Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "El fin de los días (y de las palabras)" · Marc García (Revista de Letras) -
  2. 08 de Febrero de 2011
  1. Constatación brutal del presente, de
  2. Javier Avilés

El libro de Avilés está increíblemente trabajado e impecablemente trabado, constituyendo casi una red, un círculo, un bucle, una madeja perfecta: los referentes, casi nunca gratuitos, surgen para reaparecer más adelante y cobrar sentido, evidenciando un gran control narrativo; las citas se entreveran, revelando una segunda capa de lectura; las sentencias se repiten como ritornellos, dotando al conjunto de una gran musicalidad, de una textura muy cercana a la prosa poética y que combina la mayor de las elegancias con una crudeza y una contundencia que resultan imprescindibles.
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La primera y esperada novela de Javier Avilés surge de entre las ruinas.

Desde ese lugar, atrapada entre cables y tubos, bajo el polvo y la suciedad, se alza la voz de uno de los narradores de este enigmático, perturbador y fascinante relato. Conviene estar muy atento a sus primeras intervenciones, a las tres o cuatro páginas iniciales del libro, pues en ellas se establece una declaración de principios explícita que va a ser fundamental para entender la propuesta del autor, su proyecto. Ese innominado personaje reflexiona allí sobre la imposibilidad de seguir contando, sobre la muerte de la narración. Detalla las partes que tendrá el texto, nos cuenta su argumento a grandes rasgos y nos explica el peculiar tipo de narrador ante el que nos encontraremos: se narraba desde una conciencia múltiple, no la de un narrador colectivo sino la de un único narrador con la mente y el comportamiento de un enjambre.

¿A qué se debe todo esto?

Sigamos el ejemplo de la voz. Vayamos por partes.

Constatación brutal del presente (ese es el contundente título de la novela) es una narración postapocalíptica. El Fin – eje descentrado sobre el que gravita todo el relato- ha llegado, resultado de la deriva enloquecida de un planeta consagrado a megalómanos experimentos, y la Tierra no es más que un vasto y yermo páramo. Las historias ya no tienen importancia; la construcción de sentido se revela imposible. Todo lo que nos queda son fragmentos, jirones, pecios: restos del naufragio de la civilización. Avilés asume el reto de construir su texto a base de esos únicos elementos disponibles, rompiendo con el tiempo, el espacio y la voz narrativa, que saltan constantemente de adelante atrás, de primera a tercera persona, combinando unas voces con otras y generando un narrador caleidoscópico (esta mezcla se produce incluso en el espacio reducido de dos líneas: “Desde hace cinco años, después de trece años escribía la misma historia, me veo escribiendo, máquinas y cintas y cajas, y escribe#). Sus reflexiones sobre la imposibilidad de narrar, sobre el abandono de la escritura, conectan con la potente dimensión autoconsciente del texto -que en un momento se autodefine como “una especie de esquema. Un borrador de relato en primera persona- y con las preocupaciones de uno de los autores fundamentales para Javier Avilés: Enrique Vila-Matas, especie de padre protector que lo avala en la contra del libro, explicando sus interrelaciones virtuales. Quizá esas ideas, un tanto gastadas y que ya en Vila-Matas tienen un vuelo menor de lo pretendido, me resulten uno de los aspectos menos interesantes del conjunto; pese a ello, son consecuentes con un proyecto tan atento a sus límites, tan formalmente determinado por ellos.

¿Y qué es lo que en esta novela se reconstruye, cuál es la esencia de lo narrado?

El texto se articula en torno a tres partes fundamentales. La primera de ellas, Sigma Fake, es a mi parecer una de las más interesantes. Imitando la forma y los recursos estilísticos de una reseña cinematográfica ficticia (no en vano el cine es uno de sus ámbitos de dominio y de los temas más tratados en su famoso blog El lamento de Portnoy, que mantiene activo desde 2004), Sigma Fake es una revisión del documental Man on wire pasado por el filtro de Capricornio Uno o, más exactamente, de Operación Luna. Si en este documental fraudulento o mockumentary se descubría la pretendida falsedad del alunizaje de 1969 (idea más que extendida entre las teorías conspiranoicas clásicas), y en la película de Peter Hyams era Marte el planeta que se fingía haber alcanzado, en Sigma Fake, dirigida de forma no casual por Allen Smithy (fraude en segundo grado: su nombre es una deformación de Alan Smithee, pseudónimo que adoptan los directores de cine cuando no quieren asumir la autoría de una de sus obras), se descubre la impostura tras uno de los acontecimientos más sorprendentes (y míticos/mitificados) de la historia reciente: el paseo de Philipe Petit, funambulista francés, por una cuerda floja tendida entre las Torres Gemelas el 7 de agosto de 1974. Esta mentira, que Smithy desacredita punto por punto, descubriendo que los implicados eran actores, reside en el relato sobre otra aún mayor, que altera algunos de los presupuestos funamentales de nuestra sociedad: la inexistencia de las torres del World Trade Center y, por tanto, del atentado contra ellas. Así pues, el icono del capitalismo contemporáneo sería una ficción, un engaño construido para legitimar el poder; su destrucción, una maniobra preparada para espolear el odio al enemigo, el necesario oponente contra el que reaccionar. Creación y destrucción como inevitable mentira; fraude completo extensible a todo el conjunto y que concuerda con las ideas expuestas en diversas notas críticas según las cuales la literatura se generaría, des del inicio, a base de narradores poco fiables; engaño que la editorial, en una nota curiosa, ha extendido incluso hasta los paratextos (el pie de foto firmado, de nuevo, por Alan Smithee; el colofón tomado de La hora del lobo de Bergman y atribuido a uno de sus personajes, al que parece dotarse de entidad real).

Las otras dos partes, Sección 9 y Constatación brutal del presente (esta última la más convencionalmente narrativa, aunque también la más dura y pesadillesca), se nutren del terror y la ciencia ficción para construir un mundo plagado de siniestras factorías de oscuros propósitos, de hospitales donde los límites entre cuidado y tortura se tornan perturbadoramente estrechos, de maléficos experimentos destinados a la dominación de las voluntades, a la destrucción del otro, que en su fracaso conducen a la humanidad al abismo. Un mundo en que tres hombres con inquietantes disfraces de animales vagan por una paisaje desolado; uno de ellos, escindido entre su propio ser y su malvado dopelgänger, arrastra un cuerpo muerto y demediado.

Avilés narra el horror desde la hibridación formal. Su novela incluye pasajes netamente reflexivos y  ensayísticos junto a fragmentos de guión, notas al pie y reseñas literarias y cinematográficas, claramente tomadas de su propio blog. En una primera lectura la autonomía de estos fragmentos puede parecer demasiado perceptible, pero el texto que nos ocupa no oculta que está construido a partir de materiales diversos: cabe poner el énfasis, no obstante, en esa construcción más que en la diversidad, pues la inclusión de todas las partes está justificada por propósitos discursivos; es el caso, incluso, de un fragmento en que el lenguaje se sale de su eje, perdiendo irremisiblemente el sentido. El libro de Avilés está increíblemente trabajado e impecablemente trabado, constituyendo casi una red, un círculo, un bucle, una madeja perfecta: los referentes, casi nunca gratuitos, surgen para reaparecer más adelante y cobrar sentido, evidenciando un gran control narrativo; las citas se entreveran, revelando una segunda capa de lectura (para iniciados, sí; irrelevante para la comprensión, también: no hay de qué preocuparse); las sentencias se repiten como ritornellos, dotando al conjunto de una gran musicalidad, de una textura muy cercana a la prosa poética y que combina la mayor de las elegancias (Si somos las cicatrices que el tiempo deja en nosotros, debo hacer inventario de mis pérdidas, de mis ausencias, enumerar las partes de mi cuerpo desgajadas por el tiempo) con una crudeza y contundencia que (es justo decirlo), si bien resultan imprescindibles, quizá también caigan en ocasiones en un exceso de tremendismo.

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