Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "Entrevista a Celso Castro" · Borja Criado (Dylarama) -
  2. 15 de Abril de 2011
  1. Astillas, de
  2. Celso Castro

"Lo que yo busco es una literatura pura."
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Celso Castro habla como escribe, cosa bastante rara, porque lo que se suele intentar muchas veces en literatura es escribir como uno habla. Pero a Castro le sucede que tantos años buscando un estilo fluido, tantas páginas corregidas un día y otro y otro para dar con esa voz tan suya le han calado hasta en el habla.

Sabemos que nació en Galicia y que odia la literatura del punto y la escritura artificial, esa que se ensaya en los talleres de escritura profesional. Que astillas es la quinta novela que publica, la segunda de lo que él llama “relatos del yo”, continuación de el afinador de habitaciones, las dos en Libros del Silencio. Las dos en minúscula, que es lo que más resalta a primera vista de sus libros, pero que después de un par de páginas uno ya se olvida del asunto y no puede parar de leer justo por eso, porque no hay mayúsculas con las que tropezarse. Por eso y por la ansiedad vital de sus protagonistas, que es muy contagiosa.

Empezó como poeta, pero a los veintidós años dejó de escribir y tardó años en pintarrajear palabras en un papel. Podríamos decir que Joyce tuvo la culpa, y Beckett un poco también, que son dos de sus autores de referencia, pero a pesar de chocar con el silencio se atrevió a seguir escribiendo y se olvidó de la literatura del no.

¿Vive la literatura como una enfermedad?
No, no hago ese tipo de literatura. Mi escritura no es tan afectada, si acaso un poco cursi. Mis narradores son personas incapacitadas para vivir, el protagonista de astillas quiere pero no puede porque ya no está en la vida, no encuentra alicientes. Está vampirizado.

¿Qué quiere decir con que “ya no está en la vida”?
Quiero decir que es una persona que viene muerta de antes, es de ese tipo de personas que necesita de los demás, y que no es capaz de entregarse.

A pesar de tanta angustia vital y esa promesa de suicidio del protagonista, todo su libro parece una parodia existencialista.
Puede ser, porque lo que yo pretendo es hacer literatura humorística, pero al estilo de Joyce, que  empezó romántico y trágico en Retrato de un artista adolescente y se pasó al humor en el Ulises. A mí me gusta mucho Keaton, y Woody Allen y Charlot.

También hay un montón de escritores en sus novelas: se cita a Artaud, a Hegel, a Wittgenstein, a Flaubert…
Sí, pero no son tanto una referencia o una pista como una parte más del libro. Como la historia de Beckett en el afinador de habitaciones, que ya no recuerdo si la leí o no, pero eso no importa, lo que importa es que los personajes lo creen, para ellos es real.

¿Cree en la literatura como forma de evasión?
Creo que literatura es todo lo contrario, es una forma de desnudarse. Escribir es estar desnudo. Si te fijas, mis personajes siempre llevan las manos desnudas, no llevan anillos, ni nada, van a pelo.

Tuvo una crisis poética a los 22 años. ¿No ha vuelto a escribir poesía?
Escribí un recitativo (poema para ser leído en voz alta) entero con palabras inventadas y me di cuenta de que mi poesía se había convertido en una cáscara poética, sin poesía. Estuve años sin escribir. Luego empecé a pensar en escribir una novela, pero no sabía cómo hacerlas. Al tercer intento escribí la cuervo, que es el cuento que hay antes de el afinador de habitaciones.

¿Siempre escribió así?
Al principio intenté una prosa elevadísima, con lenguaje de filigrana. Fue en ese cuento la primera vez que pensé que tenía que buscar una prosa mucho más fluida, la única palabra de diccionario que hay en todo el cuento es “excrecencia”.

¿Aún tiene por ahí ese recitativo?
Sí, claro:
golca lusbe afolia
trosbe mar
depariva eg erce solvedad
pramen um liriado
hule supre:
¡terendarum!

recie froque almasmico
apsorte lazar
tiraro dado

Entonces ha dejado la poesía por completo.
Mi narrativa es una continuación de mi poesía.

Lo primero que llama la atención de sus libros es la ausencia de mayúsculas, que es lo que siempre le resaltan en las reseñas.
Las omito por una cuestión de ritmo, para conseguir que fluya la escritura. Y lo de las íes detrás de un punto, que son una conjunción bíblica, también, o lo de los párrafos cortados. Los párrafos me los planteé desde el principio.

¿Qué opinión tiene de la crítica?
Que es impresionante su falta de humildad. Una persona que jamás ha escrito un libro no puede criticar la obra de otro, no sabe el esfuerzo y el trabajo que cuesta hacer una novela. Todo se lo llevan a su terreno: vampirizan todo, la vida, la pintura, la gente. No soporto tampoco esas reseñas de dos por uno, te meten en el mismo saco porque no saben. Hay que leer con humildad.

Cuéntenos el método de trabajo que sigue.
Yo escribo muy poquito, siempre a mano, y corrijo muchísimo. Llevo mucho tiempo trabajando ciertas señas del estilo, necesito que las historias que cuento sean fluidas. El problema de tener un estilo muy marcado es que es fácil confundir a los personajes. En el relato la cuervo, por ejemplo, el narrador no es el mismo que el de el afinador de habitaciones, aunque mucha gente cree que sí. Conseguir naturalidad en la escritura es muy difícil.

¿Por eso la primera persona?
Yo busco una especie de intimidad, la voz en el oído. Por eso escribo en primera persona, sí, y sin reflexiones, para conseguir una voz desnuda, vulnerable, una literatura absolutamente fluida. He procurado fijarme mucho en la gente, en la forma de hablar. Los escritores contemporáneos suelen buscar o bien un lenguaje muy enrevesado o bien tirar hacia esa escritura profesional en la que están todas las novelas igual escritas. La gente no entiende que el estilo se tiene que personalizar, a un lector que busque expresión eso no le sirve. Aquello es una literatura necrosada, muerta.

Su escritura recuerda algunas veces a la de Thomas Bernhard.
Puede ser, es el único escritor que he leído en mucho tiempo con un estilo también tan propio, pero le pasa lo mismo: tiene un estilo tan marcado que es fácil confundir a los personajes, si uno no está acostumbrado. Además yo he visto en él repeticiones de descuido, no estéticas.

Mucha gente le compara con Salinger. ¿Qué autores le gustan?
A mí me encantaba Salinger. Me gusta también mucho el barroco español, y Cervantes, porque era muy expresivo. Sus novelas están narradas por gente que está allí. Me gustan sobre todo Bernhard, Joyce y Nietzsche, me gustan los aforismos, la idea de no poder pasarte ni media coma. También me gusta mucho Dostoievski, por su forma desbordante. H. James por el contenido. Proust es también de los más grandes. En cambio Faulkner no es tan grande.

¿No le gusta Faulkner?
No, porque la voz que utiliza no es fluida, hay demasiadas voces y todas se parecen mucho, y hay imágenes que no corresponden. Yo he sido de clase baja, y sé que la gente que él retrata no piensa así. Y lo mismo pasa en Joyce, en los monólogos interiores, por ejemplo, cuando uno piensa nadie se describe a sí mismo lo que ve, lo que ocurre. Tampoco soporto la literatura del punto, ni la intromisión del autor.

¿Se refiere a Raymond Carver?
Sí, por ejemplo, y a muchas de las cosas que se hacen hoy en día. La literatura del punto es torpísima desde el punto de vista del pensamiento, no hay fluidez, es artificial. Y tampoco quiero al autor de por medio. Y con lo de la intromisión me refiero a que lo que importa cuando uno escribe no es el autor, es lo que ha ocurrido, como los prerrafaelitas, que buscaban una pintura anterior. Lo que yo busco es una literatura pura.

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