Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "En las noches más hermosas" · Gonzalo Canedo (Xornal de Galicia) -
  2. 15 de Mayo de 2011
  1. Obra completa [ed. bilingüe], de
  2. Lois Pereiro

Por su intemporalidad, su lenguaje descarnado y directo, su sensualidad, su ausencia de diminutivos, la sinceridad que pone en cada uno de sus versos, por la manera en que moderniza el gallego y lo eleva a cotas inéditas en los poetas del siglo XX introduciéndolo en el XXI, aunque él no haya podido vivirlo, por todo eso nos gusta ser parte de su mundo.
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A principios de los ochenta, A Coruña era una ciudad efervescente en la que más que nunca se reflejaba esa canción popular que dice: “Vivir na Coruña que bonito é, / andar de parranda e dormir de pé, / e dormir de pé, e dormir de pé / vivir na Coruña que bonito é”. Franco ya comenzaba a ser un recuerdo lejano, y las tentaciones involutivas parecían totalmente descartadas después del fracaso del 23F. Felipe González y sus jóvenes nacionalistas de izquierdas, como los definía la prensa internacional, empezaban a inyectar aire fresco y libre a una sociedad que lo aspiraba a grandes bocanadas, deseosa de olvidar cuanto antes la longa noite de pedra tan bien definida por Celso Emilio Ferreiro.

En Madrid comenzaba a gestarse “la movida”, ese movimiento cultural y popero del que a menudo se dice que sólo fue agua de borrajas, pero del que surgieron pintores, fotógrafos, poetas, cineastas, directores de escena, músicos y diseñadores que en un número muy importante siguen manteniendo una gran influencia treinta años después, y que en algunos casos aún son el referente fundamental en muchos de los campos de la cultura española.

En el noroeste, una vez atravesado el “telón de grelos”, no nos conformábamos con ser meros espectadores de lo que ocurría en Madrid. Galicia también quería ser parte de ese movimiento que comenzaba a calar entre los sectores más jóvenes de la sociedad española. Y entonces se produjo el milagro: por una vez, la respuesta a Madrid no procedía de su eterna rival, Barcelona; la alternativa a Madrid y su movida se producía en esa tierra extraña, brumosa y casi incomunicada con el resto de la península. Si en la capital de España surgía una revista como La Luna de Madrid, A Coruña le contestaba con La Naval o Luzes de Galiza, y Vigo con Tintimán: si vosotros tenéis una, nosotros tenemos tres. Si en Madrid la música pop explosionaba en multitud de grupos, Galicia le respondía con los grupos de rock más vanguardistas y tocacojones que jamás se habían visto en España: Siniestro Total, Radio Océano o Golpes Bajos. Mientras tanto, también incorporábamos a nuestra movida atlántica a grupos portugueses como GNR, y Julián Hernández proclamaba aquello de “Vigo, capital Lisboa”.

A Coruña y Vigo bullían de actividad, y la conexión entre ambas ciudades empezaba a ser constante. Las nuevas generaciones olvidaban las viejas rencillas locales, solamente atizadas por Paco Vázquez o “el compañeiro Soto”, que a los que estábamos pendientes de otras cosas nos parecían dinosaurios, algo más propio del franquismo que de la nueva época que estábamos viviendo. Creo que el tiempo nos ha dado la razón.

¿Qué tiene que ver el poeta con todo esto? La respuesta, considero, está en esa frase en que Manuel Rivas define a Pereiro como “el clásico que tiene la literatura gallega sin saberlo”. Como he dicho al principio de este artículo, en la década de los ochenta A Coruña era una ciudad que no quería dormir. Los menores de treinta años y algunos otros que sobrepasaban con creces esa edad abarrotábamos los bares y las calles de la zona del Orzán, y entre todas las personas que poblábamos las noches más hermosas que hasta entonces habíamos vivido había una que destacaba con especial intensidad: Lois Pereiro.

Lois siempre aparecía y desaparecía de repente; no era de los primeros en llegar ni de los últimos en marcharse. Su presencia cambiaba el ambiente: a medida que se iba acercando a los grupos que se formaban al amparo de la noche, de las copas y de los porros, uno notaba que todo iba cambiando, sin que aparentemente nada lo hiciese. Todas las miradas convergían en el punto donde él se situaba y se sentían atraídas por sus ojos de profundas y melancólicas honduras rosalianas. Apenas conocíamos su obra —algunos poemas sueltos en algunas de las revistas que antes he mencionado y poca cosa más—, pero ya entonces se decía que era el poeta más importante de su generación. Ninguno de nosotros sabía que Pere Gimferrer, en el año 2011, escribiría sobre él: “Para todos nosotros, Lois Pereiro conquistó, con palabras estremecidas y estremecedoras, la luz del ser, tras haber conquistado antes el ser del mundo”.

Nosotros éramos los primeros pobladores de ese mundo y aún no lo sabíamos; pero por su intemporalidad, su lenguaje descarnado y directo, su sensualidad, su ausencia de diminutivos, la sinceridad que pone en cada uno de sus versos, por la manera en que moderniza el gallego y lo eleva a cotas inéditas en los poetas del siglo XX introduciéndolo en el XXI, aunque él no haya podido vivirlo, por todo eso nos gusta ser parte de su mundo.

Leer en [Xornal de Galicia]

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