Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "Hay que luchar contra lo que llevas dentro" · Laura Fernández (El Mundo) -
  2. 07 de Mayo de 2011
  1. Los hermanos Himmler: historia de una familia alemana, de
  2. Katrin Himmler

"Mi padre tampoco sabía gran cosa. Es complicado para los hijos de los nazis decidir dónde ponen el límite. No sólo es cuestión de hasta qué punto quieren saber, es también hasta qué punto pueden querer a sus padres sabiendo que son monstruos, en mi caso, hasta qué punto podía querer a mi abuelo sabiendo que era un monstruo."
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Katrin Himmler, nieta del hermano de Heinrich Himmler, jefe nazi de las SS, relata su historia familiar en un libro

De niño le gustaban los trenes y los cañones. Escribía un diario que luego su padre leía religiosamente. Su padre era un maníaco del orden que, en su afán por controlarlo todo, llegaba a meterse, casi literalmente, «dentro de sus cabezas». Las cabezas pertenecían a sus tres hijos, Gebhard, Heinrich y Ernst. De apellido, Himmler. Heinrich era quien llevaba el citado diario, en el que un día, cuando todavía era un chaval, anotó que estaba pensando en «hacer de misionero en el bárbaro Este», esa región «inculta» del planeta, que parecía estar esperando conquistadores civilizados. Diez años después, se afilió al partido nazi y no tardaría en convertirse en comandante en jefe de las SS. La nieta de su hermano Ernst, Katrin Himmler, acaba de publicar un libro que reconstruye la infancia de los hermanos Himmler y todo lo que ocurrió hasta que un puñado de cápsulas de veneno acabaron con ellos.

Los hermanos Himmler. Historia de una familia alemana (Libros del Silencio) es lo que ocurrió cuando el padre de Katrin le pidió que echara un vistazo a unos expedientes sobre su abuelo que había en el Archivo Federal de Berlín. «Conocía muy bien al asesino del siglo, mi tío abuelo Heinrich, porque desde muy pronto mis padres se habían encargado de proporcionarme libros sobre la época nacionalsocialista y deshecha en lágrimas, me identificaba con los perseguidos y me avergonzaba de mi apellido y a menudo sentía una culpabilidad agobiante e inexplicable. Pero siempre había evitado afrontar el pasado de mi propia familia», cuenta Katrin. Antes de entrar en el Archivo Federal de Berlín, creía que su abuelo había sido nazi porque su hermano mayor, Heinrich, lo había sido. Y que en realidad nunca había creído en nada de todo eso. Pero no tardó en descubrir que todo lo que creía saber era mentira.

«Mi padre tampoco sabía gran cosa. Es complicado para los hijos de los nazis decidir dónde ponen el límite. No sólo es cuestión de hasta qué punto quieren saber, es también hasta qué punto pueden querer a sus padres sabiendo que son monstruos, en mi caso, hasta qué punto podía querer a mi abuelo sabiendo que era un monstruo», dice Katrin, a la que nunca le gustó demasiado su abuelo. «Para mí siempre será un extraño, porque aunque ahora sé muchas más cosas sobre él, aún me quedan lagunas, todo lo que tengo son fragmentos», dice Katrin, que se enamoró de un judío israleí descendiente de una familia superviviente del gueto de Varsovia, y tiene un montón de amigos en Israel, sólo que algunos aún no saben su nombre. «Nunca he tenido problemas por mi apellido. Sólo una vez en el colegio, cuando tenía 15 años, me preguntaron si era familia de ese Himmler del que hablaban los libros. Y dije que sí. En clase se hizo un silencio horrible. La profesora se puso nerviosa y siguió con la lección, perdiendo la oportunidad de hacernos comprender lo que nuestro pasado familiar nos une», cuenta la escritora.

Katrin estudió Ciencias Políticas y tiene problemas para controlar su autoexigencia, algo que, dice, comparten todos los alemanes, y que forma parte de la educación de los niños en su país. «Hay que luchar contra el perfeccionismo, contra lo que llevas dentro de tu pasado nazi, porque equivocarse es humano», dice Katrin. «Parece que los padres tienen un botón de apagado y encendido para el amor. Y que basan buena parte de la educación en la humillación, en hacer sentir inferiores a los niños, en reírse de ellos, en cierto sentido. Eso es algo que viene de antes del nazismo, pero que el nazismo, obviamente, acentuó. Algo de lo que tenemos que librarnos, poco a poco, pero no va a ser fácil», dice Himmler, que en parte ha escrito el libro para su hijo. «Quiero que lo lea algún día y descubra de dónde vengo y me entienda un poco más», dice. Porque lo difícil, asegura Katrin, es «asumir que tus padres, que tus abuelos, también estuvieron ahí. En las escuelas alemanas tiende a hablarse de la historia como si fuera algo que ocurrió y que no tuvo nada que ver con nosotros. No se nos anima a que preguntemos a nuestros padres, a nuestros abuelos, cómo vivieron esa época. Y las familias arrancan fotos de los álbumes, en las que salían con uniforme y esvástica, para evitar hablar del tema», cuenta. Por eso cree que su libro es necesario. Como son necesarias las reuniones de familiares de nazis. «Sí, sé que suena un poco bizarro, pero te hacen sentir que no estás solo, que ellos también están pasando por esto», dice.

Porque para la segunda generación, la de los hijos de los nazis, «era muy duro» pensar que sus padres habían sido «criminales», auténticos «monstruos», pero «para mi generación ya es distinto, muchos ni siquiera los conocimos, y no nos duele tanto», sentencia. «Aunque tampoco puedo decir que me haya sentido mejor después de escribir el libro», añade. Cree que sólo el tiempo puede acallar a los fantasmas. Y hace falta mucho tiempo para acallar al fantasma que lleva su apellido.

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