Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "Recordando los sesenta" · Alberto Olmos (Lector mal-herido) -
  2. 12 de Noviembre de 2011
  1. Recordando los sesenta, de
  2. Robert Stone

Pasadas unas cincuenta páginas, el gran Robert Stone empieza a montar la fontana de Trevi, a hablarnos de su vida personal, de su esposa, de infidelidades, de drogas que tomó y Ken Kesey tan chulito que nos era. Y mola.
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Da muchito miedo pensar que en 2040 seremos míticos, que ciudadanos aún por nacer tomarán este tiempo y a esta panda de imbéciles como leyenda. ¿De quién hablo? ¿Panda de imbéciles? De todos, de cualquiera, de cada cual y de nadie; de la ley no escrita que hace que la década antepasada fuera mejor que la pasada y que lo que pasó hace cuarenta años sea siempre la gran revolución o el gran revolcón, tú eliges.

Es todo culpa de la abuelía, de lo bien que cuenta el cuento falsificado el viejales de turno, con fotos en las manos, y El País.

Lo cierto es que leí estos dos libros hace ya un rato, pero no quería dejar de traer nuevamente al blog al gran Robert Stone, autor que, junto a otros cuantos anglos fantásticos, nos está trayendo puntualmente la editorial Libros del silencio, remitente habitual de paquetes a este blog.

El otro, La generación Beat, también me lo han enviado por la cara por mi prestigio internacional, pa decirlo todo y ahorrar para el M.

La lectura consecutiva de estos dos libros es curiosa: leyendo las primeras páginas de Recordando los sesenta echaba de menos al hombre, al narrador, a Robert, sus putas cosas personales; y leyendo La generación beat echaba de más al hombre, al narrador, a Bruce, sus putas cosas personales. Esto es así porque una memoria tiene que ser íntima, y un ensayo tiene que ser informativo, y traer a Robert Stone de Estados Unidos para arreglarnos el grifo de la ducha -cuando, como fontanero símil, podría armarnos la fontana de Trevi- es un poco subnormal; y, al mismo tiempo, llamar a un fontanero para una chapuza normalita -contarnos algo, cómo fue, cuándo, y tal- y que se nos ponga estupendo en el cuarto de baño y nos baile la cumbia ante el espejo, pues más subnormal que es.

Sin embargo, pasadas unas cincuenta páginas, Robert Stone empieza a montar la fontana, a hablarnos de su vida personal, de su esposa, de infidelidades, de drogas que tomó y Ken Kesey tan chulito que nos era. Y mola.

Sin embargo, pasadas cincuenta páginas del de Bruce Cook, el tipo no deja de inmiscuirse en el relato y, lo siento, a mí me importa tres cojones Bruce Cook y no sé quién es y no sé qué hace asomando la cara en cada mito que perfila y por qué no se agacha y engrisece como es lo propio de un puto ensayista histórico.

Lo beat fue una cosa de los 50 de cuatro amigos y un camión que los hacía felices -por otra parte- y no sabe uno cuánto tiempo tendremos que recordar sus gorrillas y lo malotes que se creían que eran; lo beat aburre mucho ya.

Piedad.

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