Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "Sobre el teatro" · David Cano (Notodo) -
  2. 12 de Abril de 2011
  1. Sobre el teatro: artículos y cartas, de
  2. Antón Pávlovich Chéjov

La oportunidad que con este libro tiene el lector, sensible al lenguaje único y lacónico de este esposo de la medicina y amante del teatro, de acercarse al carácter puro de la obra de este dramaturgo universal es insuperable. [...] Pasear con reposo por estas páginas resulta el complemento perfecto para asimilar el carácter de su trabajo limpio y mordaz, lleno de verdad, evocaciones y realismo. Y es una manera asombrosamente didáctica de atar cabos, asintiendo y dilucidando la brillantez con la que interviene, con naturalidad desprovista de ningún esfuerzo, sobre la frágil desnudez y la tristeza oculta de esa criatura llamada humana.
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No se enfade. Cuando escribí la obra, tenía en cuenta sólo lo necesario, es decir, sólo los rasgos típicos rusos. Así, el exceso de exaltación, el sentimiento de culpa y el cansancio son puramente rusos. 

La oportunidad que con este libro tiene el lector, sensible al lenguaje único y lacónico de este esposo de la medicina y amante del teatro, de acercarse al carácter puro de la obra de este dramaturgo universal es insuperable. La riqueza y detalle de estas cartas y artículos, además de esbozar con claridad una biografía, una idiosincrasia, un talante, un humor, una cultura, una historia de cambio, una psicología y una preocupación, podría decirse, científica y honesta del ser humano, deviene en soluciones de acertijos perfectos que entraña su producción teatral y el poso de la alegre melancolía y silencioso fátum que se acomoda entre la mediocridad y lo ominoso (en tanto que humano) en su literatura. Cuando no en una inverosímil diversidad. Por eso pasear con reposo por estas páginas resulta el complemento perfecto para asimilar el carácter de su trabajo limpio y mordaz, lleno de verdad, evocaciones y realismo. Y es una manera asombrosamente didáctica de atar cabos, asintiendo y dilucidando la brillantez con la que interviene, con naturalidad desprovista de ningún esfuerzo, sobre la frágil desnudez y la tristeza oculta de esa criatura llamada humana. 

Claro está que Antón Pávlovich Chéjov amaba la vida y a los seres que cohabitaron en su tiempo. Y que también era un enamorado del humor y el sarcasmo. De ahí que su meticulosa capacidad médica y lírica estribe en saber enfocar con lupa y descubrirnos, a ojos de los que no gozamos de tales talentos, una verdad real que escuece como molesta y sublima como sulibella. Su franqueza a la hora de hablar con mordacidad, exaltación y retintín, en sus artículos, no sólo nos regalan más de una docena de medias sonrisas y buenas carcajadas, sino que siempre supone, al tiempo, un inteligente y locuaz tratado breviario de la verdad sobre aquello de lo que trata. Parte y reparte para sus contemporáneos en el ámbito del teatro. Tiene para actores pésimos y para caraduras de reventa, frecuentes de palcos, autores contemporáneos que pierden valores, el norte, los papeles y a sus recurrentes clásicos (Homero, Lope, Shakespeare, citados y recitados en estos edificantes escritos), para los que ajetrean el bullicio en el gallinero, para los críticos. Tiene para todos, y cómo diría aquél, tiene también hasta para el apuntador. Pero además de satirizar con estos comentarios donde normalmente se muestra inflexible, trasluce algo de amabilidad agridulce, pues también reflexiona, construye y endereza con una lucidez escueta que resulta, en la mayoría de los casos, espontáneamente maravillosa. 

El artista observa, escoge, deduce, compone; en efecto, estas acciones por sí mismas ya presuponen que en el origen hay una pregunta. Si el artista no se ha formulado previamente una pregunta no deduce nada y no escoge nada. Para ser más breve terminaré con la psiquiatría: si en el terreno de la creatividad se niega que existan la pregunta inicial y la intención, entonces hay que admitir que el artista crea sin premeditación y sin objetivo, sólo bajo el poder de las emociones; así pues, si algún autor se jactara ante mí de que ha escrito un relato sin una intención anticipada y reflexionada, y sólo gracias a la inspiración, lo llamaría loco. Para Chéjov la valía artística reside en la formulación de preguntas más que en el hallazgo de sus respuestas, por eso en su género epistolar, más analítico, diseccionado, taxonómico y estético (filosofal) hay un poso mucho más tangible de su verdadera personalidad. De vívida autocrítica, cierta frustración y autocensura, de ahogo y perfeccionismo obsesivo, de insatisfacción. Pero es en estas cartas donde seguimos un recorrido biográfico en una cronología de misivas fechadas que repasan viajes, fracasos y éxitos y una línea continua de su producción teatral desde El canto del cisne, hasta su querido Ivánov; del éxito tardío de La gaviota hasta El jardín de los cerezos, pasando por los procesos creativos y contrastados de El tío Vania y Las tres hermanas. Y constituyen un trabajo casi-ensayístico para destinatarios que son dramaturgos, directores, directores de arte, escritores, críticos, cantantes, actores, juristas, amantes, familiares, para los que tiene consejos, críticas desprejuiciadas, honestidad e inconformismo. Cuando no son para él mismo. 

Lluís Pasqual
prologa con admiración experta la percepción poética del maestro ruso desde el primer contacto que tuvo con estos trabajos extra-literarios en Italia, hasta sus anotaciones divagadas en su planteamiento creativo al acercarse a la obra del monstruo de Chéjov. Ese genio simple y complejo de palabras escuetas y reservadas, que crea mares de incomprensión, desasosiego y confusión donde nadan ahogándose sus personajes en una Rusia que adolece y donde sus zares y señores mueren en el cambio. Donde las atmósferas sobrevuelan el relato destacando la sencillez y el pensamiento palpitante de los personajes en un desplazamiento del humor por la miseria incisiva de la existencia humana. Me dan miedo los que buscan tendencias entre líneas y los que quieren verme a toda costa como un liberal o un conservador. Me gustaría ser un artista libre y basta, y lamento que Dios no me haya dado la fuerza para serlo. Odio la mentira y la violencia en todas sus formas. Considero que la reputación y la etiqueta son prejuicios. Mi sanctasanctórum es el cuerpo humano, la salud, la inteligencia, el talento, la inspiración, el amor y la libertad absoluta, la libertad de no estar sometido a la fuerza ni a la mentira, sea cual sea la forma que éstas puedan tomar. Éste es el programa que seguiría si fuera un gran artista. Me temo que lo eres, mi queridísimo Antón Pávlovich.

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