Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "Vivir (y narrar) después de Beckett" · Laura Fernández (Tendències, El Mundo) -
  2. 17 de Marzo de 2011
  1. Constatación brutal del presente, de
  2. Javier Avilés

Constatación brutal del presente es, sin duda, una de las novelas del año. Un libro que se construye y se destruye a cada nueva frase. [...] Si no se puede narrar, se puede narrar cómo no se puede narrar. Y eso es lo que hace Javier Avilés (con una prosa musical, de una musicalidad capaz de devastarlo todo, que explota como las estrellas en la Nada) en Constatación brutal del presente, su primera novela, o su primera deconstrucción de la novela, para ser más exactos. Porque Javier cree en el Mundo Después de Beckett, y en ese mundo, «la narración ha de ser por fuerza la del sentimiento, y el narrador ha de suscitar en el lector una sensación, a través de una trama que se deshilacha, que se convierte en hilos sueltos», dice Javier.
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Constatación brutal del presente es, sin duda, una de las novelas del año. Un libro que se construye y se destruye a cada nueva frase. Javier Avilés fabula sobre el fin del mundo, un edificio que nunca existió y la imposibilidad de narrar, narrando.

Si no se puede narrar, se puede narrar cómo no se puede narrar. Y eso es lo que hace Javier Avilés (con una prosa musical, de una musicalidad capaz de devastarlo todo, que explota como las estrellas en la Nada) en Constatación brutal del presente (Libros del Silencio), su primera novela, o su primera deconstrucción de la novela, para ser más exactos. Porque Javier cree en el Mundo Después de Beckett, y en ese mundo, «la narración ha de ser por fuerza la del sentimiento, y el narrador ha de suscitar en el lector una sensación, a través de una trama que se deshilacha, que se convierte en hilos sueltos», dice Javier.

Ha pedido un café y habla en susurros cuando dice que su intención es, primero, la de escribir «lo que me gustaría leer» y, segundo, la de «ir contra el lector adocenado, el bien acostumbrado, aquel que espera que se lo demos todo hecho». «Creo que después de Beckett no se puede contar, sólo sugerir una sensación, la incomodidad, el desasosiego, lo que sea, pero una sensación», insiste el escritor, que envió su manuscrito a la editorial «sólo para descubrir cuál era el aspecto real de una nota de rechazo». Y cuál fue su sorpresa cuando una semana después, la editorial en cuestión se puso en contacto con él y le dijo que pensaba publicar la historia del tipo que consiguió entrevistar al autor del documental Sigma Fake (un documental sobre la destrucción de un edificio que nunca existió pero que todo el mundo cree que ha existido). «No me lo podía creer», confiesa Avilés.

Insiste en que Beckett cerró el círculo. «Faulkner, Virginia Woolf, fueron maestros del contar, pero tengo la sensación de que Beckett acabó con todo eso», dice. Es lector de Thomas Pynchon y todo aquello que le dé ganas de estrellarle al escritor su propia máquina de escribir en la cabeza. «Creo que Pynchon se ha adaptado muy bien al Mundo Después de Beckett. Y David Foster Wallace también lo hizo. Hablan de cualquier cosa, de los efectos secundarios de los medicamentos, por ejemplo, detienen la acción donde les parece, te crean inseguridad, inquietud, todo tipo de cosas, a través de historias que no siempre tienen sentido», explica el escritor, que además es el tipo que se esconde tras El lamento de Portnoy (www.ellamentodeportnoy.blogspot.com), un blog literario que sobre todo se nutre de crossovers, es decir, los cruces de lecturas de su anfitrión. Como lector experimentado (y muy curtido), Avilés relaciona el libro que da título al post (en cada caso) con todo tipo de lecturas (que seguramente fueron las que hizo el propio autor en algún momento de su vida y que, sin quererlo, se colaron en la novela en cuestión). De ahí que el mismísimo Enrique Vila- Matas lo idolatre y diga cosas como esta: «Mis incursiones en su célebre blog potenciaron mi imaginación e incidieron en la acción inmóvil de la tercera parte de mi última novela». El escritor lo considera «el más importante laboratorio de todas las literaturas comparadas que conozco». ¿Y qué tiene que decir a eso Javier? «Pues que para mí es un placer que un escritor al que admiro me lea, y servirle de ayuda ya es algo alucinante», contesta.

Confiesa Javier que hay parte de la claustrofobia apocalíptica de Cómo es, quizá la obra más difícil (y menos leída) de Samuel Beckett, en Constatación brutal del presente. Pero también hay mucho Stephen King (su autor confiesa haber leído dos veces Apocalipsis, aunque aquí se menciona uno de los relatos de Corazones en la Atlántida), aunque no se note. Y Goethe (de su libro más extraño, quizá el más absurdo, El viaje a Italia), y Cervantes (del último y más raro Cervantes, el de Los trabajos de Persiles y Sigismunda). Literatura con mayúsculas para un apocalipsis sin perro pero con narrador de múltiples conciencias. Un narrador que sujeta un arma y que se encuentra tomando café mientras un extraño director de documentales toma té y cae en la cuenta entonces de que debería haber mencionado al perro, pero no lo ha hecho y lo ha condenado a vagar, perdido, en el limbo de los personajes sin hogar.

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