Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "Precipicio, abismo, devastación" · Ana Vega (La Nueva España) -
  2. 30 de Junio de 2011
  1. La mujer-precipicio, de
  2. Princesa Inca

En este libro se escuchan ecos de otras voces también devastadas por la batalla de la lucha invisible y los abismos a los que la mente puede arrojarnos, Silvia Plath, Anne Sexton, mujeres-precipicio que ahondaron no sólo en su condición femenina hasta el límite sino también más allá de lo que la propia cordura establece, un paso al frente en el vértigo de la supervivencia real de cada día y en el modo de enfrentarse a ello con una sinceridad absoluta e hiriente en el poema. [...] Pocas, muy pocas veces, insisto, encontramos ante nosotros libros necesarios como éste.
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Los libros necesarios y la fuerza desgarradora de los poemas de Cristina

Pocas, muy pocas veces nos encontramos ante un primer libro de poemas con la fuerza desgarradora que nos ofrece Cristina Martín, Princesa Inca. Miembro activo de la Asociación Sociocultural Radio Nikosia, que lucha contra la estigmatización de las enfermedades mentales, demuestra con sus versos y su voz una lucidez que sólo la supervivencia extrema puede otorgar. Este libro, por tanto, es la prueba de una concepción equivocada que de un modo insensato justificamos cada día intentando apartar de nuestra sociedad todo aquello que no se deja ser etiquetado, clasificado, nombrado o simplemente aquello que tememos, lo que creemos fuera de esa «normalidad» a la que todos nos aferramos por puro terror ante lo desconocido: «Farolas rotas recuerdan que esto no es el paraíso».

En este libro se escuchan ecos de otras voces también devastadas por la batalla de la lucha invisible y los abismos a los que la mente puede arrojarnos, Silvia Plath, Anne Sexton, mujeres-precipicio que ahondaron no sólo en su condición femenina hasta el límite sino también más allá de lo que la propia cordura establece, un paso al frente en el vértigo de la supervivencia real de cada día y en el modo de enfrentarse a ello con una sinceridad absoluta e hiriente en el poema («Que la poesía haga daño. Que meta la mano hasta arrancarte el estómago. / Que la poesía no sea hermosa ni nos haga acudir a teatros, / a salas de actos pulidas y con sillas en fila. / Que la poesía provoque el vómito, la fiebre, que no nos deje/ dormir en mitad de la noche.../ Que duela, que duela hasta quebrar la hipocresía, la apariencia, / que queme, que no sea ni un canto, ni un suspiro, / que tenga la fuerza rabiosa de la vida. No cantos sino gritos/ No son palabras sino gritos lo que pongo ahora en tus manos»). Catarsis, autopsia de una fidelidad tal que supone cierto esfuerzo, crudeza y empatía máxima por parte del lector, que ha de mantener el equilibrio en esta apuesta por llegar hasta el borde, por empujarnos a ver aquello que más duele, situarnos en el lugar exacto donde nace, crece y se desarrolla el dolor.

No es ésta una lectura fácil para quienes buscan en la poesía un oasis que los aleje de la realidad, que les permita huir, esconderse o buscar bellos lugares de metáforas imposibles que nos convenzan de una realidad que no existe ni ha existido nunca. Es éste un cuaderno de bitácora de la verdad, con todo lo que eso supone, de riesgo para el lector y quien escribe. Un refugio, sin embargo, para quienes han logrado atravesar abismos, para hombres y mujeres- precipicio y para quienes sí conocen de primera mano la realidad o verdad que aquí se narra, no se desvela, se reconoce, se alza la voz para nombrarla: «Hay ojos que son ciegos viéndolo todo/ luego existen ojos que lo ven todo y acaban cegándose».

Y qué hermosa puede ser la verdad aunque duela, qué «hermosa puede ser una mujer semidestruida, / brilla con la verdad decaída de una ciudad antigua y sucia, / sus ojos son callejones, son territorios donde transitar para reconocerse», qué belleza tan clara y limpia la de una voz sincera que surge por vez primera de lo más profundo del alma. Princesa Inca es una mujer que «se escupe de sí misma hacia el mundo». Pocas, muy pocas veces, insisto, encontramos ante nosotros libros necesarios (ese concepto que todo crítico debería valorar, como nos recuerda Constantino Bertolo en La cena de los notables) como éste. Lugares donde secar las lágrimas: «¡Todo a secar porque está inundado de lágrimas lo que miro, / lo que he tocado!». Tal vez sea cierto que esta ciudad y todas parecen «odiar a las princesas sin reino».

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