Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "Knockemstiff o érase una vez la ruda y perversa Ohio" · Laura Fernández (El Mundo) -
  2. 27 de Abril de 2011
  1. Knockemstiff, de
  2. Donald Ray Pollock

Knockemstiff es una vuelta de tuerca (brutal) al Winnesburg, Ohio, de Sherwood Anderson, además del primer disparo literario del tipo de la fábrica de papel que estuvo en el Infierno y firmó, desde allí, el primer clásico de la literatura norteamericana del siglo XXI.
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El autor debutante Donald Ray Pollock retrata la bruta América contemporánea en la devastadora novela

Knockemstiff es una ciudad fantasma. Hay caravanas hundidas en el barro, una gasolinera, una hondonada siniestra, un río poco profundo, un cine para coches en el que los padres enseñan a sus hijos a pegarse con otros críos, y una lavandería en la que chicas que coleccionan barritas de pescado cubiertas de pelusa intentan ligar con tipos colocados que nunca las querrán.

En Knockemstiff, Ohio, la vida es una caja de zapatos sin agujeros, oscura, asfixiante, maloliente. Donald Ray Pollock estuvo dentro de ella. Pero consiguió salir para contarlo. Knockemstiff (Libros del Silencio) es una vuelta de tuerca (brutal) al Winnesburg, Ohio, de Sherwood Anderson, además del primer disparo literario del tipo de la fábrica de papel que estuvo en el Infierno y firmó, desde allí, el primer clásico de la literatura norteamericana del siglo XXI.

«Ocurrió cuando llegué a los 45. Me di cuenta de que no quería irme a la tumba sin haber probado otra cosa que no fuese estar nueve horas diarias en una fábrica. Me dije entonces que siempre había sido un buen lector y que podía probar a escribir», cuenta Pollock. Así que se puso manos a la obra. «Por entonces trabajaba de cuatro de la mañana a una del mediodía. Cuando llegaba a casa, me echaba una siesta corta y me ponía delante del ordenador. Escribía durante cuatro horas. Al principio, durante el primer año y medio, sólo copié. Copié cuentos de Flannery O’Connor, de Sam Lipsyte, de John Cheever. Me hacía sentir parte del proceso creativo. Podía sentir casi lo que habían sentido al escribirlos. Cuando empecé no conocía a ningún escritor, así que eso era lo más cerca que podía estar de uno», confiesa. A continuación dice que sus novelas favoritas son Lo que queda del día, de Kazuo Ishiguro, y Las hermanas Grimes, de Richard Yates. Y que al menos ha leído dos vecesWinnesburg, Ohio.

«Mi cuento favorito es Manos. Creo que Anderson hizo todo lo que pudo con la vida en un pequeño pueblo de Ohio en la época en la que le tocó vivir. No era tan descarnado como yo, porque nada era tan brutal entonces», asegura el escritor. Pero, ¿por qué Ohio? ¿Qué tiene de asfixiantemente especial ese rincón de Estados Unidos? «No lo sé. Pero lo que creo es que te puedes sentir tan atrapado en una gran ciudad como en un pequeño pueblo. Todo depende siempre de ti, de tu carácter, de cómo hayas crecido. Lo que está claro es que en una ciudad tendrás muchas más oportunidades de escapar que en un pueblo. Empezando por que habrás recibido otro tipo de educación y podrás aspirar a otro tipo de trabajos», contesta.

Cuando era niño, recuerda Pollock, se pasaba el día en el bosque, montando a caballo y soñando despierto. «Crecí en una granja y siempre había trabajo que hacer», añade a continuación. «Me recuerdo ya entonces imaginando cómo sería ser otra persona y estar en otro lugar. Supongo que nunca me sentí a gusto conmigo mismo, nunca sentí que encajara. Era una combinación de adolescencia estúpida, problemas en casa y aislamiento social. Gracias a Dios ya no me siento así. La aceptación es la llave de muchas cosas», dice Pollock, a quien, como escritor, le interesan los personajes «atrapados por sus circunstancias y por las decisiones que han tomado». Y la vida que golpea sin contemplaciones, como un tornado decidido a devastarlo todo.

Pollock dejó el instituto a los 16. Y estuvo trabajando en un matadero hasta los 18. Luego estuvo en una fábrica de zapatos. Y mientras tanto, leía. «Leo mucho desde los nueve años, cuando sacaba los libros de la biblioteca del colegio. No recuerdo el primero que leí, pero sé que La librería embrujada, de Christopher Morley, fue uno de mis favoritos durante mucho tiempo. Luego leí a Earl Thompson, con 15 años, y aluciné. Fue como una revelación. Hasta entonces no tenía ni idea de que se podía escribir de forma tan honesta y visceral sobre el tipo de gente con la que había crecido», cuenta el escritor, que por entonces se consideraba «socialmente inepto» y se sentía «francamente inferior a todos los demás en muchos sentidos». «Me juntaba con los típicos tíos que se meten en problemas, y estaba más interesado en el alcohol y las drogas que en sacar buenas notas y en tener con quién ir al baile de fin de curso», recuerda.

Por suerte, las cosas han cambiado. ¿Lo próximo? «Una novela sobre el Bien y el Mal, con una pareja de asesinos en serie como protagonistas (Carl y Sandy Henderson), un sheriff corrupto y un puñado de predicadores siniestros», contesta. Ah, y, por supuesto, un buen chico llamado Arvin Eugene Russell, atrapado en ese mundo agonizante. ¿El título? The Devil All The Time (‘El Diablo todo el tiempo’).

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