Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "Basado en hechos ficticios" · Eduardo Roldán (El Norte de Castilla) -
  2. 16 de Julio de 2011
  1. Constatación brutal del presente, de
  2. Javier Avilés

Habrá quien considere Constatación… un libro hermético. Lo es. Pero los vericuetos temporales y el vocabulario inusual o inventado – eventrado, clampear…– deberían suponer no un repelente sino un acicate. Javier Avilés exige al lector –o a quien sea que no haya muerto– que ponga algo de su parte. Sí, se trata de un libro hermético. Y extraño y turbador. Y también uno de los que más placer me ha proporcionado en mucho tiempo.
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¿Novela-complot? ¿Novela-acertijo? ¿Novela-red? ¿Contranovela? ¿Metanovela? ¿Meta/metanovela? ¿En qué cajón de esa obsesión editora que es la novela cabe meter Constatación brutal del presente? ¿Acaso importa? Dejémoslo en novela, simple y celianamente. Al artefacto literario ideado por Javier Avilés no le hacen falta apellidos, se sostiene por sí solo. Es decir, se sostiene siempre y cuando el lector quiera sostenerlo, y eso pese a que el lector, nos asegura la voz del (los) narrador(es) del texto, es posible que haya muerto.

Constatación… consta de dos partes fundamentales que se alimentan/iluminan recíprocamente, y en este sentido más de un lector –que en el intento no haya muerto– decidirá releer la primera una vez terminada la segunda. En la primera se presentan en contrapunto distintas voces con sus respectivas narraciones, voz una y plural, todas las voces la voz, y en ella se nos refiere una posible entrevista con un cineasta de identidad embozada (volveremos sobre esto más tarde) que ha rodado un documental sobre la falsa existencia de un edificio –La Cúpula– en el que sin embargo el entrevistador ha estado –de hecho narra el encuentro desde allí, si es que hubo encuentro–; una Sección 9 que bien pudiera llamarse Sección (Imposible) Memoria, que explica –o no– la existencia de La Cúpula; y una serie de textos –Fake, Un documental de…, El otro (versión definitiva), El fin– donde tienen cabida desde la reseña de cine de un documental ficticio hasta una serie de notas o mandamientos (in)conexos sobre la (im)posibilidad de narrar o la presencia del (los) otro(s) en uno. Y todo ello imbricado con el devenir de la peripecia narrativa, que también la hay en Constatación brutal del presente. Esta peripecia se desarrolla de manera velada y rigurosamente lineal en la segunda parte, cuyo título es idéntico al de la novela toda. Tres personajes/voces ya aludidos o mencionados en la primera caminan por un paisaje apocalíptico (pos/preapocalíptico) que acaso remita al lector –si no ha muerto– al Cormac McCarthy de La carretera.

Esta sería solo una de las muchas alusiones/elusiones juguetonas que propone el texto y que con gratitud se reciben. Así, en la página 15 creemos adivinar un diálogo entre Nabokov y Borges, que la siguiente confirma al menos al primero; en la 54 el cineasta Allen Smithy, enumera algunas perversiones de la producción cinematográfica, entre ellas la de «la autoría apócrifa de obras infames o problemáticas atribuida a autores ficticios». Bien. El propio Allen Smithy es una ficción: este nombre y sus inmediatas variaciones –Allen Smithee, Adam Smythee, etc. – es el seudónimo utilizado en Hollywood por los directores que no quieren asociar el suyo verdadero a un (sub)producto determinado. El juego, en Constatación brutal del presente, lo lleva, con mucha coherencia, JavierAvilés hasta el límite, y así el fotógrafo que firma su retrato en la contratapa es un tal Alan Smithee.

Este ejemplo nos aboca a uno de los temas fundamentales del libro: el sentido de lo real, la imposibilidad de conocer qué es eso que llamamos ‘realidad’, y la falacia que supone identificarla con la apariencia inmediata y aceptada por la generalidad. La realidad, como dijo uno de los autores mencionados en esta reseña y que recuerda el texto, es una palabra que siempre habría que escribir entre comillas. Pues resulta imposible aprehenderla en su totalidad, inevitablemente se nos escapa: por cambiante, por múltiple, por tan sin mapa. Convencionalmente asignamos a la realidad el valor de lo aparente, cuando lo aparente es tantas veces solo la máscara de la realidad. Ligado a este tema, el autor se ocupa del de la (im)posibilidad de alcanzar una narración verdadera, una narración capaz de atrapar lo real. Es la impotencia frustrante a la que se refería Cortázar en el párrafo inicial de Las babas del diablo  –«Nunca se sabrá cómo hay que contar esto, (…) Si se pudiera decir: yo vieron subir la luna, o: nos me duele el fondo de los ojos, y sobre todo así: tú la mujer rubia eran las nubes que siguen corriendo delante de mis tus sus nuestros vuestros sus rostros»–. Y es la impotencia congénita del acto de narrar: la imposibilidad de reproducir la pluralidad instantánea de la realidad, todas sus aristas simultáneas, con una herramienta, la escritura, que es sucesiva, lineal. Ni David Foster Wallace consiguió con sus notas al pie sortear este escollo consustancial al lenguaje escrito. Otros temas que Constatación… trata son, siempre con el problema de la realidad como referente, el de la falibilidad de la memoria –¿Somos lo que recordamos o el recuerdo es solo otra forma de la apariencia?– o el de la diferencia entre verdad y verosimilitud. Muchos productores de cine y televisión harían bien en leer los párrafos que J.A. dedica a la nauseabunda advertencia/ zanahoria de «Basado en hechos reales». La única realidad válida en arte es la realidad del artificio, del objeto artístico, y hasta que no se entienda esto al espectador lo seguirán anegando de basura audiovisual.

Habrá quien considere Constatación… un libro hermético. Lo es. Pero los vericuetos temporales y el vocabulario inusual o inventado – eventrado, clampear…– deberían suponer no un repelente sino un acicate. Javier Avilés exige al lector –o a quien sea que no haya muerto– que ponga algo de su parte, que actúe como lector-macho en lugar de lector-hembra, por acudir de nuevo a Cortázar y a su en este caso discutible nomenclatura. Sí, se trata de un libro hermético. Y extraño y turbador. Y también uno de los que más placer me ha proporcionado en mucho tiempo.

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