Miguel Gila (1919-2001), célebre por sus monólogos junto a un teléfono, escribía poemas a escondidas, y ahora podemos leer algunos de ellos en Miguel Gila (Libros del Silencio), obra que incluye una biografía del autor, escrita por el humorista Juan Carlos Ortega y el periodista Marc Lobato, un prólogo de Forges, tres monólogos inéditos, varias viñetas, dos obras de teatro y opiniones de, entre otros, Juan Marsé, Luis María Anson, Lluís Bassat o su hija, Malena Gila.

La presencia de su hija Malena otorga a la obra el carácter de biografía autorizada y, en efecto, los autores no entran en espinosos aspectos como el motivo de su viaje en 1968 a Argentina –donde se instaló con su familia para no reconocer a la hija que tuvo con otra mujer– o sobre los problemas económicos del final de su vida.

Sin embargo, la obra es interesante por otros aspectos. Como el de rastrear el paso de Gila por Barcelona, que empezó cuando era un feto en el vientre de su madre. Su padre recluta propinó un puñetazo a un sargento tras el cual, por miedo a las consecuencias, huyó en tren desde Madrid a Barcelona, donde se refugió, junto a su esposa encinta, en casa de la hermana de esta, que regentaba una peluquería de señoras en el número 18 de la ronda Sant Antoni. Allí vivieron dos meses los Gila, hasta que alquilaron un piso en la Barceloneta. Al poco, un desafortunado accidente en el rompeolas –una ola arrastró al malhadado padre y lo lanzó contra las rocas– acabó con la vida de Miguel Gila sénior, a los 22 años. Murió sentado en una silla, a las puertas del hospital Clínic, esperando una cama libre. A su hijo le faltaban dos meses para nacer. Muchísimos años después, en los 80, al volver de Argentina, Gila vivió en la calle Aribau, así como en hoteles como el Calderón o el Avenida Palace.

De su infancia, se recuerda que su abuelo paseaba por las calles de Madrid gritando su oficio –“¡el traa-peeee-roo!”–, lo que provocaba las burlas de los otros niños. “De aquella vergüenza –cuentan los autores– le vino su desprecio a la burla; él decía: ‘Desgraciadamente, muchos no ven la diferencia, pero la burla afea y el humor embellece’”.

Hay otros aspectos poco conocidos, como su animalismo: era contrario a las corridas de toros y a los festejos donde se torturan animales. También se explica cómo, en la Guerra Civil, fue hecho prisionero y unos soldados borrachos le fusilaron. Fingiendo haber muerto, consiguió salvar el pellejo. Años después, a pesar de ser republicano, actuó ante Franco, pues creyó que, de negarse, le impedirían trabajar. En democracia participó en las campañas de los socialistas Felipe González y Pasqual Maragall.

También aparece su etapa como dibujante en La Codorniz, los anuncios publicitarios (Filomatic), su pelea con Cifré –el creador del reportero Tribulete–, al que acusaba de plagiarle los chistes, sus monólogos televisivos –un precedente del auge actual del género, de hecho llegó a actuar en El club de la comedia–... y varias anécdotas, como que se compraba discos de rap o que, a pesar de ir a todos lados con un teléfono de mesa por si acaso, “su relación con los teléfonos reales fue distinta: tardó mucho en tener móvil y no lo utilizaba casi nunca”.

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