Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "Javier Avilés sin concesiones" · Carolina León (Notodo) -
  2. 17 de Marzo de 2011
  1. Constatación brutal del presente, de
  2. Javier Avilés

Sí, a su lado, David Lynch es un ingenuo.
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“(...) la mentira, el engaño, el montaje han sustituido completamente a la verdad (...)”. Desde hace décadas, vemos universos completos derrumbarse. Numerosas mentiras mediáticas han sido desmontadas. Consecuentemente, teóricos y filósofos nos vienen anunciando el final de la verosimilitud, del pacto tácito de la ficción y del fundamento del hecho mismo de narrar. Pero no nos damos por aludidos. A nuestro alrededor no dejamos de ver crecer ficciones como setas, y no dejamos de consumirlas con fruición. Será, pienso, ese gusto tan humano de querer ser engañados cómodamente en nuestros sofás. Bien, al respecto, en Constatación brutal del presente, primera novela de Javier Avilés, no hay concesiones. Espantará, pues, a los lectores más tradicionales y subyugará entre suspiros a los irredentos. Si aceptamos de una vez por todas que los planos narrativos los ocupan el poder y los mass media, probablemente, como parece hacer hecho Javier Avilés, lo único que nos queda sea la metanarrativa, el juego formal y la dilucidación (titubeante, francamente incómoda) de los caminos que quedan desocupados, las posibles vías para narrador y lector: esos que ya no se quieren, ni se hablan, ni se escuchan más. 

Avilés era conocido hasta ahora como editor de un blog llamado El lamento de Portnoy. Algunas de las disquisiciones que ha ido vertiendo desde hace años en ese lugar se han condensado ahora en este libro: un libro feísta, hermosamente feísta, que hace añicos la idea de la posibilidad de contar una historia. Un libro sin concesiones con las ideas estéticas de hace dos siglos, con la recurrente mentira, con la propia idea de ficción. Se niega a narrar, nos estropea el pastel, lo desviste por completo de artificio. En su “narración” (sí, a su pesar) hay una hecatombe, un mundo en ruinas, un personaje compulsivamente escritor, una peripecia desquiciada, rota, imposible de contar. Hay excursos, digresiones, recuentos dobles de escenas, perspectivas rotas, sangría y muerte y destrucción. Hay, a pesar de todo, narración, pero más maltratada que en una película de David Lynch. Sí, a su lado, Lynch es un ingenuo. No solamente nos cuenta (si es que se puede llamar contar) cómo se disgrega la memoria, la identidad, el tiempo, la capacidad de discernimiento del narrador, la unidad del propio narrador. En Constatación brutal del presente parece habitar un interés genuino por dejar atrás la vándala idea de que la narración todavía puede servirnos de repositorio del tiempo, de catalogación o reciclado, de fuente de la que emanará un sentido. Y todo es hoy, es hoy y es hoy. Como no podía ser de otro modo, a la idea del presente se une la idea del fin. Este libro molesta, seguro, pero mientras llega esa hecatombe, también nos presta una opción coherente de entretenimiento y reflexión. ¿Con cuál te quedas?

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