Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "Libropesía y otras adicciones" · Guillermo Urbizu -
  2. 03 de Diciembre de 2009
  1. Libropesía y otras adicciones, de
  2. Luciano de Samosata

Por eso cuando vi en la librería la portada de Libropesía y otras adicciones (Libros del silencio) dejé sobre la mesa otros libros que llevaba en la mano y comencé a leer sobre la marcha. Una antología de textos sobre, por y para los libros (y lectores). Una antología llevada a cabo por Marçal Font, María Hernández y Júlia Ibarz, que se han dado el gustazo de darnos gusto a los demás. El prólogo corre a cargo de Alberto Manguel que, como su maestro Borges, no cesa de reivindicar la lectura por activa y por pasiva. Como una suerte de insurrección contra la estulticia (y la decadencia que conlleva), contra el acrítico pensamiento único (y débil, para más señas), contra la trivialidad de costumbres o la malversación del alma.
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Hay un tipo de libros por los que tengo una debilidad extrema. Son aquellos que hablan de la pasión por los idem; de la bibliofilia, bibliomanía o bibliodependencia (o mejor: biblioterapia); de la lectura y su historia, de las bibliotecas (a ser posible con fotografías), de los testimonios de lectores y sus correrías y anécdotas. No lo puedo evitar. En cuanto veo uno de esos libros me hago con él sin demora. Y me deleito de una manera muy especial. No es manía, es amor. Y un clamor, que diría Jorge Guillén. No es afán de coleccionismo, es querer ver y leer y sentir lo que otros como tú experimentan hoy como ayer, entre esos lomos y cubiertas y páginas y grabados. Porque se trata de un enamoramiento, en efecto, ¿cómo podría entenderse si no? Y curiosidad por supuesto, y un alto grado de devoción y la sospecha -o certeza- de lo infinito que ronda al hombre. Cuando la lectura se ha convertido en algo consustancial a tu vida ya no tienes opción, y no te conformas con leer y memorizar y aprender. Lo leído -esa actividad intelectual y por lo tanto espiritual- se manifiesta también en un amor físico. De ahí ese gusto por los libros, por tenerlos cerca, por olerlos y acariciarlos, por subrayar en ellos nuestro propio existir. Son signo de una felicidad posible, son memoria y profecía, canto y aventura. Son vida y son literatura. Y sin querer casi, vas haciendo acopio de esa forma de felicidad que son su presencia.

Por eso cuando vi en la librería la portada de Libropesía y otras adicciones (Libros del silencio) dejé sobre la mesa otros libros que llevaba en la mano y comencé a leer sobre la marcha. Una antología de textos sobre, por y para los libros (y lectores). Una antología llevada a cabo por Marçal Font, María Hernández y Júlia Ibarz, que se han dado el gustazo de darnos gusto a los demás. El prólogo corre a cargo de Alberto Manguel que, como su maestro Borges, no cesa de reivindicar la lectura por activa y por pasiva. Como una suerte de insurrección contra la estulticia (y la decadencia que conlleva), contra el acrítico pensamiento único (y débil, para más señas), contra la trivialidad de costumbres o la malversación del alma. De Manguel yo aconsejaría varios libros: la sobresaliente y deliciosa Una historia de la lectura (Lumen), y La biblioteca de noche, Con Borges y Diario de lecturas (los tres en Alianza). Pero prosigamos con Libropesía y otras adicciones. Consta de textos de siete autores. El término libropesía -“sed insaciable de pulmón librero”- procede precisamente de uno de los dos sonetos de Quevedo que aquí se reproducen. Los otros seis son “Contra el ignorante que compraba muchos libros”, de Luciano de Samosata (que no quien tiene muchos libros es más sabio); “La fuente del Potrillo”, de Niccoló Franco (testimonio del oficio librero recién aparecida la imprenta); “Bibliomanía”, de Flaubert (su primer cuento publicado, cuya trama sucede en Barcelona, donde narra de los estragos de que es capaz un librero por poseer determinados libros); “La Biblioteca Universal”, de Kurd Labwitz (traducido por vez primera íntegramente al español y que influyó mucho en Borges); “Bibliotecas vivas”, de Leopoldo Lugones (dirá que una biblioteca es algo vivo, un “taller espiritual”); y “¿Cómo hay que leer un libro?”, de Virginia Woolf (ella opinaba que había que leer despacio, con amor, de forma reflexiva y libre, educando poco a poco nuestro gusto y criterio).

El conjunto resultante es hermoso, como el homenaje que viene a ser: al libro y a la lectura, a cada lector que en silencio lee en un inhóspito rincón del tiempo. Pálpito de las almas que buscan descifrar el misterio que somos; rumor de palabras que se aventuran en el significado de la vida. Aliento, impulso, cifra. Diálogo, conocimiento, belleza. Paisaje, corazón, duda. El hombre que intenta comprender y que se sorprende.

[Leer en el blog Del escritorio de Guillermo Urbizu]

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