Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "Narrar después del fin" · Marco Kunz (Quimera) -
  2. 01 de Febrero de 2011
  1. Constatación brutal del presente, de
  2. Javier Avilés

Un texto desconcertante que parece escrito después del apocalipsis de la literatura, en el ground zero de la ficción narrativa. [...]  Deliberadamente incongruente, enmarañada, nihilista, deudora de Cervantes, Nabokov, Coetzee y una larga nómina de intertextos citados o aludidos, aunque radicalmente diferente de todos sus “modelos” abortados, Constatación brutal del presente es una antinovela extrema que lleva la destrucción a sus penúltimas consecuencias.
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Si un edificio se derrumba y se desescombra totalmente el área que ocupó, ¿qué sobrevive de él en la nueva construcción erigida en el lugar de su ausencia? Y si las imágenes que quedan de ese edificio no corresponden a los planos conservados en los archivos, ¿ha existido realmente el edificio? ¿Es falso el edificio o lo son los planos? Y si consideramos la arquitectura como una alegoría de la literatura, ¿qué conclusiones podemos sacar del presunto final de ésta en una época en que se publican más obras literarias que nunca? La primera novela de Javier Avilés (Barcelona, 1962), crítico conocido por su blog El lamento de Portnoy, no plantea estas aporías y paradojas a nivel teórico, sino que las usa como programa creativo para generar un texto desconcertante que parece escrito después del apocalipsis de la literatura, en el ground zero de la ficción narrativa (¿o postnarrativa?). “Puesto que la narración es imposible, puesto que el lector está muerto, todo esto es un engaño, un fraude consolidado sobre las cenizas de un edificio que jamás existió. Fingimos llorar la destrucción cuando en realidad lloramos la invención de la destrucción”. Pues lo que distingue la novela del edificio arquitectónico es que éste último desaparece físicamente al descomponerse, mientras que el texto que habla de su propia disolución, aunque se deconstruya sin cesar, no deja de ser un constructo, una cadena de significantes semánticamente densa y gramaticalmente densa y gramaticalmente coherente que simula el caos de sus significados y celebra la inexistencia de sus referentes. Un “tambaleante edificio” que el esquizofrénico yo que lo escribe repasa “para destruirlo, para deciros que lo destruyo, cuando en realidad no lo haré. En ‘realidad’”.

Sin comillas, la “realidad” es una impostura. “La realidad es subjetiva y egocéntrica”. ¿Y la “literatura”? ¿La “narración”? Lo único que Avilés afirma es la negación de todos los componentes e ingredientes, tanto de la “novela” como del “mundo novelado”: el lector, el narrador, los personajes, el tiempo, el código, el yo, etc. “Si no se puede narrar, se puede narrar cómo no se puede narrar”.

Ahora bien, tratar de construir una novela con las cenizas de la literatura es como intentar recomponer a una persona recogiendo los restos que quedan de su cadáver en el horno crematorio. O como adivinar la belleza de las mariposas en el polvo de sus alas trituradas. “Hay esperanzas, aunque no para la literatura”. Deliberadamente incongruente, enmarañada, nihilista, deudora de Cervantes, Nabokov, Coetzee y una larga nómina de intertextos citados o aludidos, aunque radicalmente diferente de todos sus “modelos” abortados, Constatación brutal del presente es, al mismo tiempo, una antinovela extrema que lleva la destrucción a sus penúltimas consecuencias —ya que, mientras se escriba, nunca se alcanzarán las últimas—, y una protonovela, una novela-fénix, una tentativa, condenada de antemano a fracasar, de resucitar la narrativa cuando ésta ha llegado al máximo agotamiento de sus posibilidades, a lo exhaustivo de sus formas y a la pérdida definitiva de su credibilidad. Pero lo mismo habría que decir de la “realidad”, cuando, sin anteojeras ni ingenuidad, se constata el estado brutal del presente. Con su primera novela —o lo que sea— Javier Avilés se atreve a “un acto acrobático en lo más alto de un edificio”, el de la literatura, con el riesgo de perder el equilibrio y romperse la crisma. Lo que, me temo, le va a pasar.

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