Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "Magdalenas a puñados" · Sergio del Molino (El blog de Sergio del Molino) -
  2. 05 de Mayo de 2011
  1. El afinador de habitaciones, de
  2. Celso Castro

Es fácil identificarse con la literatura de Celso Castro porque está escrita con las entrañas, con un estilo depuradísimo que destila verdad, que se aproxima de forma intangible a la oralidad más beoda y delirante.
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Supongo que habrá una explicación psicológica o similar para ese fenómeno por el cual, en los momentos críticos de nuestra vida, nos ponemos hasta arriba de magdalenas de Proust, como una adolescente americana se pondría hasta arriba de helado Ben & Jerry después de que su novio le pusiera los cuernos. Hay una pulsión por volver al vientre, por volver a visitar los lugares donde intuiste ser feliz o, más bien, donde no era concebible el dolor de ahora.

Yo no muerdo la magdalena: me zampo bolsas enteras y las mojo en un café con leche proustiano, de puchero, de cuando no había cafeteras Nespresso y la leche no se apellidaba “entera” porque no había otra. A ratos, sólo a ratos, cuando la soledad y la holganza lo permiten, intento rememorar lo que fui, y la epifanía no siempre se forma.

Escucho a Leño y a Barricada mientras pateo Barcelona. Me compro libros que leí a mis 15 años, como el Don Juan de Torrente-Ballester, donde encontré una verdad que me ha acompañado siempre: el ángel le dice a Don Juan que cada cual es la música que escuchó en su juventud, y que algunos tienen suerte y crecen con coros celestiales -como el ángel que habla-, y que otros, como el prota, se tienen que conformar con boleros y cancioncillas de tercera. Y no hay educación que cambie eso. Por mucho que uno se intente cultivar después, por mucho que se refine y se reinvente, esa música le acompañará siempre.

Creo que Flaubert venía a decir algo parecido en La educación sentimental.

Yo soy Leño y Barricada. Y aunque ya apenas los escuche y mi iPod esté lleno de tipos con tupé de Los Ángeles y de virtuosos del folk rock de la América profunda, vuelvo a ellos cuando quiero tener algo sólido en lo que reconocerme.

Así que camino por Barcelona y escucho música antibarcelonesa. Como un infiltrado: camino entre los modernos del barrio de Gracia sin que ellos sospechen que lo que suena en mis oídos tiene aliento de litrona y garrulez proletaria satisfecha.

Y también pienso en Celso Castro, un escritor del que hace tiempo que quería hablar aquí. Un escritor con dos obras en prosa sensacionales, ambas en Libros del Silencio y primera y segunda parte de una trilogía, tituladas El afinador de habitacones y Astillas. Debería escribir el afinador de habitaciones y astillas, pues Celso Castro es minusculista, no usa las mayúsculas y maneja los signos de puntuación con un sentido puramente estético, sin atenerse a norma o costumbre alguna.

Pero lo importante de su literatura, y la razón por la que me viene a la cabeza, es que son historias de adolescencia, de formación. Es decir, historias de descerebrados, en el sentido de que su protagonista tiene el cerebro a medio hacer y lo maltrata con drogas, como todo adolescente que no pertenezca a las Juventudes Socialistas. Es un relato en primera persona de la vida cotidiana de un chaval de 17 años de La Coruña. Un chaval que vive en la casa de su abuela con el fantasma de su madre suicida y empeñado en mezclar sus primeros escarceos sexuales con un alcoholismo desatado, una creciente afición por las anfetaminas y una soledad a la que intenta poner coto a base de poemas que anota en un cuaderno que él llama escombrera.

En uno de los talleres literarios que imparto llevé unos pasajes de el afinador de habitaciones con la ilusión de que los talleristas lo disfrutasen como yo. Y no les moló nada. Lo percibieron embolicado y extraño. Aunque luego alguno me confesó que había sacado el libro de la biblioteca (Marx nos libre de comprar libros) y le había gustado mucho. Supongo que a Celso Castro hay que degustarlo en soledad.

Yo no tenía afición por las anfetas y mi letraheridismo se ha expresado siempre en prosa, pero, en líneas generales, me identifico bastante con ese chaval coruñés que convive con fantasmas.

Y quién no.

Es fácil identificarse con la literatura de Celso Castro porque está escrita con las entrañas, con un estilo depuradísimo que destila verdad, que se aproxima de forma intangible a la oralidad más beoda y delirante.

Los leí en el hospital, como todo lo que leo últimamente, y pensaba en ese yo que ya no es más yo, pero que es capaz de sostener todavía a este yo que apenas se mantiene, especialmente si enchufa una de Barricada o de Leño.

Lo de Celso Castro, me temo, también es zamparse magdalenas proustianas a puñados. Magdalenas con forma de anfeta y coñac, pero magdalenas al fin.

PD.- Las cosas marchan bien: mi hijo Pablo ya tiene en su cuerpo su nueva médula. Ahora sólo nos queda esperar que injerte y que empiece a trabajar. Cruzar los dedos por que funcione y, en el ínterin, no surjan complicaciones. Son semanas chungas las que nos quedan por delante, pero mientras tenga mi música, creo que podré sobrellevarlas.

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