Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "Función en el colegio" · Manuel Herrera (Sistema Digital) -
  2. 18 de Abril de 2011
  1. Función en el colegio, de
  2. Orio Vergani

Narrada con acierto, la novela consigue sortear con maestría y soltura dos de las grandes trampas que suelen estar presentes en este tipo de relatos: la sensiblería y la afectación. Con una prosa sencilla y diáfana, que no renuncia a momentos de gran fuerza lírica, Vergani consigue penetrar en el alma de Mario y mostrar, sin afección, el nacimiento de la pasión adolescente. Un amor puro, platónico, absoluto, que ni siquiera necesita saberse correspondido, un amor más allá del tiempo y de las servidumbres de la realidad.
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Siempre han sido una de mis pasiones aquellas novelas y películas que recrean el tiempo eterno de la infancia con sus aventuras, las grandes amistades que, en la mayoría de ocasiones, finalizan cuando irrumpe la chica o el chico de turno, los novillos y las competiciones del tipo ”a ver quien llega más lejos”. Ahí están Tom Sawyer, Huckleberry Finn o los chavales de la inolvidable película Cuenta conmigo. Añado a mi pequeño santuario de héroes a Mario Rondani, protagonista de Función en el colegio, una maravillosa novela de Orio Vergani, rememorado periodista, colaborador obligado del Corriere della Sera, crítico y dramaturgo. Como recuerda Francisco Rico en el prólogo que acompaña a esta edición, no suele aparecer entre las grandes plumas de la época, pero su repercusión como articulista le pone a la altura de figuras como Francisco Umbral o Josep Pla, citados en dicho prólogo a modo de referencias.

Íntimamente vinculada con otras obras ya clásicas sobre el tránsito de la infancia a la adolescencia como El gran Meaulnes y Helena o el mar del verano, las entrañables páginas de esta novela constituyen una auténtica exploración existencial del paisaje interior de Mario, un joven adolescente cuya vida transcurre entre el colegio, su panda de amigos, los deberes de latín y griego y —de vez en cuando— algún cigarrillo clandestino. Su cotidianeidad se verá alterada con la irrupción de Emilia, la hermana de su nuevo amigo rico, Giorgio, una delicada muchacha que le llevará a escudriñar el gran misterio del mundo: el amor.

Una representación teatral será el detonante de la perturbación que el joven vivirá a partir de entonces. Junto a Giorgio, acude a la función de teatro anual de las Ursulinas, a la que asisten todas las hijas de buena familia de la localidad. Este año se representa una pieza “del estilo de Quo Vadis?”, que ha escrito don Carmine, párroco de Santa Chiara. Allí acontecerá lo imprevisto: Mario, que no sabe nada del amor ni de las chicas, -“igual que no sabe nada de Australia, es como si todas ellas vivieran en otro continente, en una isla de fábula”- quedará de repente cautivado por una de ellas, Emilia. Nada más verla interpretando al patricio Clodio, Mario se enamora perdidamente, sufre una impetuosa y extraña sacudida que lo va a cambiar y que ya no le dejará.

A pesar de que no llega a cruzar palabra con Emilia, y aunque intuye dolorosamente que tal vez no vuelva a verla más –“Si se enamorara de otro, no me importaría nada. Me basta con quererla yo, y ni siquiera tengo interés en que lo sepa”-, toda su vida comienza a girar alrededor de su amada, convertida en una apariencia oculta pero infinitamente más real que cuanto le rodea. A la luz de esta revelación, Mario contempla con asombro cómo todo su universo anterior –los amigos que creía eternos, su mundo de travesuras y rutinas escolares- termina por desmoronarse. El misterio y hallazgo del amor –con toda su comitiva de dichas y adversidades- y la toma de conciencia de su propia soledad supondrán para él también el inevitable tránsito a la vida adulta.

Narrada con acierto, la novela consigue sortear con maestría y soltura dos de las grandes trampas que suelen estar presentes en este tipo de relatos: la sensiblería y la afectación. Con una prosa sencilla y diáfana, que no renuncia a momentos de gran fuerza lírica, Vergani consigue penetrar en el alma de Mario y mostrar, sin afección, el nacimiento de la pasión adolescente. Un amor puro, platónico, absoluto, que ni siquiera necesita saberse correspondido, un amor más allá del tiempo y de las servidumbres de la realidad. Habrá quien piense que este sentimiento tiene más de quimera solitaria que de verdadera pasión, pero al terminar el libro el lector no puede evitar preguntarse, con un estremecimiento, qué será de Mario, cómo cargará con el peso de su perfecto -¿e irrealizado?- primer amor. En resumen, un relato exquisito para el lector adulto que se vuelve a sus propios recuerdos juveniles, pero también, emocionalmente, para quien hoy busque las sensaciones de su primer amor.

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