Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "Dos (o tres) libros singulares: exposición de virtudes mecánicas" · Vicente Luis Mora (Diario de lecturas) -
  2. 19 de Marzo de 2011
  1. Constatación brutal del presente, de
  2. Javier Avilés

En esta primera novela de Javier Avilés hay literatura pero no hay narración strictu sensu. Hay una armazón técnica que sostiene un texto en el que los mejores momentos se deben a las partes ensayísticas, a los instantes en que el autor reflexiona sobre otros autores, sobre todo cuando se divaga sobre cineastas y sus creaciones. En la línea del Vila-Matas de la “tetralogía literaria”, la narración sobre desaparición del yo y el culturalismo referencial bajo la especie de ensayo se alternan para crear un libro que se alimenta a sí mismo.
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En un momento de esta extraña novela leemos: “¿Se puede plantear una narración elaborada por un autor infidente y expresada por un autor fiel o fidedigno?” (p. 90). Constatación brutal del presente es la precisa demostración de lo contrario, de que se puede narrar fidedignamente lo que un autor falaz nos propone como narración. El propósito del libro es demostrar que no se puede narrar, y en efecto ése es el resultado; en esta primera novela de Javier Avilés (Barcelona, 1962) hay literatura pero no hay narración strictu sensu. Hay una armazón técnica que sostiene un texto en el que los mejores momentos se deben a las partes ensayísticas, a los instantes en que el autor reflexiona sobre otros autores, sobre todo cuando se divaga sobre cineastas y sus creaciones. En la línea del Vila-Matas de la “tetralogía literaria”, la narración sobre desaparición del yo y el culturalismo referencial bajo la especie de ensayo se alternan para crear un libro que se alimenta a sí mismo.

En ese sentido Constatación brutal del presente es inversamente contraria a otra novela que la misma editorial acaba de publicar, astillas (Libros del Silencio, 2011), de celso castro (respetamos la voluntad del autor de que se cite su nombre y el título de su libro con minúsculas). Ambas novelas son contadas en primera persona por un narrador homodigiético protagonista; las dos están, en consecuencia, afectadas por la posibilidad de infidelidad estructural del narrador respecto a la historia; en ambas el sujeto es masculino, nihilista y está en proceso de descomposición; sus dos antihéroes han hablado, como dijo Lowell, la extinción hasta la muerte; las dos obras ocupan un lugar perimetral, raro, dentro de nuestra literatura (ni son experimentales, ni son convencionales, son singulares); hay en ellas un hueco para lo irracional y lo paranoico; ambas son fragmentarias y dejan exhausto al lector pese a ser breves, ambas supuran talento. Y sin embargo, como dejaba apuntado antes, son absolutamente opuestas: castro opta por una expresión literaria de cortos vuelos (con las excepciones necesarias para demostrar que lo ha hecho conteniéndose) para dar credibilidad a un joven bibliotecario adicto a las drogas y los pensamientos suicidas; Avilés no se preocupa para nada de crear un personaje creíble, no siente la necesidad de introducir vida en la historia –sólo muerte–, y deja en manos de su sólido estilismo la razón de ser del libro. Ambas novelas son incompletas; una de las formas de un imaginario novelista perfecto podría ser aquel que construyese un personaje de celso castro con el voltaje literario de Javier Avilés.

Retomemos, para terminar, el asunto del narrador infidente, que creo es la almendra de la novela de Avilés. El libro se entronca con una parentela de narradores homodiegéticos deshonestos en primera persona, que podría arrancar en el Lazarillo, pero que en el caso de Avilés entronca más bien con La conciencia de Zeno (1923), la novela de Italo Svevo, así como con obras de Nabokov, Beckett o Roussel. Ascendencia más que respetable, todo hay que decirlo, aunque quizá hay que reprocharle al autor su machacona insistencia en señalarla, en apuntarla desde dentro del texto, como si pensara que el lector o el crítico no fueran a darse cuenta. La paradoja que se produce es la siguiente: de tanto avisarle al lector la infidelidad narrativa a la que está asistiendo, el texto acaba volviéndose sincero, desactivando su mecanismo de engaño. El lector recorre una serie de imposturas narrativas y subjetivas, pero lo hace siendo acompañado de alguien, de una voz en off, que le avisa que todo lo que ve es pura falsedad, giros literarios en el vacío, un cul de sac perpetrado por un mago virtuoso, pero que cuenta el truco a la vez que lo realiza. Cámaras rodando a cámaras rodando, como el plano de Kubrick bien traído al hilo (p. 103). Por ello, cuando leemos “todo esto no es más que un lugar frío e inhumano en el que la técnica ha suplido los sentimientos y las máquinas a las personas” (p. 104), no podemos evitar sentir que la frase puede aplicarse al propio libro, archivable como “exposición de virtudes mecánicas” (p. 105). Asombrosa, es verdad, pero gélida. Si vamos a deshumanizar, hagámoslo, pero entonces lleguemos hasta el final. Constatación brutal del presente hubiera sido un libro arduo, casi ilegible, sin ese narrador que defiende que nada es narrable, sin ese jugador de cartas que compite con los naipes del revés, vueltos hacia el contricante. Hubiera sido una novela durísima, mineral, inextricable, como Oficio de tinieblas, 5 (1973), de C. J. Cela, un libro al que la novela de Avilés me ha recordado en algún instante (pp. 22-27). Hubiera sido un libro de culto, un acto de resistencia salvaje ante nuestros febles tiempos de corrección política y concesiones al lector. Sin ese narrador, sin ese yo elocutorio difractado, sin ese espejo cóncavo a lo largo del camino, Constatación brutal del presente hubiera sido una novela imposible, maldita, joyciana, un engendro demoníaco, una abominación narrativa, una antinovela. Me hubiera encantado leerla.

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