Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

Si quieres recibir información sobre nuestros títulos, suscríbete a nuestro boletín aquí.

  1. "Ese pez nadará muy lejos" · Tiempo -
  2. 28 de Octubre de 2011
  1. Mi madre es un pez, de

Mi madre es un pez es una extraordinaria antología de relatos de algunos de los mejores narradores actuales en castellano. En esas páginas está el futuro del idioma.
· · ·

Juan pronuncia, pulcro, Fólner, a veces casi Fólcner, sugiriendo la k con un elegante golpe de glotis, que se nota lo justo; Sergi, sin embargo, bromea y dice Fúlner, a lo cazurro, pero en el fondo da lo mismo porque ambos están hablando de William Faulkner, que es quien parece tener, allá en el fondo, la culpa de todo esto.

Dioses hay muchos y cada cual escoge los que mejor le cuadran, para desesperación de monoteístas y otros tiranosaurios. Pero se suele empezar por la otra punta. En mi tiempo, el Charrito y yo cruzamos sin mirar de Neruda a Cortázar sin más contratiempos que los propios del paso de la adolescencia a la juventud, y ahí nos quedamos los dos, sin inventar nada porque eso era imposible: don Julio lo había inventado absolutamente todo, decíamos. Había inventado hasta la noción misma de invención (aquello de “abrir la puerta para ir a jugar”), y quién podía con eso, a ver. Así que le colgamos una frase a Dámaso Alonso según la cual la historia de la humanidad se dividía en dos épocas, antes y después de Rayuela; nos hicimos monoteístas de Julio e íbamos a rezarle cada noche ante una foto suya que habíamos fijado con chinchetas en la pared de El Cafetín.

Entonces, supongo que ahora también, los que andábamos metidos en letras éramos de Cortázar, de Borges o de García Márquez como se era del Madrí, del Aleti o de la Cultural y Deportiva Leonesa: intransigente, excluyentemente. Podías leer a los otros, cómo no, pero se te tenía que notar cara de estreñimiento comparativo cuando decías: “Eso de la historia del nosequé de la infamia está bien, pero es que como el capítulo 68 de Rayuela...” Y ahí nos poníamos a recitar con unción y reverencia, “Apenas él le amalaba el noema a ella se le agolpaba el clémiso”, etcétera, Papalaguinda arriba, Papalaguinda abajo, porque el 68 nos lo sabíamos de memoria como si fuesen las letanías lauretanas. Para eso estaba.

El problema era ponerse a escribir. Porque los monagos nos emperrábamos -devoción obliga- en imitar a Julio casi hasta el borde mismo del plagio, y claro, eso es imposible además de inútil: el monoteísmo literario, si lleva a alguna parte, es al cuarto de baño. El Charrito aguantó unos años, pocos; luego se hizo oceanógrafo -tal era su desesperación-, se casó con la Corrijona y hasta verte, Jesús mío. Y este caballo, muchos años después y ante el pelotón de fusilamiento de la vida, sigue sin saber cómo escribe pero al menos conserva la capacidad de deslumbramiento, y ahí volvemos a Juan, a Sergi y a don William.

A Juan Soto Ivars y a Sergi Bellver les conocen ustedes porque les vienen leyendo en Tiempo desde hace ya bastante. Es posible, y fervorosamente deseable, que les conozcan de más cosas. Mantienen con Faulkner, con Fólner e incluso -los sábados por la noche, muy tarde- con Fúlner una relación mutuamente carnívora que podría recordar a lo que nos pasaba al Charrito y a mí con Cortázar, pero la diferencia es esencial: aquí no hay ni monoteísmo, ni adoración nocturna, ni mucho menos onanismo imitativo. Vamos, que escriben con una eficacia y una fuerza (¿o sería mejor decir puntería?) capaz de matar de envidia no ya a un caballo sino a toda la Brigada Ligera en Balaclava. Y como no son los únicos ni mucho menos, se producen inexplicables prodigios del tamaño de Mi madre es un pez.

El ojo del huracán

Nosotros no nos habríamos atrevido porque vivíamos un tiempo en el que los milagros no existían o solo los hacía Pío XII cuando se le posaban los pajaritos en la sotana. Pero estos dos mantienen la inaudita convicción de que basta con que a uno se le ocurra una idea para que esa idea sea realizable. Así, a partir de un manojo de relatos cortos que apareció en alguna parte y que, por borgiana casualidad, hablaban todos de la familia, de sus obras y sus pompas, se les ocurrió llamar a muchos de los mejores narradores actuales en lengua española y proponerles una antología de relatos en los que el tema obligado fuese precisamente ese. La familia, sus límites y variedades, sus fronteras de lo real, que habría dicho Miguel Veyrat.

El resultado es un libro de título fulneriano que, háganme caso, dará que hablar a los futuros historiadores de la literatura. En un mundo devastado por la popularización del procesador de textos Word (había que ser muuuy hacha para marcarse 500 páginas con máquina de escribir; ahora eso lo hace cualquiera), Juan Soto y Sergi Bellver han reunido a 33 disciplinados escritores, no todos jóvenes ni parecidos entre sí pero todos vehementemente vivos, que han escrito un relato cada uno. Soto y Bellver no han caído en la villénica vanidad de ser, a la vez, antólogos y antologados: han elaborado nada más -y nada menos- que un prólogo a cuatro manos que deja sin aire al lector. 33 relatos, 360 páginas. Saquen ustedes la cuenta de la disciplina. La editorial, después de algunos tumbos, es Libros del Silencio.

La nómina habla por sí sola: Katya Adaui, Manuel Astur, Javier Avilés, Jon Bilbao, Javier Calvo, Matías Candeira, Fernando Cañero, Celso Castro, Mercedes Cebrián, Paula Cifuentes, Fernando Clemot, Aixa de la Cruz, Mariana Enríquez, Alfonso Fernández Burgos, Rodrigo Fresán, Esther García Llovet, Óscar Gual, Manuel Jabois, Andrea Jeftanovic, Paula Lapido, Sergio Lifante, Berta Marsé, Eduardo Mendoza, nuestro Ricardo Menéndez Salmón, Javier Moreno, Alberto Olmos, Antonio Ortuño, Camilo de Ory, Carlo Padial, Gabriel Sofer, Jordi Soler, Juan Terranova y David Ventura. Advertirán ustedes el democrático orden alfabético. Pues ahí están muchos de los escritores a los que los bachilleres del 2040 estudiarán en los institutos. A algunos los estudian ya. Otros llegarán a los libros de texto (y es de suponer que a los Grandes Premios) mucho antes del 2040. Y a todos les lee ahora mismo la gente que dedica su tiempo a algo más provechoso que Sálvame o la pleiesteision. En esa lista, que casi recuerda a la Residencia de Estudiantes de hace ochenta años, está el ojo del huracán, futuro de la literatura española. Que no sabemos cómo será, pero que está ahí.

Conserven ese libro. Y sigan, entre otros, a tres de los inventores: Bellver, Soto y Manuel Astur, que este verano se encerraron como goliardos en un pueblo asturiano y parieron una propuesta tanto estética como ética que parece un volcán islandés: el Nuevo Drama, o sea el retorno a la obra artística “profunda, insondable, valiente, que escarba y destapa la entraña y el pálpito de todas las cosas. ¿Contra qué? Contra lo falso, contra el cinismo y lo impostado, contra los decorados literarios de cartón piedra, contra el gato por libro”.

Fúlner no lo habría dicho mejor. Están ustedes avisados: el volcán ha entrado en erupción. Estos chicos vienen dando duro. El pez nadará muy lejos.

Leer en [Tiempo]

Envía a un amigo


Aviso Legal

Libros del silencio

Castillejos 352, Bajo - 08025 Barcelona Tel: +34 | 934766919 - Fax: +34 | 934591026 - [email protected]