Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

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PASCAL QUIGNARD

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  1. "Abluciones" · Marc García (Calidoscopio) -
  2. 14 de Febrero de 2011
  1. Abluciones: apuntes para una novela, de
  2. Patrick deWitt

Lo interesante del caso es que, como mínimo, como novelista deWitt resulta claramente superior a su supuesto maestro, Bukowski. [...] DeWitt se perfila como una voz a seguir, y un autor al que valdrá la pena observar en otros contextos y registros.
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Bukowski: padre de todos los borrachos literarios, carne de malditismo, bohemia mitificada y canonizada; Bukowski o la épica del perdedor; Bukowski, leído por millares de adolescentes que desean vivir vicariamente la noche y la mala vida sin probar los sinsabores que comporta. Bukowski, en fin, (y pese a todo), excelente poeta, notable cuentista y novelista tirando a flojo. Cada poco tiempo, los medios proclaman el advenimiento de un nuevo Bukowski, sabedores de que, aún y lo recurrente, tal comparación constituye una buena estrategia editorial; han sido candidatos al puesto Irvine Welsh, Chuck Palahniuk,... John Fante, narrador bastante mejor que el mito, debe una gran parte de su (por otra parte, merecida) popularidad al beneplácito de Buko, que lo señaló como su principal fuente de inspiración. El muy estimable Edgar Hilsenrath también se benefició de las referencias editoriales al autor de La máquina de follar. Ahora le toca el turno a Patrick deWitt, canadiense de 35 años. ¿Es verdaderamente deWitt el nuevo Bukowski? La respuesta, a la luz de Abluciones, su segunda novela, es, en mi opinión, que no; lo interesante del caso (como ha acabado sucediendo con Denis Johnson, con cuya excelente Hijo de Jesús también se compara este volumen) es que, como mínimo, como novelista deWitt resulta claramente superior a su supuesto maestro.

Abluciones empieza de manera brillante. En lo formal, deWitt se aleja diametralmente de Bukowski: frente a la primera persona y la abundancia de diálogos en este, el autor canadiense apuesta por la segunda y el estilo indirecto, en una serie de párrafos breves (o Apuntes para una novela, como reza el subtítulo) que van componiendo un retablo coral de personajes memorables. DeWitt escribe en una prosa sobria y fluida, muy trabajada, de un lirismo descarnado. Muchos fragmentos empiezan con una interpelación del narrador al protagonista que, en su repetición, va estructurando la novela, haciéndola avanzar con un ritmo de ostinato musical: habla, le dice; habla, le repite constantemente. Escribir, dejar constancia, contar, se convierte en Abluciones en algo parecido a una misión, algo de alcance casi religioso: una especie de compromiso con la verdad, con una sin compromisos ni cortapisas, con una que incomoda y que se nos oculta. Adquiere así sentido la simbología religiosa presente en el título, que une lo sagrado con lo profano, así como los muy puntuales brotes sobrenaturales del inicio (con apariciones de fantasmas incluidas), atribuibles a la frágil psique del protagonista, y que barnizan al texto, en un par de momentos puntuales, de un realismo mágico particularmente oscuro.

No hay ni romantización ni épica en el retrato que ofrece deWitt, ni en su depurado estilo; los seres que pueblan la barra del bar en el que transcurre la mayor parte de la acción no son antihéroes, valientes resistentes ante el modo de vida capitalista moderno; sólo pobres diablos que luchan por sobrevivir, sin glamour ni gloria, y a los que el autor se preocupa por dotar de consistencia y credibilidad, y de tratar con un cierto respeto, con una ternura inicial que recuerda, en el tono, al mejor Carver, y que se irá degradando a medida que se degradan los propios personajes. Se ha comparado el imaginario de deWitt con “el Tom Waits de Heartattack and vine”: más preciso sería mencionar Nighthawks at the diner, su tercer disco (de 1975), en el que una humeante banda de blues y jazz añejo servía de telón sonoro a unas letras de clara inspiración beatnik con las que el autor pretendía emprender una “aventura improvisada a través de los intestinos de la región metropolitana”. Los personajes de deWitt, como los de Waits y, en última instancia, los del modelo explícito de los dos (el cuadro Nighthawks, de Edward Hopper, uno de los grandes retratistas de la América urbana y uno de los pintores más narrativos que hay, cuyos lienzos contienen la insinuación de historias que nunca conoceremos) tratan de llenar sus horas mientras vacían sus vasos, hallando en su compartida soledad un refugio a la tormenta en que su vida se ha convertido.

Las cosas se van complicando para el protagonista, que en la parte central del texto (como sucedía en Ángeles derrotados, del ya mencionado Denis Johnson) emprende una breve huida sin demasiado propósito, que inclina la balanza hacia el estilo road-movie que patentó Kerouac. Esta sección es quizá algo inferior, ya que transcurre por caminos conocidos, perdiéndose parcialmente el equilibrio en el tratamiento de la degradación alcohólica del personaje y su entorno, tema tan potencialmente estomagante, por gastado y proclive a las mitificaciones de medio pelo. De todos modos, el estilo, más descarnado y con escenas particularmente duras, sigue sin recordarnos a Bukowski; en realidad se acerca más a Hubert Selby Jr., el semiolvidado autor de las interesantes Última salida a Brooklyn y Réquiem por un sueño, que no recibe tantas menciones como el de Andernach, pero cuyos desiguales logros –mejorados para la ocasión– sobrevuelan estas páginas.

El final de Abluciones, no obstante, supera circunstanciales tropiezos y cierra el volumen con nota álgida, logrando una resolución lírica y esperanzada que no resulta empalagosa, ni se nos muestra como una componenda comercial, sino, lisa y llanamente, como un bello pedazo de ficción; algo tan ambicionado como difícil de conseguir.

Con un primer tercio y unos párrafos finales estupendos, Abluciones no es una novela perfecta (no hay que olvidar que se trata sólo de la segunda entrega de su joven autor), pero sí muy interesante, excelente a ratos, y que supera de lejos a la mayoría de revisiones sobre un tema, a estas alturas, bastante manoseado. deWitt se perfila como una voz a seguir, y un autor al que valdrá la pena observar en otros contextos y registros.

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