Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "Atrocity Exhibition" · Joaquín Ruano (Dylarama) -
  2. 06 de Junio de 2011
  1. Obra completa [ed. bilingüe], de
  2. Lois Pereiro

Lo que nos presenta Libros del Silencio en esta edición es una summa, y esto en varios sentidos: en primer lugar, una summa en tanto que recopilación de una impecable exhaustividad de toda su obra; en segundo lugar, una summa de saberes malditos, una summa que incluye la literatura, el cine, las ideas políticas, pero también la droga, la prostitución y la noche, y, por último, la summa de una vida, una vida que en absoluto está solamente compuesta de muerte, de destrucción y de desesperación, sino que, muy por el contrario, es una vida que, sobre todo, está llena de risas, de viajes, de pasión, de experiencias estéticas y de amor. Una vida que, parafraseando a Nietzsche, tiene el valor de ser vivida como una obra de arte.
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Atrocity Exhibition es, en primer lugar –y si nos atenemos al orden cronológico, el cual es tan cómodo como absurdo–, una obra de J.G. Ballard; en segundo lugar, una magnífica canción del efímero y trascendental grupo Joy Division, y por último (por ahora) un terrible poema (recordemos los ángeles terribles de Rilke) del poeta gallego Lois Pereiro. Hacer esta genealogía significa, más allá del onanista ejercicio filológico, preguntarse por qué Pereiro elige ese título, esa referencia; es decir, significa decir que, tras el encuentro estético, existe una declaración de intenciones.

En un texto de Luis Antonio de Villena que leía hace poco, el madrileño distinguía entre voz lógica (la que logra la magia del coloquio en poesía) y voz órfica (la que se esconde en la oscuridad del signo indescifrable). La poesía de Pereiro es un discurso que transcurre desde lo segundo hasta lo primero, pero siempre como exclamación de la unión indisoluble entre vida y poesía. Siempre como declaración de intenciones, hasta el –trágico– final.

Comienza como voz órfica: los poemas de Pereiro surgen de una filiación que lleva desde el simbolismo (el símbolo que sustituye a los misterios religiosos en la era industrial y postindustrial) hasta el punk. Entre medias, frecuentes guiños que, planteados a modo de enigma, nos llevan a visitar las vanguardias literarias o el situacionismo. Por supuesto que todo ello alude a expresiones artísticas y filosóficas (¿realmente hay alguna diferencia?) que exponen, muestran descarnadamente la destrucción propia, y por tanto la destrucción del mundo, como arma política. La voz de Pereiro es hija (y lo más importante: lo es porque lo elige) de esa estela de locura y aniquilamiento, pero también es hermana de toda una pléyade de ángeles caídos (la imagen es del propio Pereiro) que, en su tiempo, fueron notas de una sinfonía terrible que volvía a cantar el mito de Faetón: el que quiere dominar el sol y precisamente por ello perece. Estoy pensando en voces tan rigurosas como las de Aníbal Núñez, Leopoldo María Panero o Fernando Merlo, por poner sólo algunos ejemplos de la literatura española que se escribe en castellano. Literatura a la que Pereiro no pertenece, puesto que él escribe en –un bellísimo– gallego, pero con la que convive.

Digo que la obra de Pereiro empieza con una voz órfica: así lo podemos ver desde los primeros poemas, los escritos en la revista Loia, donde el lenguaje se desestructura. Esto se hace patente en la disolución que se da en muchos textos entre significante y significado (las palabras no quieren decir lo que dicen habitualmente o, siniestramente, parecen decir otra cosa), así como en la estructura sintáctica que adoptan sus versos, la cual rompe con los principios lógicos del lenguaje. Igualmente, lo podemos encontrar en la introducción de lenguas extrañas, léase lenguas extrañas al gallego, en el que se desarrolla principalmente su obra poética (él era un enamorado de las lenguas extranjeras, como escriben los que lo conocieron, hasta el punto de estudiarlas e involucrarse en su literatura). Porque lo que Pereiro, como todos los autores de los que se acompaña, hace es convertirse en un orfebre del lenguaje: un artesano que trabaja en su taller la alquimia del verbo.

¿Torre de marfil? ¡Nada más lejos! Es hastiante que a estas alturas se sigan teniendo que hacer estas aclaraciones –y sin embargo hay que hacerlas: la militancia política de Pereiro es impecable hasta sus últimos días, cuando, en sus diarios, se emociona con el surgir del EZLN en las montañas de Chiapas–. Lo que pasa es que hay una parte de la crítica que no quiere entender que Pereiro exige la heterodoxia. Pereiro exige, en lo poético como en lo vital, la política del sabotaje ante una sociedad mediatizada: “Quien desee realmente hacer algo [...] que se ponga ya manos a la obra y ayude a ejercer el sabotaje”, nos dice en su manifiesto Modesta proposición para renunciar a hacer girar la rueda hidráulica de una cíclica historia universal de la infamia. Manifiesto donde la política se une a la literatura que se une a la vida (y así se cierra el círculo). Como no podía ser menos, puesto que Pereiro es eso que Marx llamaba “conspiradores de profesión”, y que no era otra cosa que la bohème en su estado puro. La historia de Baudelaire, destruido por su terrible rigor estético. Del dandy al bohemio, Lois Pereiro es un ángel caído que denuncia desde su inmunda situación un Dios –una ley social– injusto e inflexible.

Pero la poesía de Pereiro, a medida que la vida va destruyendo al autor que la escribe, se va desnudando, despojándose, haciéndose más directa, y adquiere en esas maravillosas acotaciones/introducciones a sus últimos poemas la voz lógica de la que hablaba Villena, una confidencialidad que hiere con su belleza en una medida no menor a la de sus versos. Estoy hablando de su Poesía última de amor y enfermedad, libro que es, a su vez, tres libros, y que comprende los poemas escritos en sus tres últimos años de vida, 1992-1995 (en realidad murió al año siguiente, en 1996, pero en la antesala de la muerte que fueron estos últimos meses el Pereiro poeta ya volaba en la nada). Este último libro, que son tres, es un arrollador canto de cisne –jamás esta expresión alcanzó tal grado de certitud–. El autor se muere y nos habla, a la vez que se habla a sí mismo, de la muerte, de su muerte y de la muerte del mundo. Son poemas donde ya no cabe enigma porque son un grito desesperado que conmueve al lector hasta los cimientos, haciendo de su lectura un acto de constricción: asistir horrorizado al desvanecimiento de un alma que quiere vivir, que quiere vivir más que nunca y a toda costa, pero que sin embargo ve la inevitabilidad de la muerte. La ve y, no obstante, el alma no se resigna, sigue hasta el fin de su tiempo denunciándola, nombrando lo innombrable, la realidad tabú del sida. La denuncia e incluso la combate, usando en sus escritos el condicional para hablar de una vida que ya nunca será y que sin embargo ya es para siempre porque queda escrita.

En definitiva, lo que nos presenta Libros del Silencio en esta edición es una summa, y esto en varios sentidos. Una summa en tanto que recopilación de una impecable exhaustividad de toda su obra, completando el mosaico inconexo que muchas veces le queda al lector al sólo leer los libros canónicos de un autor. Pero también nos presenta otra summa, la que el propio Pereiro trabajó hasta el fin de sus días: una summa de saberes malditos (¿por qué no utilizar ya esta palabra, si el propio autor la usa?); una summa que incluye la literatura, el cine, las ideas políticas, pero también la droga, la prostitución y la noche. Por último, Libros del Silencio nos presenta la summa de una vida, una vida que en absoluto está solamente compuesta de muerte, de destrucción y de desesperación, sino que, muy por el contrario, es una vida que, sobre todo, está llena de risas, de viajes, de pasión, de experiencias estéticas y de amor. Una vida que, parafraseando a Nietzsche, tiene el valor de ser vivida como una obra de arte.

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