Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "Mi madre tiene alas de murciélago" · Javier Calvo (El blog de Javier Calvo) -
  2. 02 de Octubre de 2011
  1. Mi madre es un pez, de

Todo lo que Mi madre es un pez tiene de excéntrico, en todo caso, lo tiene en beneficio del lector. Son 33 historias mayoritariamente extrañas, sí, pero en todo caso renuncian a la extrañeza formal y se centran en lo intrínsecamente extraños que son la familia y el mundo en general. Los que se han juntado te pueden gustar o no, pero más o menos todos se dedican a contar historias y dejarse de leches.
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El cincuenta por ciento de mi exigua producción de ficción de 2011 está desde hace un par de semanas en las librerías. Nada más que dos relatos he escrito este año: “Nínive” y “Alas de murciélago”, que se acaba de publicar en el libro colectivo Mi madre es un pez, en la editorial Libros del Silencio. Quienes lo lean no tendrá problemas para ver que Betty Blood y sus Hobgoblins están lejanamente inspirados en Siuxsie Sioux y sus Banshees, y la aparición de Betty en el relato como figura hipnótica e inaccesible tiene mucho que ver con mi obsesión adolescente (y adulta) con la cantante de Londres. Es mi primer relato ambientado en América desde “Arco Iris de Levedad”, publicado ya hace más de diez años, y el primero que tiene como escenario el mundo del rock. Solamente después de escribirlo leí “Carne” de Mariana Enríquez y descubrí que ambos relatos, el mío y el de ella, se parecen en muchos sentidos, y también me parece probable que alguna inspiración inconsciente me haya venido de los relatos de rockeros de Rodrigo Fresán.

Mi madre es un pez es un libro extraño. Fue concebido originalmente como antología de autores noveles españoles, pero luego el proyecto cambió sobre la marcha, se le adjudicó un tema (“la familia”) y se le añadieron autores con perfil distinto. En su versión final, cuenta con nada menos que 33 autores, la mayoría de los cuales se han dado a conocer en los últimos cinco años. Hay media docena larga de autores de mi quinta, además de Jordi Soler, Rodrigo Fresán y… Eduardo Mendoza (?). Asimismo, en la selección final hay 26 autores españoles y 7 latinoamericanos. Debido a que el libro parece haberse quedado a medio camino entre varias ideas distintas, es más sencillo leerlo simplemente en base a las premisas estéticas del prólogo, donde se presenta como colección de “escritores que huyen de la histeria de la posmodernidad, la doxa fragmentaria y la renuncia al drama”. Mi madre es un pez busca “Romper con la frialdad de la forma y la impostura de lo fragmentario por tendencia, resquebrajar ese hielo y hacer añicos la foto de grupo en el museo de arte contemporáneo o la sesión con fondo de armario hipster en el suplemento dominical. Renegar, en suma, de la versión más vacua de la posmodernidad (…) con una premisa: emocionar, decir, crear nuevos dramas”. Y ciertamente el libro es fiel a su premisa aristotélica: los que se han juntado te pueden gustar o no, pero más o menos todos (con un par de despistes) se dedican a contar historias y dejarse de leches.

Curiosamente, la secuencia de relatos, excéntricamente organizada en tres “volúmenes” asociados con sendos motivos literarios, resulta más coherente de lo que podría parecer a primera vista, ya que la gran mayoría de autores han elegido un tono marcadamente desapegado para hablar de la familia, que va entre lo puramente frío y lo grotesco/onírico. Como siempre, elegir qué es lo más representativo del libro (ya no digamos lo mejor) es una operación puramente personal, con la que sería estúpido pretender convencer a nadie. Posiblemente mi relato favorito del libro sea el que lo abre, “La sustitución de los cuerpos” de Rodrigo Fresán, relato sobre la ciencia ficción, igual que El fondo del cielo, donde Fresán coge el argumento de Invasion of the body Snatchers y la historia de sus remakes y se dedica a transmutar sus metáforas originales para crear un intensísimo e hipnótico texto sobre la inaccesibilidad de la memoria infantil, el refugio en los mundos de la ficción, el padre como Otro numinoso y el paso del tiempo (“la velocidad de las cosas”) como esencia del Yo. El divertidísimo y magistral “Soy el hijo de Sue” de Juan Terranova somete a los Cuatro Fantásticos de los cómics Marvel a todo el catálogo de desintegraciones históricas de la sociedad, la familia y el individuo de los 60 y los 70 y los deja hechos un pingajo disfuncional. “El ejército de los muertos” de Antonio Ortuño es un relato picaresco intrafamiliar, que juega con las ideas de la leyenda familiar y la transmisión oral para darle la vuelta al concepto atávico de la invocación de los antepasados. “La posesión” de Jordi Soler representa la maternidad como vampirismo, literalizando la metáfora y dándole aires de relato de terror. En el magnífico “La hostería” de Mariana Enríquez, variante del relato de casa encantada, dos chicas adolescentes enamoradas exploran un mundo nocturno adulto donde los fantasmas del pasado familiar se confunden con los del pasado político. Entre los españoles, Alberto Olmos firma en “Todos mis hijos” una maravillosa e inquietante desnaturalización del acto de la paternidad. “Omnívoros” de Mercedes Cebrián representa brillantemente la brecha en el seno de una familia a partir de sus modos de alimentación, y retrata al humano contemporáneo casi distópicamente a partir de su consumo en los supermercados alimentarios, entendidos como instancia post-humana que reemplaza a la familia. “Chuchos” de Óscar Gual empieza casi en clave de humor con la historia de un tipo hipnotizado para creer que es un perro, para luego ir sumiéndonos en un mundo lovecraftiano de cultos hipnóticos con los que el autor nos está diciendo burlonamente que las relaciones emocionales son simples frutos del condicionamiento y la convención.

Todo lo que Mi madre es un pez tiene de excéntrico, en todo caso, lo tiene en beneficio del lector. Son 33 historias mayoritariamente extrañas, sí, pero en todo caso renuncian a la extrañeza formal y se centran en lo intrínsecamente extraños que son la familia y el mundo en general.

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