Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

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PASCAL QUIGNARD

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  1. "Humor de genio a este lado del teléfono" · Laura Fernández (Tendències, El Mundo) -
  2. 15 de Diciembre de 2011
  1. Miguel Gila, vida y obra de un genio, de

La primera y adictiva biografía de Miguel Gila se centra en la génesis del genial humorista, respondiendo todas las preguntas que genera su particular sentido del humor ‘telefónico’ a una década de su muerte.
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El humorista Juan Carlos Ortega y el periodista Marc Lobato resucitan a Miguel Gila con una biografía que se sumerge en la vida del humorista (prestándole especial atención a su infancia) para tratar de determinar qué le llevó a dedicar su vida a la risa de los demás.

De niño, jugaba con pinzas de la ropa. Creía que eran soldados. Una pinza, un soldado a pie. Dos pinzas, un soldado a caballo. Las pinzas hablaban entre ellas. Y les traía sin cuidado si eran o no enemigas. Miguel Gila no tuvo demasiados juguetes. Creció con sus abuelos paternos, después de que un absurdo accidente mientras pescaba cangrejos en la Barceloneta acabara con la vida de su padre (cuando sólo tenía 22 años y aún quedaban unos meses para que naciera Miguel) y de que su madre volviera a casarse, y no podían permitirse demasiados lujos. Por eso cuando empezó a ganar dinero se compró un Meccano, porque de pequeño le hubiese encantado subir a sus soldados-pinza al Meccano de su único amigo rico, pero sus padres no dejaban a Miguel entrar en casa con lo que ellos consideraban sucios trozos de madera. No veían a los soldados. Él no podía dejar de verlos.

«Le gustaba jugar con las pinzas porque así podía imaginárselo todo, los juguetes de su amigo rico eran demasiado perfectos y limitaban el juego», asegura Juan Carlos Ortega, también humorista y autor de Miguel Gila, vida y obra de un genio (Libros del Silencio) junto al periodista Marc Lobato. «Los dos somos fans de Gila desde siempre, de hecho charlamos con él en un par de ocasiones en sus últimos años, en Barcelona. Y pensamos que quizá era una buena idea hacer una biografía y que se publicara coincidiendo con el décimo aniversario de su muerte», cuenta Juan Carlos. Así que se pusieron manos a la obra. Lo primero fue ponerse en contacto con su hija Malena. «La conocíamos y se mostró dispuesta desde el principio. Nos dijo que sólo nos dejaría el material si la hacíamos nosotros y que sería la única vez que abriría sus puertas a alguien que estuviera interesado en la vida de su padre. Así que la decisión estaba tomada. Lo haríamos», dice Marc. Pero una vez reunido el material, la pregunta era: ¿Cómo?. «Tuvimos un momento de crisis absoluta. ¿Cómo se escribía una biografía?», recuerda Juan Carlos. ¿La respuesta? «Olvidar todo lo has leído hasta la fecha y tratar de hacer algo nuevo».

El resultado es una biografía a la vez atractiva y adictiva, en la que se suceden los personajes que, como secundarios de lujo, moldean la figura del protagonista hasta hacerla omnipresente y permitir explicar cómo cada uno de los golpes que le dieron (cada una de las relaciones que estableció con cada uno de los personajes que se enumeran) formaron al niño primero, al joven después y, mientras tanto, al humorista que para Forges es descendiente directo de Cervantes y Quevedo. «No es una exageración, la esencia de su humor es universal pero la forma es auténticamente española y está emparentada con Cervantes y Quevedo. Quevedo luchaba contra la oscuridad de Góngora. Y Gila hacía algo parecido», dice Marc. Gila luchaba contra la oscuridad de una época. Y contra su propia oscuridad. «Utilizó el humor como coraza. Todos sus monólogos contienen en realidad un montón de información sobre su vida, sobre los trabajos de su madre, sobre la muerte de su padre, sobre todo lo que le rodeaba, son muy autobiográficos, pero se escapan hacia el absurdo, un absurdo basado no en situaciones imposibles sino únicamente improbables, porque era posible que hubiera una familia que tuviera una vaca en el balcón para que le diera leche fresca y que un día se le cayera un cuerno y matara por accidente a un señor », asegura Juan Carlos, citando uno de sus monólogos.

¿Y el asunto del teléfono? «Al principio Gila intentó tener parejas en escena, porque no quería perderse las posibilidades cómicas del diálogo, pero la cosa no funcionaba. Sus textos tenía que interpretarlos él. Fue entonces cuando se le ocurrió que podía utilizar un teléfono y fingir que hablaba con alguien que no estaba presente. Y el teléfono no sólo lo convirtió en el rey de las pausas, algo realmente necesario cuando se está haciendo humor, sino también en el primer humorista que no debía esperar quieto a que su público dejara de reír, porque podía hacer como que seguía escuchando a quien hubiera al otro lado del teléfono», contesta Juan Carlos. Su obsesión por los soldados, al principio motivada por el hecho de que su padre fue uno de ellos (hasta que una infortunada bofetada lo convirtió en prófugo) y más tarde por su participación en la Guerra Civil española (luchó en el bando republicano y fue apresado y fusilado, sólo que como él solía decir, «me fusilaron mal» y lo dieron por muerto cuando aún estaba vivo), puede tener que ver con la coraza que mencionaba Juan Carlos. Deformó la realidad hasta convertirla en algo no doloroso. «Desde pequeño disfrutó haciendo reír a los demás», apunta Marc, aunque nunca se definía como humorista, sino como dibujante (en realidad, humorista gráfico) y escondió todos los poemas que escribió. Hasta el punto de que los primeros que se publican lo hacen en esta biografía. Y de que su hija Malena ni siquiera se había atrevido a leerlos antes de que Juan Carlos y Marc llamaran a su puerta. Por miedo a que fuesen demasiado íntimos. «Y lo son», certifica Juan Carlos.

El ‘búnker’ y un zoo en casa

Miguel Gila tenía una libreta en la que ponía nota a sus actuaciones. «Era muy exigente», dice Marc Lobato. Pero no sólo consigo mismo, también con el público. «Ponía nota al público y cuando volvía a la misma sala, trataba de superar, no sólo su nota, sino la que le había puesto al público», añade. Y tenía que emplearse a fondo. A veces, cuando temía una crítica, se la daba a leer primero a su mujer que, por cierto, le daba algunas ideas para sus monólogos. Malena recuerda al final del libro que extraía muchas de esas ideas de ‘El Caso’. También recuerda que su casa era un pequeño zoológico. Pájaros (desde un ruiseñor japonés hasta una tórtola a la que llamaba Mireia), tortugas (una especie protegida de Argentina que sacaban de casa en una caja de zapatos), incluso un pequeño doberman con el que Gila viajaba a todas partes. Si tenía que viajar se llevaba una novela de Verne, su escritor favorito (además de los rusos). Llamaba a su habitación de escritura ‘búnker’ y pese a que adoraba su teléfono de otra época, odiaba los móviles. Le gustaba hablar de política y forrar los libros de su hija. «Era como si tuviera nostalgia de lo que no había hecho», dice la propia Malena. ¿Su plato favorito? Huevos fritos con patatas. Un clásico.

VENGA MOJAS · Cómicos

«Es el padre del que todos hemos heredado»

«Creemos que el sueño de cualquier cómico es poder expresar lo máximo y tratar los temas más trascendentales de la forma más radicalmente simple y llana. Bueno, de hecho podría ser el sueño de cualquier comunicador. Pero la figura del humorista tiene la ventaja de poder camuflarse en la piel de un tonto con tal de hacer reír. Es una ventaja porque el público baja la guardia, se relaja, y entonces es cuando uno puede entrar más a fondo en materia. Pepe Rubianes, Joaquín Reyes, y por supuesto Gila, son algunos de nuestros referentes más poderosos precisamente por esta razón. Y a Gila en concreto se le debe de atribuir sin duda el papel de padre del que todos heredamos esta intención de barajar temas tan universales y potentes como el amor o la guerra con las herramientas más humildes. Poder hacer reír con eso es una maravilla».

CARLO PADIAL · Escritor

«No necesitaba recurrir al grito o a la broma fácil»

«Gila me impresionaba mucho cuando era pequeño. A mi madre le encantaba. En casa todo el mundo se callaba cuando hablaba Gila por la tele. En mi cabeza, que no distinguía países ni idiomas, Gila pertenecía a la misma clase de humoristas que los Hermanos Marx, Tip y Coll, Bugs Bunny y el Pato Lucas. Creo que la clave de su éxito era que escribía muy buenos monólogos, perfectamente construidos, y representados por un personaje escénico que los acompañaba perfectamente. Además, en una época donde no se estilaba demasiado ser tan pulido ni tan fino. No necesitaba recurrir al grito, ni al chascarrillo, ni al esperpento, o la broma fácil. Aunque me gusta mucho, no creo que sea una influencia para mí, y tampoco en los humoristas más jóvenes. Así como sí la veo de Monthy Python por todas partes, por ejemplo. Hace unos años me sorprendió bastante descubrir las similitudes que tiene el humor de Gila con un cómico llamado Shelley Berman (que por cierto interpreta al padre de Larry David en Curb Your Enthusiasm) de finales de los años 50 y principios de los 60. Es un humor bastante parecido. Ambos utilizaban el teléfono, y lo usaban para explicar historias bastante absurdas e irónicas, muy sutiles. Me pregunto si en la biografía de Juan Carlos Ortega se toca la influencia que pudo tener la stand up comedy americana de esa época. Si no recuerdo mal, Gila viajó a Estados Unidos».

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